#VibraMéxico, o la cancelación de la protesta

La protesta es, en sí misma, un acto subversivo. Retomar la calle, los espacios públicos para que, justamente, vuelvan a ser públicos, para romper la rutina y el proceso de producción, para hacer visible, para quebrar burbujas de privilegio de quienes “no creen que sea un problema tan grave”. La protesta en la calle, desde la calle, es un ejercicio simbólico, es uno de los ejercicios políticos posibles para hacerse ver, para reclamar (para, etimológicamente, re-clamar: volver a gritar). Cuando una manifestación, organizada por quien sea, se llama “apartidista y sin consignas” más que las de una serie de buenos deseos “cívicos”, no sólo está “malinterpretando” la acción directa, sino que incluso (podría) utilizarla para un fin político que rebasa la agenda explícita de quienes, desconociéndola, se suman y la legitiman. (Vía: Clover, Riot.Strike.Riot)

La semana pasada, y como si viniera de la nada, la organización de una marcha que usa el hashtag #VibraMéxico fue tomando un espacio central dentro de las columnas de opinión: articulistas como Héctor Aguilar Camín (En Milenio), Javier Risco (en El Financiero), Héctor de Mauleón (en El Universal), entre otros, por lo general críticos de cualquier protesta social, apoyaron esta marcha. Así mismo, decenas de ONGs, centros académicos y universidades públicas y privadas han demostrado su apoyo e, incluso, han hecho declaraciones vía redes sociales, han escrito editoriales o pagado desplegados sobre su presencia en ella. En un país donde la protesta social recibe constantemente una representación negativa en medios, es criminalizada en el discurso político y, muchas veces, es vista por la “sociedad civil” como un rompimiento de las leyes (así, en abstracto), una manifestación en una de las principales avenidas de la capital con un nivel tan amplio de aprobación es extraño pero no raro: la más reciente marcha contra el matrimonio igualitario, y, en 2004, “México Unido Contra la Delincuencia” son claros ejemplos de esto.


Hay algo en común entre estas tres marchas y no es sólo que se le pide a los que atiendan vestir de blanco: su insistencia en que en ellas no hay ni banderas políticas ni ideologías políticas, que sólo es la sociedad civil la que ha decidido “salir” y hacer ver que esa sociedad civil tiene un punto de vista particular sobre un tema específico: el derecho a “educar a sus hijos”, el hartazgo con la violencia criminal y, ahora, la “defensa de México y los mexicanos ante las amenazas del gobierno de Trump”. (Vía: vibramexico.com.mx)

Estas marchas, también, han sido apoyadas por grupos empresariales como el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), que, a la primera de cuentas, alzan la voz contra “el impacto económico” de la protesta social, y son organizadas, por lo general, por grupos que, si bien no están en el centro del poder político, sí están en una posición en y desde la que pueden establecer casi de inmediato un diálogo con las autoridades: la atracción mediática (positiva), la presencia de celebridades y la facilidad de que tengan un discurso “unido”, sin diversidad de protestas ni facciones convierten la “marcha” y la “toma del espacio público” en un mero performance en el que el mensaje es enviado satisfactoriamente a las autoridades que “pueden hacer algo”.

Una marcha, un saqueo o una protesta nunca quedan satisfechas, por mucho que exista un manifiesto o un pliego petitorio, por más que las mismas autoridades con las que exigen hablar se sienten a hacerlo, por más que cada uno de sus gritos en esa marcha en particular sea escuchado, porque, como apunta el filósofo esloveno Slavoj Žižek:

“[los que protestan] no se manifiestan contra una simple realidad, sino contra una experiencia de su situación real que ha cobrado sentido a través del lenguaje. La realidad misma, en su existencia estúpida, nunca es intolerable: es el lenguaje, su simbolización, lo que la hace tal. Así que precisamente […] no deberíamos olvidar las pancartas que sostienen y justifican sus actos” (Žižek, Sobre la violencia…)

Si nos movilizamos como sociedad, las palabras que elegimos desde dónde lanzarnos cuentan, pues éstas legitiman las demandas sociales y políticas que articulan la protesta. Si la demanda es para exigir “unidad nacional” frente a la amenaza económica, desestimamos el nivel político de la misma amenaza contra la que se protesta, y son esferas imbricadas, contrario a lo que el “sentido común” neoliberal indica, lo económico es político y, si algo ha demostrado la tecnocracia gobernante es que carece de las herramientas para enfrentarse política e ideológicamente contra una versión más cínica (menos “refinada”) de ellos mismos.

Joshua Clover, teórico cultural estadounidense, escribe en Riot.Strike.Riot, que la protesta, la toma de las calles y, eventualmente de las autopistas no puede ser leída sólo como espectáculo o como una representación, pues:

“los bloqueos, la interrupción de la circulación como un proyecto inmediato y concreto no es más que el insaciable deseo de hacer que todo se detenga. Las autopistas y las casetas son la significación más próxima de todo, de la totalización antihumana y la cosificación del mundo.

Si caemos en el juego discursivo que plantea el pliego que anuncia #VibraMéxico (que también se llama “Marcha Ciudadana por el Respeto a México”), no sólo se desarticula la denuncia de esa “experiencia real” que está más allá de cualquier pliego petitorio, sino que, también, convierte cualquier otra manifestación social en una cámara de eco de ésta: todas las marchas que han ocurrido en el país desde la aplicación del gasolinazo, toda la organización social y la acción directa que ha puesto en jaque (interno) a un gobierno -que también está siendo presionado por fuera- podrían caer dentro de este “pliegue” discursivo que, más que reconocer la diversidad de voces, intereses y proyectos políticos que confluyen dentro de la protesta social, ha decidido unilateralmente (sin que sea transparente quién o quiénes están detrás de ella) conformar una “defensa” a “respetar” al país: ni al Estado ni a la nación, a México -sin que, tampoco, entendamos bien a qué se refieren cuando hablan de “México”: ¿sus iguales?, ¿el gobierno?, ¿la sociedad “civil” o sólo la “sociedad”?

Estos son momentos en los que urge la acción directa de una sociedad organizada; estos son momentos en los que las voces de miles tienen que ser escuchadas porque tienen el derecho, porque tenemos el derecho de salir a la calle y reclamar el espacio público, lo público. Es lo que ha estado pasando desde el 1 de enero de este año, pero también desde el 1 de diciembre de 2012 y desde el 2006 y desde 1968, y en Baja California y en Estado de México y en las redes, y en las comunidades jornaleras de San Quintín y desde las familias de los desaparecidos y desde, también, la sociedad conservadora que ve amenazada su visión-de-mundo. No hay una marcha sobre otras, no puede haber una protesta “más urgente” que otras: el reclamo por la defensa de los bosques purépechas de Cherán y rarámuris de Chihuahua es tan válida como la herida abierta de los 43 de Ayotzinapa o los niños de la guardería ABC

En momentos como éstos, en los que es cada vez más amenazante el avance de lo privado sobre la cosa pública (sobre la república), salir a la calle, tomar las calles, reclamar las calles tiene que partir de la colectividad y del reconocimiento de que rehacer públicos esos espacios es, inevitablemente, algo político, un trabajo hacia lo utópico desde lo comunitario. No puede venir desde una “invitación” “civil” para regañar al status quo para reafirmar su legitimidad. La protesta es un derecho, es el derecho de todos.

 

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