El error de Villamil: ¿Se puede ser hombre feminista?

Mara Fernanda Castilla fue asesinada, un feminicida la mató. Desgraciadamente, su muerte solo es una muestra más de la violencia machista asesina que hace que las mujeres no se sientan tranquilas ni siquiera en los servicios que se venden como “seguros”, como lo son las apps de transporte.

Una situación así es indignante y, por lo tanto, miles de mujeres salieron a las calles en todo el país para reclamar justicia y exigir un país en el que puedan estar seguras de la violencia feminicida.

Fue en una de esas marchas, la de la CDMX, que el periodista Jenaro Villamil fue sacado de la cabeza. Las mujeres que lo sacaron le recordaron que en este tipo de marchas (no es la primera vez que se pide esto) los hombres deben de ir en contingente mixto.

La razón es sencilla: es una marcha de las mujeres pidiendo justicia para ellas. En su ejercicio de empoderamiento, las mujeres se convierten en un sujeto que demanda justicia. Los hombres que somos aliados salimos también a apoyarlas, pero detrás, ya que ¿por qué sabríamos mejor lo que ellas necesitan o sienten?

Una mujer junto a Jenaro Villamil gritó:

“Que se incluyan a los hombres”

Tal vez su grito no fue el más afortunado, ya que los hombres ya estaban incluidos, o ¿si no se está a la cabeza de la marcha, uno está automáticamente excluido de ella?

Ser aliado no es ser líder

Jenaro Villamil tiene una gran carrera como periodista y es un gran comunicólogo, además, se ha unido y ha apoyado las grandes causas sociales de este país. Lo respeto por sus múltiples aciertos.

Pero esta vez estuvo en un error y este error llevó a que muchos medios y comunicadores salieran a tratar de deslegitimar a mujeres activistas como “feminazis” o “radicales”. ¿De verdad es radical pedir que se respete su decisión de no tener a ningún varón a la cabeza?

Mientras que otro gran periodista de causas sociales, Epigmenio Ibarra, tuiteó al respecto:

¿Es esto exclusión?, ¿Se puede “de repente” dejar de ser hombre? (Ser hombre en el sentido de estar en la situación de privilegio que nos coloca identificarnos con el sexo masculino), ¿Una mujer también puede “dejar de ser mujer” en su trabajo? Es decir, ¿puede dejar de ser blanco de la violencia machista a voluntad?

El mismo Villamil gritó:

“Hay que ser incluyentes pero hay quienes no lo aceptan. Yo estoy haciendo mi trabajo como periodista”

Creo que aquí hay dos temas distintos: primero la pregunta ¿Jenaro Villamil fue como alguien que participaba o solo como observador/reportero?

Si va como reportero ¿es necesario que se tenga que ir a la cabeza para reportar la marcha?¿son solo las cabezas de las marchas lo digno de ser reportado? Y si iba como participante, la pregunta no es si los hombres debemos ser incluidos en la marcha (pues estábamos incluidos en el contingente mixto), sino cómo ser incluidos.

Una de las mujeres le dicen al reportero:

“Lo puedes hacer (participar), solo te pido que salgas al costado”

La petición era sencilla: sal al costado.

Según la Real Academia de la Lengua, “solidaridad” es la:

“Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”

Ser solidario no significa querer ser el agente de la causa o ser aquel que lleva la empresa que se va a ejecutar, ser solidario es adherirse, suscribirseapoyar.


No entender que no se entiende

El 24 de abril del 2016 fue la marcha 24A que se realizó por los casos de violencia machista y feminicida más recientes (en ese entonces): el acoso que sufrió la periodista Andrea Noel, el caso de los Porkys y el caso de las turistas argentinas que fueron asesinadas en Ecuador.

En ese momento se dio toda una polémica porque algunos colectivos de mujeres habían pedido que no hubiera hombres o que, sí íbamos, fuéramos al final de la marcha.

