Uber: cuando la culpa es compartida y las ganancias privatizadas

Uber es una compañía que a todos los países a los que ha entrado, lo ha hecho de golpe: abriendo puertas con una patada, inundando un mercado que constantemente había sido maltratado por quienes brindan el servicio. Su crecimiento en esas ciudades es alimentado, al mismo tiempo, por una población en precariedad laboral que ve en ella una fuente de ingresos y una clase privilegiada que ve en Uber la oportunidad de un servicio “personalizado” de transporte.

Hay un problema constante con Uber, no importa si entra a Dinamarca, Canadá, Brasil, Argentina o México, y no, no son los taxistas (con los que también tienen problemas siempre): explota vacíos legales, esos en los que sus “socios” trabajan -porque, aunque la app “determine” los costos, los pagos, los horarios y el ritmo de trabajo de sus conductores no son sus empleados- sin mucho respaldo ni seguridades.

En diferentes notas ya te hemos platicado los enfrentamientos legales que la compañía, basada en Silicon Valley, Ca., ha tenido con los tribunales, o la sospecha de que espía a sus usuarios, pero ahora platiquemos de los choferes.

Uber, al no contratar “oficialmente” a sus conductores, no les otorga ninguna prestación laboral… freelancers en toda la extensión de la palabra: ninguna ley, ningún sindicato, ninguna presión es ejercida desde su trabajo para que la empresa les otorgue otra cosa más que un “permiso” para trabajar a través de la aplicación móvil.

Esta semana, el reclamo de Daniela Reyes, conductora de Uber, se volvió viral: tras pedirle a una pareja que no consumiera cerveza en el auto, fue agredida por ambos, vandalizaron su coche y la golpearon. Ella trató de asentar una denuncia en el Ministerio Público, pero, al no tener el nombre de sus agresores (porque Uber se ha negado a liberar esa información), no hubo forma de que su demanda procediera.

El caso de Daniela, lejos de ser un caso excepcional, es un patrón: los enfrentamientos que inevitablemente tienen los conductores de Uber con los taxistas en cada una de las ciudades a las que ingresa el servicio (y que la compañía sabe que ocurrirán), no son confrontados por la empresa y sus trabajadores como una organización, sino como individuos que, como busca la empresa, no están coordinados y, en muchas ocasiones, la violencia ha tenido consecuencias fatales para sus “socios”. Las más de las veces, como ha ocurrido en ciudades como San Luis Potosí, Culiacán o Mazatlán, lo único que publica Uber es una “advertencia y un consejo”: “no caer en las provocaciones de los taxistas”. (Vía: El Universal)

De un par de meses para estas fechas, la empresa se ha enfrentado a una larga lista de problemas: desde denuncias de sexismo, racismo y transfobia dentro del corporativo, hasta una serie de escándalos porque el CEO de Uber, Travis Kalanick, fue señalado como uno de los consejeros del equipo de transición de Donald Trump (lo que lo hacía uno de los poquísimos jefes de Sillicon Valley que apoyó al candidato republicano), y, a los pocos días, fue captado por una cámara discutiendo con un conductor de su misma app, diciéndole que, prácticamente, no era culpa suya que “no supiera aprovechar” una oportunidad. (Vía: Vox)

Ser conductor de Uber puede ser un buen trabajo, es cierto: si tomas en cuenta que, como más de la mitad de la población, no tendrás ningún beneficio laboral, ni tampoco legal en caso de necesitarlo, ni alguien que proporcione mantenimiento a tu herramienta de trabajo, un lugar dónde dejarla, seguridad laboral ni las “agüitas” y “dulcitos”. Uber no proporciona a sus conductores más que un código para “conectarlos” a quien lo necesite; Uber no se va a responsabilizar ni siquiera por sus propias fallas: como el tener conductores con antecedentes penales como explotación infantil o robo de identidad (como ocurrió en Los Ángeles, Ca., en 2014), o cuando tus propios clientes (aunque, técnicamente no son tus clientes) decidan, porque se les hace gracioso, porque se sintieron ofendidos o porque estaban ebrios, golpearte, vandalizar tu propiedad y dejarte a lado del camino sin ninguna otra forma de pedir ayuda más que Twitter.

Eso sí, ¡mejor que trabajar en el gobierno, ¿no?! (no… ellos tienen sindicato y beneficios…)

ANUNCIO