¡SPLAT! O de por qué los pastelazos son importantes

No me gusta el pastel: ni su sabor dulce, ni su aguada consistencia cuando está envinado. Pero sobre todo, me parece un postre hipócrita. Tras el ataque con un pastel a la crítica de arte Avelina Lésper, quien demeritó el quehacer de los grafiteros, cabe preguntarse: ¿Qué tan inocentes son los pasteles y los pastelazos?

El pastel es un postre popular y el personaje principal en las celebraciones. Sencillos o complejos, la gente suele comérselos; al menos casi siempre, porque el pastel también tiene su lado oscuro. La “mordida” en los cumpleaños ha salido mal cientos de veces. Conozco a alguien que acabó en el hospital porque golpeó el borde de la mesa cuando los gandallas de sus amigos lo lanzaron contra las velitas recién apagadas.

Lingüísticamente, el pastel ya representa un problema. Los mexicanos imaginamos, normalmente, el producto hecho de harina, huevo, azúcar y mantequilla cubierto de crema batida. Los españoles prefieren usar “tarta” para el platillo al que nos referimos cubierto de betún. En casi toda Latinoamérica (y algunas regiones de España) optan por llamarlo “torta”; es más, en Venezuela los pasteles suelen ser salados. En Colombia llegan a decirle “ponqué”. Panamá no se hace bolas: es “dulce” y punto.

¡SPLAT! O de por qué los pastelazos son importantes, de Jennifer McNamara
Frank Sinatra y Soupy Sales. Imagen: Creative Commons

Así, de lo que hablamos aquí es de un pastelazo, tartazo o tortazo, como les sea más cómodo. Por cierto que, en inglés, el término es “pieing”, no “caking”. Aunque también es muy común encontrarlo sencillamente como “pie attack”.

Este postre que navega con la bandera de la inocencia ha sido motivo de carcajadas cinematográficas desde 1909, cuando en la película muda Mr. Flip, el personaje principal fue castigado con pastelazos por hostigar mujeres. La comedia slapstick, esa de principios del siglo XX que usaba la exageración para divertir, hizo de los pastelazos una broma clásica. Las caricaturas recuperan esta tradición y mil veces reímos cuando Bugs Bunny le lanzó pasteles a Elmer el cazador.

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Son vistos como tal diversión que hasta la compañía de juguetes Hasbro tiene un juego llamado “Pastelazo”, en el que el perdedor es castigado con un proyectil de crema batida lanzado mediante una catapulta de plástico (el juguete no es precisamente el favorito de las mamás).

Es, además, una broma activista bastante común. Bill Gates fue víctima de un ataque de pasteles en 1998, en una reunión con la Unión Europea. Los perpetradores se autonombraron “pastry-terrorists” (“tartaterroristas”, porque pasteterroristas no suena tan bien). Los atacantes fueron el guionista Rémy Belvaux, el anarquista y cineasta Jan Bucqouy, Brian Keegan y Noël Godin, quien es considerado todo un entarteur profesional, pues ha empastelado al host de televisión Patrick Poivre d’Arvor, al cineasta Jean-Luc Godard y hasta al ex presidente francés, Nicolas Sarkozy.

Al magnate de la televisión Rupert Murdoch también le tocó un pastelazo, y su esposa, Wendi Deng, salió a defenderlo a golpes. Otro famoso caso es el de Ralph Nader, ex candidato presidencial estadounidense; tras ser atacado, recuperó el pastel y lo volvió a lanzar en un evento político. ¡Guerra de comida!

Si les interesa el tema, hay una lista en Wikipedia con personas famosas víctimas de pastelazos.

Aunque hay gente que lo toma bien, como muchos jugadores de béisbol que tienen que aguantar las simpáticas celebraciones del pitcher A.J Burnett, que ya hizo tradición festejar victorias a pastelazos. Otros tratan de ponerle filosofía, como la opositora del movimiento gay Anita Bryant, quien fue víctima de un pastelazo y bromeó “al menos era de frutas”.

Empastelar gente es algo tan efectivo como activismo que incluso existió una “Brigada de Horneado Biótica” (Biotic Baking Brigade) formada por activistas de varios lugares del mundo que lanzaban pasteles como forma oficial de protesta. Los Entartistas son otro grupo satírico-político canadiense que defiende el pastelazo como una forma de empoderamiento.

Los pastelazos son el abuelo del ice-bucket-challenge: en numerosas ocasiones han sido usados como retos para recaudación de fondos.

¡SPLAT! O de por qué los pastelazos son importantes, de Jennifer McNamara
Josh Harrison, de los Piratas de Filadelfia, recibe un pastelazo de A.J. Burnett tras la victoria. Imagen: Youtube

Aunque hay que aclarar que también es cosa seria: en Canadá, Estados Unidos y Suecia la gente ha sido condenada por andar lanzando pasteles. España se lleva el récord: dos años de cárcel por empastelar a la política Yolanda Barcina. Con todo, probablemente en México el incidente de Lésper sólo quedará como falta administrativa, a menos que la crítica demostrara que tuvo daños físicos.

Quizá es porque cualquiera puede lanzar un pastel (y es menos doloroso que una roca en la cabeza). Quizá es porque, aunque no estemos de acuerdo con la violencia, nos causa cierta risa primitiva. Pero aceptémoslo, los pasteles son cualquier cosa menos inocentes. Si no, ¿por qué habría una guerra que lleva su nombre?

Por Jennifer McNamara (@McNamaraGuine)

Por: Redacción PA.