Lo políticamente correcto: el enemigo que la derecha se creó solita

El internet es un lugar hermoso: nos mantiene al día de gifs chistosos, videos de gatitos y permite hacer investigaciones sin el inconveniente de salir de casa, nos mantiene conectados con el mundo tal como lo interpretamos y refuerza nuestros prejuicios (porque, en buena medida, no salimos de nuestras cámaras de eco); por otro lado, el internet también es un lugar aterrador: el acoso, las amenazas, el discurso racista y de odio y la gente que va por todas las páginas y todas las redes diciendo “verdades” y etiquetándolo que van a decir como “no políticamente correcto”

Lo “políticamente correcto” (las menciones de ello: las denuncias de que “lo políticamente correcto” invade y censura y limita…) apareció a comienzos de la década de los 90 en los Estados Unidos: periódicos que, hoy, se consideran liberales y “en resistencia” a Trump, como el New York Times, el Washington Post y la revista Newsweek publicaron textos en los que se acusaba a una “policía del pensamiento” o del lenguaje: los actos de racismo y misoginia “casuales”, del “día a día” empezaban a ser catalogados como “micro agresiones”, y quienes las cometían eran señalados en las principales universidades del país.

Pequeños casos fueron sacados de contexto y publicitados a tal grado que, en poco tiempo, se construyó la idea de “lo políticamente correcto” que tenemos hoy en día: una serie de “mandatos” que determinan cómo pensar, qué decir y cómo decirlo. Como siempre, la forma como se construye lo “políticamente correcto” es mucho más complejo que el uso que sus críticos señalan (incluso lo que quienes lo apoyan).

Lo “políticamente correcto” forma parte de una filosofía política: el multiculturalismo. La base de ésta en teoría es sencilla: el respeto irrestricto de los derechos individuales de todos, más allá de su identidad sexual, racial, política o económica. Como idea en papel es loable: es necesario, en un sistema que pretende callar las diferencias, reconocerlas, defenderlas y apoyarlas, el problema central del multiculturalismo es que, como dicen sus críticos más vocales, se ha convertido en una nueva “etapa” del capitalismo: el mercado como “resistencia” (como ha ocurrido ya incontables veces desde que, en noviembre, Donald Trump ganara la presidencia de los Estados Unidos).

Otro problema central del multiculturalismo es el proceso de construcción de términos “eufemísticos”, pues si lo único que se altera es la palabra pero no el significado cultural detrás de ella, no importan cuántas palabras más “lindas” se le añadan: por ejemplo, la tirada de eufemismos en referencia a la discapacidad no han logrado que las personas con capacidades diferentes sean reconocidas como individuos, no como sujetos de caridad ni como receptores de lástima -véase, como ejemplo, el Teletón.

Lo políticamente correcto se presenta como una respuesta “razonada” y hasta “lógica” al racismo, la homofobia, la misoginia y la transfobia, sin embargo, los nuevos términos, las “leyes” promulgadas para “defenderlos” terminan siendo una construcción paternalista que no toma en cuenta a sus protegidos, no reconoce, por lo mismo, la individualidad y agencia que dice defender y, lo más importante, no altera las relaciones de poder que, desde un principio, permitió el racismo, la homofobia, la misoginia y la transfobia, incluso las oculta y, por tanto, hace más difícil rebelarse contra ellas.

Sin embargo, es necesario reconocer que el ejercicio sobre el lenguaje, sobre exigir una representación “equitativa” en el lenguaje y, por tanto, en la forma como nos representamos, ha llevado a grupos minoritarios (y constantemente oprimidos) a apropiarse del discurso público. Si bien una “rama” de lo políticamente correcto puede ser utilizada por las agencias publicitarias, por el mercado y sus mecanismos; también comunidades completas han utilizado los mecanismos de lo “políticamente correcto” para hacerse visibles, para resistir: las comunidades indígenas en México y Estados Unidos, la comunidad LGBT, los colectivos como #BlackLivesMatter y la protesta juvenil…

Lo políticamente correcto exige, hasta cierto punto, una revisión de los privilegios desde los que decimos lo que decimos, desde donde nos reímos de lo que nos reímos, desde donde nos relacionamos y con quienes y para qué nos relacionamos. “Políticamente correcto” no es ni “censura” ni “linchamiento”, así como tampoco es lo que sea que quienes mentan estas dos “defensas”.

Según la retórica clásica, lo “políticamente correcto” es un exónimo: un término a través del cual se niega el argumento del otro y que señala, al mismo tiempo, que quien lo pronuncia no forma parte del grupo que lo utiliza: nadie se dice a sí mismo que es “políticamente correcto”, al contrario, nos gusta mentar constantemente nuestro quiebre de lo correcto y lo decimos orgullosos. Es, también, una forma de afirmar que “el otro”, el que usa ese lenguaje está mal: como cuando alguien te corrige cuando te dice que lo que escribes no es “técnicamente correcto”, el adverbio cancela la afirmación y la convierte en un negativo: no sólo estás incorrecto en usar un lenguaje políticamente correcto, estás doblemente equivocado. (Vía: The Guardian)

En últimos meses, desde la entrada de Donald Trump a la política internacional y casos como el de Perelló o la decisión de Café Tacvba de dejar de tocar “La Ingrata” en sus conciertos, se ha apuntado a lo “políticamente correcto” como el enemigo: es el creador de censura, represor, juez y parte de un mundo paralelo en el que los oprimido (¡ahora resulta!)  han tomado el poder y ya nadie puede “soltar un piropo”, hacer chistes o usar prendas inspiradas en patrones de bordado indígenas. Pero ni es “linchamiento” juzgar a alguien responsable por sus comentarios, ni es “censura” la decisión de un grupo de cambiar su punto de vista de una canción.

Tampoco es una “defensa de la libertad de expresión” el discurso de odio o el uso de la palabra libre de responsabilidades. Si algo permite, creo, lo “políticamente correcto” es, justamente, el reconocimiento de la enorme responsabilidad de nuestras palabras, del reconocimiento de nuestros privilegios y del poder que tenemos con ellas frente a los demás: si decidimos usarlos para defender la misoginia, la transfobia o lo indefendible, debemos, también, de aceptar los costos políticos, personales y sociales de lo que decimos.

https://twitter.com/rayresistance61/status/847551104749633537

Es fácil tener un “hombre de paja” para golpearlo, atacarlo y prenderle fuego para llamar la atención de todos; es muy fácil hablar desde desconocer la experiencia del otro, también. Lo que es difícil, lo que nos tenemos que exigir en un mundo lleno de Trumps, Perellós y Ricardo Alemanes es reconcoer, aceptar y utilizar el poder de nuestras palabras.

 

Por Raúl Cruz V.

 

 

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