Muchos hombres activistas e intelectuales se sintieron ofendidos, a la vez que mujeres participantes salieron a defender a los hombres pues consideraban que la marcha era excluyente. Incluso hubo un artículo de una feminista que decía que no podías ser “hombre” y ser “feminista” pues eran términos contradictorios.

Mi primera reacción fue ponerme a la defensiva e intentar atacar el sustento teórico de una afirmación tal que me despojaba del ¿derecho? de ser feminista.

¿No era yo feminista?, ¿yo que entendía el sufrimiento de las mujeres?, ¿yo que marchaba ya no solo por mi hermana o mi madre sino por que no hubiera un mundo en el que este tipo de violencia existiera?, ¿no comprendía yo cabalmente lo que buscaban las mujeres, lo que pedían, lo que necesitaban?, ¿no podía explicarlo yo claramente?

Claro que aquí está situado el argumento: yo sé porque mi madre/hermana/tía/abuelita es mujer… pero “tener” una amiga mujer(ojo aquí con el verbo problemático)no hace que sepas lo que es ser mujer, tener a un amigo gay no te hace saber lo que es sufrir la homofobia, tener un amigo negro no te hace saber lo que es ser víctima del racismo… ¿Por qué tener sería igual a ser y saber?

Pero no saber no significa que no podamos tener empatía y ser solidarios, solo que para ser empáticos necesitamos de algo: escuchar al otro.

Una amiga activista a quien admiro mucho me dijo: ¡vamos a la marcha! Yo le dije que no estaba seguro. Ella me insistió y al final fuimos en el contingente mixto.

Mi amiga y otra amiga nuestra llevaron una gran manta y compusieron una consigna muy larga y muy interesante que gritaron a todo pulmón. Esa consigna pronto se contagió entre las chicas que estaban alrededor.

Prontamente todas las chicas cerca gritaban juntas: denunciaban la violencia, pedían seguridad, exigían una mejor América Latina, etcétera… Fue entonces cuando descubrí lo importante de lo que estaba sucediendo y que lo que tenía que hacer yo antes de sentirme indignado era algo muy sencillo: escucharlas.

Entonces pasó algo que no esperaba, un ejercicio que siempre había creído que era de demanda (salir a las calles a manifestarme) se convirtió en un ejercicio de oído. Ellas estaban hablando, y yo debía escuchar, yo y todos los demás: autoridades, intelectuales, hombres y mujeres en general… todos debíamos oír. Las niñas, las jóvenes, las señoras que estaban ahí (porque había personas de todas las edades), gritaban desde el fondo de su pecho, gritaban una realidad que sólo ellas vivían, desfogaban el profundo miedo que hasta ahora habían tenido: las estaban matando, las estaban violentando, las estaban aterrando… pero ya no sería, no habría ninguna víctima más, ni una más… tenían la voluntad, la fuerza para salir y decirlo: ¡ni una más!

Entonces comenzaron los gritos: ¡Ni una más!, ¡Nos queremos vivas!

Y yo grité después de ellas: “¡Nos queremos vivas!”, así, en femenino, el lenguaje me hizo darme cuenta de algo importante: Nos queremos vivas, a nosotras, nos están matando a nosotras por estas razones: no (solo) por ser periodistas, no (solo) por ser pobres, no (solo) por ser indígenas… nos están matando porque pueden, porque somos mujeres

Fue un impacto, de verdad, antes de esto no entendía que no estaba entendiendo la importancia de escuchar a las otras, ¿cómo podía ser un aliado, cómo podía apoyar, si lo único que quería era demandar cosas y no escucharlas? Sí, hombres y mujeres queremos equidad, pero solo ellas saben en qué términos, sólo ellas saben cómo, por qué. Solo ellas saben lo que es levantarse cada mañana con el miedo de que su ropa no sea interpretada como una “invitación” al abuso; con el miedo de que su trato con sus superiores, amigos o compañeros no sea “mal interpretado”Yo lo puedo nombrar, pero no lo puedo entender, no lo comprendo, no sé qué es lo que se necesita, porque yo no soy el sujeto/objeto de esta violencia (sujeto como persona que está sujeta)… ¿no pasa así con todas las violencias?¿no esperamos que aquel que sufra nos diga la causa de su sufrimiento para poder ayudarlo?, ¿por qué un hombre podría saber mejor que ellas lo que ellas sufren o lo que ellas deberían pedir o la manera en que ellas podrían organizarse?

