Trump habla ante el Congreso de EE.UU., ¿por qué nos tiene que seguir importando?

Casi todos nosotros, cuando hablamos con diferentes personas, cuando estamos solos o cuando estamos en línea, hemos desarrollado diferentes “personajes” para tratar con las exigencias sociales del momento: no le hablamos igual a nuestros padres que a nuestros amigos, ni escribimos lo mismo en línea que lo que decimos en persona. “Casi todos”, porque Donald Trump es un personaje bastante constante: la campaña, su cuenta de Twitter, su marca, incluso su departamento en el penthouse de la torre Trump en Manhattan son parte de un mismo personaje: provocador, ignorante, consciente de que nunca estará en el “centro” de atención aunque luche por él constantemente… La noche de ayer, el presidente de los Estados Unidos dio su primer discurso en la sesión conjunta del Congreso estadounidense y, sorpresivamente para todos, apareció un nuevo personaje Trump: el presidente Donald Trump.

Desde la campaña presidencial, pasando por la elección y su toma de protesta, Trump no dejaba de presumir que, en cualquier momento, el podía “comportarse como un presidente”, sólo que no le serviría en la campaña, ni para ganar votos. A poco más de un mes de su toma de protesta y frente a un Congreso dividido, pareciera que, al menos en su comportamiento, encontró un punto medio en el que -aún alimentando una agenda xenófoba, racista, misógina, propensa a la guerra y sin ningún tacto para la diplomacia-, en el discurso dio un giro lejos de los consejos de Steve Bannon, su principal asesor. (Vía: The Guardian)

Algo de lo que medios, analistas, políticos, comediantes y, bueno, todo mundo, se ha quejado sobre la administración Trump es lo difícil que es reportar sobre un presidente que puede estar tuiteando sobre ratings y a la media hora firmar una orden ejecutiva para borrar las leyes que protegen los ríos y mantos friáticos de los desechos industriales; que puede estar diciendo que “es la persona menos racista que hayas conocido en tu vida” y un minuto después, lanzar una generalización abiertamente racista; que puede tomar el escenario del principal grupo conservador y quejarse de la cobertura que hacen de él los medios y anunciar cortes presupuestales... Con tal inconsistencia y con una Casa Blanca de la que siempre salen “filtraciones” sobre el caos que ocurre dentro de ella, la “barra” a partir de la cual calificamos la actuación del presidente es muy baja: que diga una oración coherente, que no amenace con deportar a todo mundo, que tenga algo de sentido lo que dice y ya se le considera una actuación “presidenciable”. (Vía: New York Times)

La sesión de anoche, en la que se reúnen las dos cámaras legislativas estadounidenses para escuchar y responder al Presidente, es la inauguración de las sesiones ordinarias de ambas ramas. Por lo general, es un momento en el que el presidente en turno (más cuando es el primer año de su administración) traza el plan político-legislativo que su administración habrá de seguir; como tal, está lleno siempre de promesas que viene arrastrando de la campaña, de imágenes ideales y de la promesa de que, eventualmente, todo irá tomando forma. Trump -y esa fue la sorpresa- no fue la excepción.

Promesas de campaña (el muro, recortes de impuestos, “hacer grande a América otra vez”…) se mezclaron con una imagen idílica de lo que la administración Trump espera que se convierta el país en cuanto sus propuestas sean aprobadas por ese grupo de legisladores que, en ese momento, estaban reunidos en el Capitolio. Dentro de los discursos de Trump, éste no fue novedad, más allá de que logró dar su discurso con atención y sin “distraerse”. Varios medios, como VoxNew York Times y The Guardian han hecho una inspección pormenorizada de los “datos” utilizados por Trump, de lo imposible de muchas de sus promesas y de lo que no dijo: por ejemplo, no condenó abiertamente el incremento en amenazas antisemitas por todo EE.UU., ni el asesinato a sangre fría de dos personas de origen indio en Kansas City apenas la semana pasada.

Si algo es posible aprender de un Trump tranquilo y que “se mantiene en el mensaje”, es, como apunta Richard Wolffe para The Guardian, es la capacidad increíble del presidente de constantemente caer en contradicciones y recibir aplausos de su lado del Congreso; su capacidad de tomar una que otra cifra “real” (porque existe, pero no porque refleje nada sobre la realidad, así , descontextualizada y en pleno arranque retórico) y hacer malabares con ella; su resistencia estóica para permanecer en su lugar y no tuitear mientras que los demócratas se ríen de su intento de “drenar el pantano” de la corrupción en Washington mientras que él y su gabinete completo no han cumplido con las más mínimas pruebas de confianza. (Vía: The Guardian)

En México estamos acostumbrados a este tipo de discursos, que hablan de un futuro que siempre está llegando, pero siempre está lejos de nuestro alcance; de una clase política que no ve (porque ni lo vive ni le afecta) lo que para millones es la vida cotidiana; de incontables recursos que habrán de venir, de mejoras que habrán de hacerse, de…

Sin duda, la administración de Donald Trump será un cambio radical en el “orden mundial”, pero también sobre la forma como nos pensamos y nos entendemos quienes hemos estado siempre en la periferia del poder. Más allá del impacto económico que está provocando en su país; más allá del daño irreparable que podría ocasionar al medio ambiente; más allá de la amenaza constante de una guerra (como no veíamos desde los años 80, en el recrudecimiento de las tensiones de la Guerra Fría)… Más allá de todo eso, nos tiene que seguir preocupando Trump y tenemos que seguir prestándole atención, porque su estrategia fue efectiva para ganar unas elecciones que tenía en contra, porque quizá ya la clase política ha descubierto que el miedo al Otro gana votos, y ese otro, en nuestro país, son los migrantes centroamericanos, las comunidades indígenas y, sobre todos, el impacto sangriento que tiene el narcotráfico en la vida cotidiana de millones.

Y ese Otro podríamos ser nosotros.

 

Publicidad