Cómo habla Trump: un discurso que ganó la elección

Sin duda, uno de los principales capitales que tiene Donald Trump es su carisma, y no “carisma” pensado como “ser agradable”, sino la facilidad que tiene de levantar sentimientos profundos en quienes lo escuchan: se le ama o se le odia y de la reacción depende negar o aceptar a ciegas todo lo que diga. Hablar de lo que habla Trump, sin duda es atacar su discurso de odio, podría ser, también, pensar en el público al que le habla, a sus seguidores y admiradores, a la gente no que se ha apropiado de sus palabras, sino de quienes Trump se sirvió para construir su propio discurso.

Hay una especie de consenso sobre cómo nos pensamos en la escena pública: somos una persona cuando somos vistos por otros y otra cuando estamos a solas, usamos máscaras (de lenguaje, de actuaciones, de formas de socializar) que, más que proteger al yo “auténtico”, buscan agradarle a quien nos escucha. Cuando, en los últimos días de la campaña presidencial de los Estados Unidos, se filtró una de las pláticas que Hillary Clinton diera a los ejecutivos de un banco, aconsejaba justo esto: tener una “persona pública” y una “persona privada”, y la campaña de Trump no tardó en atacarla por hipócrita: ¿cómo alguien puede ser capaz de aceptar que es una persona a solas y otra frente a muchos, y cómo esa misma persona puede pensar que va a dirigir un país fundado en la idea de que entre todos somos uno (está en los billetes de dólar: “PLURIBUS UNUM”).

Hannah Arendt, filósofa alemana y pensadora del lenguaje del poder, pensaba que, al contrario, en política no podemos hablar de máscaras, de un ser “auténtico” debajo del personaje, pues la máscara misma es la persona: el lenguaje es en sí mismo una forma de presentarse, la presentación es la esencia misma de la persona que se ha lanzado al ruedo político, como un personaje de una obra de teatro, no puede salir de la obra, pues dejaría de ser.

Hablar de lo que habla Trump nos distrae de cómo habla Trump: cómo es que un personaje con un vocabulario tan pobre, con ideas tan simplistas sobre cómo se configura la misma sociedad que va a gobernar va a dirigir una de las economías más influyentes del mundo, una de las sociedades más complejas. Pocas oportunidades tan claras de alejarse de los contenidos y analizar la forma, como la transcripción de la plática-entrevista que el equipo directo del New York Times tuvo con el ahora presidente electo y algunos elementos de su equipo de transición.

Muchos medios ya han reportado sobre las muchas contradicciones entre sus promesas de campaña y lo que declaró en el mismo edificio del periódico: a lo largo de la entrevista, Trump se retracta de reanudar el proceso judicial contra Hillary Clinton; deja abierta la posibilidad de que el cambio climático sea real y producto de la actividad humana; felicita el trabajo de Barack Obama, e incluso reconoce que “le cayó bien” cuando lo conoció; se desdijo de la cercanía con Rusia que había aceptado en la campaña y, en general (si no se le prestara atención a cómo lo dijo), sería una entrevista con un presidente electo conservador “normal”.

Que el presidente electo se desdiga, mienta y contradiga no es novedad. La novedad, en el caso de la entrevista con el New York Times es la posibilidad de leer directamente sus palabras, desnudas de la teatralidad del que será el presidente de los Estados Unidos, pues así no sólo dejan en evidencia a una persona que lucha por encontrar la forma de articular pensamientos complejos, también la gran capacidad de un “platicador” que lleva la conversación siempre hacia donde puede dominarla: hacia la conversación ligera que le permite chistes y “darle por su lado” a quienes lo presionan con preguntas.

Sin un público que guiara su tren de pensamiento, el discurso de Trump en la entrevista pareciera más enfocado en librar los muchos obstáculos que los editores y periodistas del New York Times  le colocaron, que en presentar un plan de gobierno estructurado. Para hablar de un “megaproyecto” para renovar la infraestructura estadounidense, el magnate neoyorkino recurrió a una “plática” con un amigo suyo, dueño de camiones “los mejores, los camiones más caros, los Rolls Royce de los camiones”; para hablar de quien será su Jefe de Estrategia de la Casa Blanca, recurrió a decir que nunca lo había escuchado decir nada racista y que Breitbart, el periódico digital de extrema derecha que manejaba Steve Bannon, no era diferente al NYT, por lo que no entendía por qué las acusaciones contra él.