Mientras avanzamos, mujeres que pasaban en sus automóviles tocaban la bocina en son de apoyo, muchas jóvencitas y señoras salían por sus ventanas y gritaban frases liberadoras (el ejercicio había comenzado antes con el #MiPrimerAcoso que nos enseñó lo terriblemente común que es la violencia machista).

La experiencia estaba sucediendo enfrente de mí, era un sujeto colectivo que estaba tomando la voz… Entonces comenzamos a gritar los nombres de las víctimas de violencia (y que son sujetos dignos de justicia):

Yo soy la estudiante, yo soy la obrera, yo soy la trabajadora doméstica, yo soy la trabajadora sexual, yo soy la mujer trans, yo soy la lesbiana, yo soy la indigente, yo soy la indígena, yo soy la trabajadora de maquila, yo soy la ama de casa, yo soy la secretaria, yo soy la deportista, yo soy la sordomuda, yo soy la profesionista, yo soy la enfermera, yo soy la campesina, yo soy la normalista, yo soy la profesora, yo soy la inmigrante…

Cada sustantivo fue propuesto por una miembro del grupo y todos los demás lo gritamos después. Incluso vi como unas chicas se acercaban a una de mis amigas para decirle que gritara lo que ellas ideaban, pero mi amiga, en vez de hacerlo, les pidió que ellas mismas fueran quienes lo gritaran.

Las chicas, temerosas, lo hicieron, entonces todo el conjunto gritó después de ellas. Cuando vieron que eran escuchadas, más animadas, gritaron más sustantivos. Su voz había valido, eran sujetos de indignación y rabia.

Entonces descubrí que hay espacios autogestivos que no necesariamente tienen que estar cooptados con una “pluralidad democrática” pues la democracia no tendría que ser exclusivamente el ejercicio en el que “todos estén en todo” si no que la democracia puede ser el espacio que posibilita que los que no tengan voz se presenten ante los que sí la tienen y tomen su turno para hablar.

Jenaro Villamil, al igual que yo, somos hombres. Hemos vivido en el privilegio (de distintas maneras, el privilegio masculino no es un espacio homogéneo), al identificarnos como varones hemos disfrutado de un privilegio que no nos permite ver lo que es vivir sin él, porque para experimentarlo tendríamos que dejar de estar bajo su cobijo (dejar de identificarnos como hombres). Eso no significa que no podamos ser aliados, que no podamos ayudar, pero ayudar en este caso comienza con algo muy sencillo: escuchar y respetar. Si las mujeres piden que en su marcha los hombres vayan atrás porque no quieren protagonismos masculinos, ¿por qué no escucharlas?, ¿por qué no respetarlas y apoyarlas?El imperativo debe ser sencillo: Te escucho, luego actúo. Actuar es importante pero ¿qué vamos a hacer si no escuchamos antes al otro?

México necesita gente que escuche y que apoye más que nunca. Hay muchos grupos oprimidos a los que hay que apoyar (si lo que queremos es un país más justo para todos). Indígenas, afromexicanos (o negros, como muchos de ellos prefieren ser llamados), mujeres, hombres y mujeres homosexuales o bisexuales, hombres y mujeres trans, intersexuales, proletarios, personas de “escasos recursos”, personas de la tercera edad, infantes, etcétera… todos ellos necesitan ser escuchados, ser apoyados por el resto de nosotras y nosotros. Hoy por ellos y ellas, mañana… un mundo mejor.

La solidaridad (ahora sí como práctica y no sólo como campaña del gobierno) es importante: escuchar al otro, seguirlos en sus luchas y apoyarlos y apoyarlas (gritar, exigir con ellas y ellos). Solo así, de verdad, no habrá exclusiones.

José Clemente Núñez (@Filosofastrillo)