El temor a la migración no es exclusivo de EE.UU.: Argentina y su reforma migratoria

Estados Unidos no es el único país del continente americano fundando por migrantes, que se ha nutrido cultural, política y comercialmente de la migración o que debe a las travesías (y el exilio por hambre o guerra) de millones de sus ciudadanos el crecimiento de su sociedad. Argentina, en el extremo sur de América, también es un país migrante y es plenamente consciente de ello: en el preámbulo de su Constitución de 1853, asegura que el fin último de la República Argentina es “asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Es, por lo mismo, el país con más extranjeros de América Latina. (Vía: El País)

Esto no significa que la migración sea recibida sin roces o sin conflictos. Tras cada ola migratoria (de países europeos durante la segunda mitad del siglo XIX, asiáticos en la segunda del XX y el constante flujo de migrantes latinoamericanos a lo largo de su historia), la misma identidad argentina ha ido teniendo que adaptarse al cambio, confrontarlo a veces, o, como está ocurriendo en estos momentos que hay una ola de violencia en el país, temerlo.

Donald Trump no es el único político que ha relacionado directamente la delincuencia con la migración: desde el alcalde de Tapachula, Chia., hasta la ministra de defensa de Argentina, hay un juego retórico al hacerlo: si se puede señalar a alguien por los problemas profundos -sistémicos y complejos- de una sociedad, aquel señalado es el único responsable y, al extraerlo, al sacarlo del “cuerpo sano” de la sociedad, todo volverá a funcionar correctamente. El migrante, entonces, se convierte en el chivo expiatorio perfecto: alejado de una red de solidaridad que lo pueda apoyar frente al abuso de poder o que proteja sus derechos frente al linchamiento mediático y político (pues su misma condición de migrante le “prohíbe” participar en el diálogo “cívico”), hay, prácticamente, toda libertad para convertir su mera presencia en crimen o, por lo menos, en una sospecha constante.

A principios de este año, el presidente de Argentina, Mauricio Macri, lanzó una reforma migratoria que, entre otras cosas, facilita la deportación exprés de migrantes con antecedentes penales, instituye un sistema de Información Anticipada de Pasajeros (API, por sus siglas en inglés), en el que las aerolíneas entregan la información personal de sus pasajeros antes de que éstos arriben a los aeropuertos argentinos, y busca hacer asequible para los puestos fronterizos información biométrica de la INTERPOL para asegurar que ningún extranjero que entre “tenga antecedentes penales”. (Vía: Agencia EFE)

Cuando una reforma como ésta es lanzada en pleno ataque de Donald Trump contra la migración latinoamericana y musulmana; cuando esta reforma busca cercar a un país latinoamericano de otros países latinoamericanos y, al mismo tiempo, los presidentes de México y Argentina (ambos derechistas declarados) hablan de “cooperación internacional”, pareciera que están argumentando desde la contradicción, y sí. Pero, también, parte de la forma como pensamos la migración: el migrante es, automáticamente sospechoso, no por su condición de precariedad, sino por su clase y su raza; aún si son salvadoreños buscando asilo político -las solicitudes de éste se han incrementado en un 9000% por ciento en los últimos años-, aún si conocemos los peligros que implica cruzar nuestro país para llegar a los Estados Unidos, o atravesar el Paraná, todos reciben la misma mirada de sospecha, como lo evidencia con su declaración la ministra argentina de Seguridad, Patricia Bullrich:

“Acá vienen ciudadanos peruanos y paraguayos y se terminan matando por el control de la droga. Muchos paraguayos, bolivianos y peruanos se comprometen tanto sea como capitalistas o como mulas, como choferes o como parte de una cadena en los temas de narcotráfico” (Vía: El País)

Hay muros, ya, en la frontera entre México y Guatemala, en una pequeña sección en la frontera entre Argentina y Bolivia. En una región completa del continente americano que se ha construido gracias y a partir del conflicto constante entre migración y comunidades originarias, ¿no es éste un momento urgente para preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de “migración”?