Algo que resalta una vez que se lee completa la transcripción es la gran capacidad que tiene Trump de mezclar muchísimos temas, construir un discurso incoherente y desviar, con ello, la atención del tema del que se le preguntara, esto lo hizo, particularmente, cuando se le presionó sobre los posibles conflictos de intereses que podría tener si seguía controlando sus empresas mientras organizaba la transición presidencial. Michael Barbaro, periodista político del NYT presionó a Trump para dar una respuesta sobre el rumor de que, durante una llamada entre Nigel Farage (principal propulsor del “Brexit” y uno de los pocos apoyos europeos de Trump que es, al mismo tiempo, representante de Gran Bretaña en la Unión Europea, lo que haría la llamada una de interés público para ambos países) y él, el neoyorkino mencionó  unas turbinas eléctricas que “afectan” el paisaje de uno de los campos de golf del presidente electo en Escocia, la respuesta de Trump es, de verdad, única:

Oh, I see. I might have brought it up. But not having to do with me, just I mean, the wind is a very deceiving thing. First of all, we don’t make the windmills in the United States. They’re made in Germany and Japan. They’re made out of massive amounts of steel, which goes into the atmosphere, whether it’s in our country or not, it goes into the atmosphere. The windmills kill birds and the windmills need massive subsidies. In other words, we’re subsidizing wind mills all over this country. I mean, for the most part they don’t work. I don’t think they work at all without subsidy, and that bothers me, and they kill all the birds. You go to a windmill, you know in California they have the, what is it? The golden eagle? And they’re like, if you shoot a golden eagle, they go to jail for five years and yet they kill them by, they actually have to get permits that they’re only allowed to kill 30 or something in one year. The windmills are devastating to the bird population, O.K. With that being said, there’s a place for them. But they do need subsidy. So, if I talk negatively. I’ve been saying the same thing for years about you know, the wind industry. I wouldn’t want to subsidize it. Some environmentalists agree with me very much because of all of the things I just said, including the birds, and some don’t. But it’s hard to explain. I don’t care about anything having to do with anything having to do with anything other than the country.

 

Ah, ya veo. Lo pude haber traído a colación. Pero no respecto a mí, o sea, el viento es algo muy traicionero. Primero que nada, nosotros no hacemos turbinas así en Estados Unidos. Las hacen en Alemania y Japón. Las hacen con cantidades enormes de acero, que va a la atmósfera, esté o no en nuestro país, sube a la atmósfera. Las turbinas matan aves y las turbinas tienen subsidios masivos. En otras palabras, estamos subsidiando turbinas por todo el país. Digo, las más de las veces no funcionan. No creo que funcionarían sin subsidios, y eso me molesta, además, matan a todas las aves. Vas a una turbina, ya sabes, en California ellos tienen la, ¿qué es? ¿el águila dorada? Y ellos como que, si tu cazas un águila dorada, ellos van a la cárcel por cinco años y a pesar de eso, las matan por, de hecho tienen que sacar permisos porque sólo tienen permitido cazar treinta o algo así al año. Las turbinas son devastadoras para la población de aves, ¿sí? Con eso dicho, hay un lugar para ellas. Pero necesitan subsidio. Entonces, si hablo negativamente. He estado diciendo lo mismo por años sobre, ¿sabes?, la industria eólica. Yo no quiero subsidiarla. Algunos ecologistas están de acuerdo conmigo por todo lo que acabo de decir, por lo de las aves, y otros no. Pero es difícil de explicar. Yo no me preocupo por nada que no tenga que ver con otra cosa que con el país.

Después de una respuesta así, es fácil olvidar la pregunta que la provocó. Sin un público que aplaudiera los chistes, sin un entrevistador que, como él, tenga la capacidad de responder a un discurso sin sentido, la junta directiva del NYT no pudo más que seguir sacando respuestas que, si bien resultaron en frases para primera plana (como que dijera que un presidente no puede tener conflictos de interés o que Hillary sufrió mucho en la campaña y por eso ha decidido “dejarla en paz”), ponen en crisis un sistema periodístico que funcionaba alrededor de un discurso formal, articulado y enmascarado.

La semana pasada, en pleno “Remembrance Day”, una fecha en la que en Inglaterra se recuerda a los soldados caídos en la primera y segunda guerras mundiales, el periodista Andrew Marr entrevistó a Marine LePen, la candidata a la presidencia de Francia que representa, en más de un sentido, la retórica y la ideología de extrema derecha de Trump. En un artículo de opinión, la editora de la BBC, Samira Ahmed, buscó encontrar sentido a un espacio que no sólo le daba notoriedad, sino que incluso normalizaba un discurso de odio, Ahmed cierra exigiéndole a los periódicos y a los medios preguntarse cuál es el papel de una supuesta “imparcialidad” y “neutralidad” frente a fenómenos como el de LePen, Trump y Farage. (Vía: The Guardian)

Con una entrevista como la que el NYT le hiciera al presidente electo, urge repensar, como medios, como consumidores de medios, qué es lo que se oculta detrás de un lenguaje “directo” como el de Trump, que quizá es más espejo de su público, pero, entonces, ¿qué hacemos con lo que está reflejando?