¿Cuál es el camino que nos trajo a esto? ¿Cómo Trump es presidente?

Hay que, primero que nada, hacer una distinción: una cosa es el muy complejo proceso social, económico y político que llevó a Donald Trump a la presidencia y otro, muy diferente, es el personaje de Donald Trump, igualarlos no sólo sería una simplificación gratuita, sino que normaliza una forma particular de pensar la política en el país (hasta hoy) más poderoso del planeta.

Desde julio de 2015 hasta hoy, podrían, fácilmente, haber miles de artículos acerca de los fallos de Donald Trump: no sólo su nula preparación política o su hiperactividad en Twitter y sobre el podio de un rally, quien a partir de hoy será el 45 presidente de los Estados Unidos de América es, simple y llanamente, un ser humano despreciable, que se sabe tal, que lo grita a los cuatro vientos y que, aún así, tiene el “genio” de vender esa misma imagen como algo imitable y admirable; es su capacidad de autopromoción la que hay que señalar aquí, su “colmillo” para posicionarse sin mucho problema en la cresta de un cambio de paradigma radical y hacerse a sí mismo como “la voz” de todos aquellos que, hartos del sistema y la estructura políticas, han decidido (en el peor de los clichés) darle “un voto de confianza. Una confianza que, hoy, a unas horas de ser juramentado Presidente de los Estados Unidos, ya ha roto.

Trump será el presidente con el menor margen de aprobación al momento de entrar a la Casa Blanca, en comparación con Obama, que entró con un 79%, el neoyorkino lo hará sólo con el 40% (ni siquiera George W. Bush, tras el juicio que le otorgó la presidencia llegó con números tan bajos). Más allá de lo que pueda hacer para recuperar sus números, más allá de todas las promesas (muchas de ellas aterradoras) que está rompiendo día a día, la caída en picada de ese apoyo popular del que presume en Twitter todo el tiempo evidencia que él también fue un personaje y una máscara desde la que se montó todo un discurso: de lo mismo que acusaba a sus contrincantes en las votaciones primarias, tal como le espetó constantemente a Hillary Clinton.

Pensar, ahora, “qué hubiera pasado si Trump no se hubiera lanzado a la presidencia” no sólo es construir un castillo de naipes, sino mentirnos directamente: ¿qué hubiera pasado?, lo más seguro es que habría otro Trump, algún político lo suficientemente voraz, lo suficientemente cínico, pero lo suficientemente inteligente para “resguardar” las formas del discurso político.

Esto resulta evidente, por ejemplo, en los otros 15 aspirantes por la nominación a los que Trump demolió a partir de golpes de pecho, tuits y bullying; un ejemplo, también, son los nombres que la administración ha nombrado para ocupar los puestos se su gabinete: la gran mayoría, multimillonarios que han dedicado su vida y una parte mínima de sus caudales (en comparación con lo que han ganado de esos gastos) en desarticular aquello para lo que han sido nominados: desde Betsy DeVos en Educación, Rex Tillerson en Estado, Scott Pruitt en la Agencia de Protección Ambiental (EPA) o el abiertamente racista Jeff Sessions como Fiscal General. Prácticamente todos los nominados por Trump se han enfrentado a sesiones de confirmación que no sólo demuestran su incapacidad para el puesto, sino que, también, dejan abierta la puerta a un gobierno plagado de conflictos de interés.

Trump no es el primer político que ha utilizado un discurso apenas enmascarado para ganar votos de aquellos que temen el cambio: ya lo había hecho Richard Nixon en 1968 bajo el lema “Ley y orden” como respuesta directa (aunque implícita) al movimiento por los Derechos Civiles que, en esos años, estaba perdiendo a sus líderes tras los asesinatos de Malcolm X, Martin Luther King y otros. Por lo mismo, a partir de lo mismo, hoy ya no puede nadie sorprenderse de que miembros del Ku Kux Klan o supremacistas blancos vean en alguien que constantemente recita esa misma frase, que busca “construir un muro” y que, siguiendo su misma conducta de siempre, espera que gobiernos (y ejércitos) como China y la Unión Europea cedan tan fácil a su bravado como lo hicieron Marco Rubio o Jeb Bush.

Ese complejo momento sociopolítico que mencionábamos al principio de este texto fue alimentado por años por agrupaciones como el Tea Party y, ya en control, el partido Republicano completo y por medios como Fox News y, en general, por un ataque constante a cualquier solución política que apenas pareciera “de izquierda”, como apunta Gary Younge en su editorial para  The Guardian:

“No podemos culpar a Obama por Trump. Fueron los republicanos –que encendieron las pasiones de su base, a la que siempre sedujeron pero, finalmente, nunca pudieron controlar– los que lo nominaron y, por ahora, lo alientan. Y, sin embargo, sería inocente argumentar que Trump apareció de un vacío que no guarda relación con los ocho años pasados.” (Vía: The Guardian)

Trump triunfó no tanto por sí mismo (como lo está demostrando su caída en popularidad), sino por los fallos sociales, económicos y políticos de la administración de Barack Obama; Trump no triunfó tanto por sí mismo, sino por la larga lista de problemas sistémicos (como el racismo institucional y la misoginia inherente al sistema) que no han sido solucionados porque, una y otra vez, se argumenta que ya han sido superados.

Ya no es cuestión de qué puede venir con Trump, sino de qué está haciendo con lo que ya tiene. No se trata simplemente de tratar de sacarlo de la Casa Blanca (porque siempre habrá alguien más dispuesto a suplantarlo), sino de encontrar la forma de hacer evidentes los conflictos que lo llevaron, para encontrarlos, para hallar, entre todos, formas de que #Tiremoselmuro.