El feminismo no es confortable, por Julia Bravo Varela

El feminismo no es confortable. Por lo menos no el que quiere cambiar las cosas desde abajo, desde la raíz, ya que no hay nada más incómodo que cuestionarte todo lo que eres día a día. Es cansado pensar cómo nuestra personalidad está gravemente atravesada por el género, si no es que, de hecho, nos ha configurado desde mucho antes de nacer. Es doloroso reflexionar sobre tus redes afectivas, esas que hemos ejercido y reproducido toda la vida, en muchos casos violentamente. Es espinoso intentar rastrear el origen del humor que tenemos y los chistes machistas, clasistas y racistas que repetimos casi automáticamente, sin pensar dos segundos en por qué nos causa tanta gracia.

Decidir hacer todo lo anterior no es cosa fácil. A mí me costó la pérdida de varias amistades, la hipocresía de muchas personas y el alejamiento por incomodidad de otras. Me cuestioné si yo estaba mal, si tal vez estaba siendo muy radical (en el sentido peyorativo de la palabra), dudé si mi feminismo no estaba cambiando “lo que realmente era” o “lo que solía ser” pero, en realidad, solo ayudó a plantarme en frente de un mundo que se mofa de nosotras y nos segrega.

Lo que sí es fácil es seguir reproduciendo violencias –porque nadie nos enseñó otro camino. Un gran sector de la sociedad toma por broma las violencias machistas y los feminicidios; otro sector, abanderándose y diciéndose “feminista”, parece comprender las problemáticas mundiales en torno a la mujer, pero si le pones cara y nombre al opresor entonces te estás comportando de manera indeseable y repugnante. Puede ser sencillo compartir cifras en Facebook sin haber pensado un solo día en lo agresivo que eres con tu novix o en lo poco que le ayudas a tu madre a hacer las labores del hogar. Cuando denuncié públicamente dos de cuatro acosos, las personas de mi círculo que eran amigas de los dos acosadores tomaron partido. Una persona me escribió que no le parecía la mejor vía la “difamación directa” y llegué a enterarme que otra persona dijo que había que “tomar en cuenta mi temperamento”. En ambos casos, se hacía referencia a una exageración o a un levantamiento de falsos por mi parte. Entendí que podía prescindir de dos personas, pero no de alzar la voz. Lo personal es político.

Al formar parte de una colectiva o de un espacio de militancia los problemas se multiplican:

“¿Por qué el separatismo? El problema es de todos. Yo soy hombre y soy feminista.”

La lucha más importante es la de clases. El problema de género se encuentra subsumida a esta.”

“¿Qué hay del maltrato y los asesinatos de hombres?”

“No sé si un escrache o un tendedero sea lo mejor. Es demasiado violento y lo único que hacen es darse una mala reputación.

Lo que al principio me parecían dudas reales o comentarios para retroalimentar se han vuelto ganas profundas de golpear en la cara a sus emisores; porque el 90% del tiempo no es una pregunta genuina ni una opinión edificante, sino ganas de joder a un movimiento, y también de estarte probando todo el tiempo. De nuevo, las mujeres tenemos que demostrar que estamos a la altura o que hemos leído lo suficiente, cuando cualquier imbécil tiene el espacio público a su disposición para decir en voz alta argumentos inconexos y disparatados mientras cita El Capital o decide que puede explicarte tu feminismo mejor que tú.

Esta actitud “chingativa”, quiero creer, está relacionada fuertemente lo que yo llamo “la comezón”: ese picor de saber que, en realidad, el mundo sí es desigual. Que hay privilegios, que hay violencias, que oprimimos y somos opresores, que el sistema está mal desde donde lo veas. Los problemas de género tocan una fibra sensible, para bien o para mal, en muchAs y en muchOs. Ojalá que fuera más bien que mal. Ojalá que la prepotencia y la ignorancia abrieran las puertas del respeto y la reflexión.