Trump, Clinton, Obama: discursos de victoria y aceptación

Tres discursos son tradicionales después de una elección estadounidense: los de los candidatos y el del presidente en funciones. Aún cuando las elecciones sacuden todas las certezas, aún cuando las campañas rompen todas las tradiciones “no dichas”, la aceptación del resultado y la certeza de que la transmisión de poder será fluida son elementos dentro de la normalidad democrática estadounidense que no pueden dejarse de lado.

Muchas veces, estos tres discursos son obviados, ya sea porque son demasiado formuláicos, ya sea porque no dicen nada más que lo que se esperaría. Pero ésta no fue una elección normal y, por tanto, estos no fueron discursos “normales”: se puso mucha, toda la atención a lo que Trump, Clinton y Obama tuvieron que decir. Entonces, hay que empezar el análisis.

El primero en hacer una conferencia a medios fue Donald Trump y su discurso no fue reflejo de su campaña, guiada desde su inicio por comentarios discreta o abiertamente racistas: en un tono casi conversacional (algo poco común en estos discursos), el ahora presidente electo sorprendió al reconocer el trabajo “por el país” de Hillary Clinton, al llamar a la unidad y a “sanar la separación” que esta campaña electoral ha “generado” en el país.

“Sorprendió”, principalmente, porque incluso el lunes antes de las elecciones insistía en que, al llegar a la presidencia, buscaría reiniciar la investigación contra “la candidata más corrupta de la historia” para poder encarcelarla; “sorprendió” porque a lo largo de estos dieciocho meses de campaña, el eje del discurso de Trump ha sido un distanciamiento de las minorías y el reconocimiento de que existe un “ellos” y un “nosotros” en constante lucha por la idea de Estados Unidos. El nacionalismo rampante de Trump había sido, para todos los analistas, una de las debilidades de su campaña, pues podría alejar a los votantes indecisos, al mismo tiempo que fomentaría la radicalización de sus simpatizantes.

Trump dijo que su candidatura, más que una campaña fue un movimiento político masivo, apoyado por estadounidenses de “todas las razas, todos los contextos y creencias”, más allá de que cientos de horas de grabación demuestran que no fue lo que ocurrió (hasta el momento, todo apunta que el grueso del voto del republicano fue la mayoría blanca rural, más que la multiculturalidad de las ciudades), esta declaración es un giro discursivo: apropiarse de la lógica del trabajo comunitario y casi horizontal de los movimiento sociales de base que, por ejemplo, apoyaron al demócrata Bernie Sanders.

En un discurso de casi quince minutos, Trump abordó también los mercados (que despertaron con caídas enormes) y sugirió una política exterior que dependerá de acuerdos mutuos, más que decisiones unilaterales, como también había insistido durante su campaña.

Cerró su discurso agradeciendo a todo su staff de campaña, a su familia y a su compañero, el vicepresidente electo, Mike Pence. Cerró con un tono optimista, también otro quiebre con la tradición republicana, asegurando que quienes votaron por él “estarán orgullosos” de su trabajo como presidente. (vía: The Guardian)

Hillary Clinton, por su parte, después de retrasar su discurso una hora después de lo que estaba agendado, apareció en un hotel en Manhattan. Acompañada de su esposo, el expresidente Bill Clinton, y su compañero de campaña, el senador por Virginia Tim Kaine, Hillary Rodham Clinton apareció con un traje con detalles morados -que no es sólo una elección de estilo: el morado es la suma de rojo, color que representa al partido republicano, y el azul, color demócrata-, y pronunció un discurso que, mientras reconoció la derrota, buscó la forma de no ceder ante la decepción.

Medido y conciliador, el discurso de Clinton tampoco perdió la oportunidad de lanzar varias indirectas al tono con el que su contrincante dirigió su campaña completa, al insistir que la defensa de la libertad de opinión, de prensa y de religión tienen que ser la guía “como entendemos nuestro país”, así como la igualdad ante la ley y  la participación activa en la política, no sólo en las elecciones, tiene que ser, a partir de ese momento, una exigencia individual y colectiva. Casi como un guiño, Clinton dijo a los asistentes a su discurso que ellos son “la mejor parte de América”, reafirmando algo que ya había comentado con anterioridad: que más de la mitad de los electores de Trump podrían ser colocados en una “canasta de deplorables“.

La candidata hizo referencia, como ha sido una constante en su campaña, al “techo de cristal” que “no pudo romperse”, pero que quizá pronto e incluso antes de lo que esperaría cualquiera podría venirse abajo. La posibilidad de una mujer ocupando la presidencia de Estados Unidos, dijo Clinton, dio esperanzas a muchas mujeres a todo lo largo de estratos y contextos raciales y económicos (tal como, hasta ahora, lo demuestra la estadística de votación), por lo que llamó a todas las mujeres estadounidenses a no perder la esperanza, y a todas las niñas a seguir luchando por sus sueños.

Visiblemente afectada, Clinton hizo uso de su experiencia, de su conocimiento amplio del público al que le ha hablado toda su campaña y de su base electoral para ofrecer un discurso que, si bien no fue la contraposición del de Trump (por el sorpresivo tono conciliador del del republicano), lanza un camino posible para construir la oposición frente a la presidencia republicana.

Por último, el actual presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, pronunció su discurso en el que reportó que se inició ya el contacto con el equipo de transición de Trump para facilitar un traspaso de poder sin problemas. Dada la historia de conflicto que existe entre los dos personajes (por ejemplo, la polémica racista que iniciara Trump respecto al lugar de nacimiento de Obama), el presidente reconoció su existencia, pero dijo que, tal como ocurrió cuando George W. Bush cedió el poder aún con las diferencias personales entre ellos, así lo hará él.

En un tono semejante al de Clinton, Barack Obama se dirigió particularmente a quienes votaron por el partido demócrata, a los jóvenes que por primera vez se involucraron en el proceso político y que se enfrentan, ahora, a un resultado adverso. Les pidió no caer en la desesperanza, no caer, tampoco, en el cinismo, porque es el trabajo cotidiano, las pequeñas acciones las que en conjunto pueden cambiar el rumbo del país.

Los resultados de esta elección son no sólo sorpresivos, sino que, también, enfrentan a un país completo en una lucha postelectoral que, si bien se moverá por caminos diferentes a los que estamos acostumbrados en este país, podría empezar a lanzar preguntas difíciles de responder para el actual sistema político-electoral estadounidense.