Women’s March: millones de mujeres le hacen ver a Trump que no la va a tener fácil

No habían pasado ni 24 horas de que Donald Trump tomara posesión de la Casa Blanca y de todos los poderes (y obligaciones) que ella conlleva y una protesta, encabezada por mujeres y estimada entre los 2.8 y 3.5 millones de personas alrededor del mundo, le estaban mostrando que la suya, será una presidencia que tiene que pensarse desde la resistencia: la resistencia en las calles y desde piezas centrales en el Congreso y resistencia, también, dentro de su propio partido -figuras como los expresidentes Bush y senadores como John McCain ya han hecho públicas sus diferencias con el presidente en funciones. (Vía: The Hill)

La que fue llamada “Women’s March” desde el comienzo de su organización, reunió en las principales ciudades de Estados Unidos centenares de miles de mujeres, hombres y niños, apoyados por colectivos en apoyo de minorías y, cada una, con una diversidad convergente de demandas buscaron, primero que nada, visibilizar una resistencia a la que el presidente Trump y su equipo van a tener que acostumbrarse.

Ante la amenaza constante del retroceso en cuestión de derechos reproductivos y de las reducciones que, sistemáticamente, se han hecho a agrupaciones civiles (con recursos federales) como Planned Parenthood; ante la normalización de la misoginia y el racismo, agrupaciones de mujeres tomaron las calles para hacer evidente que los Estados Unidos que estaban recibiendo no eran los mismos que el muy reducido grupo de votantes que los eligieron -no está de más recordar que, si bien Trump ganó el voto del colegio electoral, Clinton ganó el popular por casi tres millones. Según reportes de The Guardian, el número de manifestantes en la Women’s March ha sido superado solamente por las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en los 60.

Como todo movimiento construido desde la pluralidad (que, muchas veces, no considera minorías), las críticas a la marcha van desde la muy pequeña representación de mujeres afroamericanas y de color, la aparición de consignas tránsfobas (o que reducían la representación de “lo femenino” a la condición biológica), o, que por hacer manifestaciones en performance, recursos que pudieron ser consignados al apoyo a mujeres en condición de calle fueron desperdiciados. Estas críticas han recibido bienvenidas contradictorias, sin embargo dejan ver que éste es un movimiento que está naciendo y que debe de aprender de sí mismo, de la crítica que se le haga desde dentro para poder ser una resistencia efectiva frente a una presidencia que, dada la respuesta que lanzó frente a la marcha, indica que no está del todo dispuesta a respetar muchos de los derechos garantizados por la Constitución estadounidense.

Por lo general, el primer informe de actividades de un presidente es una presentación: cuáles son los dos, tres, temas centrales para los primeros días de gobierno y qué está haciendo quien acaba de ser juramentado para trabajar en ellos. Por lo general, pero ésta es la presidencia de Donald Trump. Quien está fungiendo como Jefe de Prensa no de Donald Trump, sino de la Casa Blanca (es decir, no de quien está en la oficina, sino de la institución misma), Sean Spicer, salió el domingo pasado a hacer dos cosas: dejar en claro que la relación que tendrá la presidencia con la prensa no será “amable”, y dejar en claro que, aparentemente, las imágenes mienten. (Vía: Hufftington Post)

Spicer, evidentemente molesto por el “intento de deslegitimar la presidencia”, denunció un “juego tramposo y peligroso” por parte de los medios para hacer creer que era una mentira que el número de personas que presenciaron “en cuerpo y por los medios” la toma de protesta fue mucho menor de lo que “sus números indican”. Al mismo tiempo que, tal como su jefe, desestimó las marchas como algo de “minorías” que, estando en su derecho de manifestarse, no son la voz del “pueblo” estadounidense. Esto a partir de una serie de fotografías en las que se comparaba la asistencia a la toma de protesta del primer periodo de Obama y la de este 20 de enero. (Vía: The Guardian)

Por un lado, para un presidente que llegó a la oficina bajo la promesa de no ser como “los políticos”, en cierta medida lo está respetando, pero, por otro, la facilidad con la que la administración Trump completa reacciona ante algo que es evidentemente cierto no sólo deja en duda cómo reaccionará cuando los medios reporten que sus políticas han fallado, que sus funcionarios han sido descubiertos en casos de corrupción o manejo de influencias (como muchos medios reportan que podría pasar, de acuerdo a la conducta documentada de muchos de sus nominados a Secretarios) o que, en el futuro aún más cercano, el presidente mismo podría ser juzgado por conflictos de interés, al no cortar lazos con sus empresas trasnacionales. (Vía: Mic.com)

La resistencia a la que se estará enfrentando Trump, entonces, no será sólo contra la clase política o contra la organización civil en las calles, sino también contra la prensa, contra el mero concepto de transparencia y, finalmente, contra los hechos.