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#Vulvasaur: La obligación de ‘arreglarse’

A veces envidio a quienes salen de bañarse y no hacen más que frotarse ligeramente el pelo con una toalla, ponerse una camiseta y un pantalón e instantáneamente ser socialmente aceptados. A veces desearía estar lista para enfrentar el mundo en menos de 10 minutos. Casi siempre son los hombres quienes pueden darse tal lujo, porque no han sido socializados de tal manera que su cuerpo deba ser modificado para convivir.

Aunque no me considero high maintenance, mi rutina consiste en una serie de pasos que toman más de una hora. Para empezar, tengo el pelo a la altura de los hombros: después del shampoo, me pongo acondicionador. Si no lo hago, después es imposible peinarme.

Además, el jabón que uso para lavarme la cara no es, de ninguna manera, el mismo que uso para el cuerpo. Vivo con la maldición de la piel sensible y el acné que va y viene, así que debo ser sumamente cuidadosa con lo que me pongo encima.

A veces, también, me rasuro las piernas y las axilas. Sobre todo en verano, cuando quiero usar vestido o falda sin tener que explicar que el vello corporal en las mujeres es perfectamente normal. Las grandes marcas venden rastrillos “especialmente diseñados” para nosotras. Sin embargo, la única diferencia que tienen con un rastrillo normal es el precio: la pink tax o ‘impuesto rosa’ en los productos femeninos, más caros que el resto por ser rosas o tener flores.

Amanda decidió que afeitarse no es lo suyo. Amanda, es tu cuerpo y puedes hacer lo que quieras con él. Ninguna convención social debe mandar sobre tu identidad. Ilustración: Carol Rossetti

Las mujeres con vulva podemos lavarnos ahí abajo (y me refiero a ‘ahí abajo’) con un jabón común o con uno fancy que regule el PH. Whatever that means. Entonces, a la lista de productos para la ducha se suma uno más.

Para entonces, alguien como mi novio se bañó decentemente hace más de media hora y ya está vestido con un pantalón y su camiseta favorita. Mientras tanto, yo salgo con una toalla alrededor de la cabeza y me pongo crema en la cara (no cualquier crema, recuerden la piel sensible y el acné). Me pongo un brasier que me encantaría no tener que usar, pero para mí es difícil ser 36-D y prescindir del sujetador.

Después, ahora sí, me pongo un pantalón y mi camiseta favorita. Esto, claro, si no estoy menstruante, porque en ese caso hay que elegir entre toallas, tampones o copa menstrual antes de ponerse la ropa limpia.

Luego va el maquillaje, del que pocas veces puedo darme el lujo de prescindir: mi piel, con tendencia acnéica y propensa a la rosácea, exige productos dermatológicamente probados, oil free, no comedogénicos y que cuestan una pequeña fortuna. Y, finalmente, la crema para peinar o el mousse o spray con aceite de argán o cualquiera que sea el producto capilar en turno.

Es aquí cuando alguien que no entiende cómo funciona el mundo dice “pues nadie te obliga, ridícula, sufres porque quieres”. Sin embargo, hay dos cosas ciertas: 1) No sufro y, de hecho, he aprendido a dedicar el tiempo necesario al autocuidado y a reconocer que representa un gran privilegio poder destinar tiempo y dinero a ello y 2) Es tramposo afirmar que ‘nadie nos obliga’.

¿No les encanta cuando no usan maquillaje y les preguntan más de 30 veces si están enfermas o tristes? Estem, no, solo soy fea.

Por supuesto que puedo salir de mi casa sin brasier y sin maquillaje, sin crema para peinar y con pelos en las axilas. Y algo tan simple sería un acto sumamente transgresor. No obstante, la sociedad no me leería de la misma manera; no estaría cumpliendo con esa obligación implícita que tenemos las mujeres de ser ‘bonitas’, de oler rico, de tener la piel perfecta: todo sin que se note que nos toma varias horas al día lograrlo.

Ser feminista no implica desprenderse de tajo de esas rutinas ni de abandonar los roles asignados a las mujeres de forma automática, pero sí de cuestionarnos a nosotras mismas y a las expectativas que recaen sobre nosotras. Entender las razones por las que hacemos cosas aparentemente inocuas como comprar rastrillos rosas, usar tres o cuatro jabones distintos y tardar más de una hora en el baño. La rutina es personal y lo personal es político.

Por Gaby Castillo (@gabyzombie)