Sólo con tatuaje como evidencia, Marina torturó y acusó de sicario a joven de 19

En septiembre de 2012, la Marina presumió ante las cámaras la captura de Iván Velázquez Caballero, conocido como el Z-50. Lo habían traído de San Luis Potosí y al bajar de la avioneta en la cual fue trasladado a la Ciudad de México, lo presentaron con sus dos presuntos guardaespaldas. Uno de ellos era Carlos, de 19 años, quien horas antes estaba comiendo pollo con un amigo y se disponía a ir a la escuela.

Carlos, señala Animal Político, fue acusado por delitos contra la salud, en su modalidad de portación de mariguana, y portación de armas y cartuchos de uso oficial. Ambas imputaciones son del fuero federal. Pero a la hora en la que bajó del avión, todavía no era acusado de nada, sólo era uno de los sicarios de Z-50.

Según la Marina, cuando fue capturado, tenía en su posesión una pistola calibre 9mm y se la entregó a los efectivos de la dependencia de manera voluntaria cuando fue capturado, indica la CNDH según el medio. Pero las investigaciones de la Procuraduría General de la República (PGR) concluyeron que esa arma no tenía las huellas dactilares del joven.

Después de ser presentado ante las cámaras, detalla Animal Político, Carlos fue retenido 14 horas más antes de que fuera entregado al Ministerio Público. La versión de la Marina apunta a que ese tiempo fue dedicado al traslado, sin embargo, la CNDH señala que tras aplicar el Protocolo de Estambul, se determinó que Carlos fue torturado durante unas 17 horas (tres antes de llegar a la Ciudad de México y luego las otras 14 horas).

La versión de Carlos, quien lleva más de cinco años en la cárcel, señala algo distinto a la versión oficial.

“Me encontraba en el domicilio de mi abuelita, con mi hermana (y) como a las cinco y media de la tarde salí con rumbo a la (avenida) Himno Nacional a verme con mi amigo, porque lo iba a llevar a la escuela donde yo estudiaba”, señala sobre el día en que los marinos lo habrían levantado.

Después de reunirse con su amigo, fue a comer pollo. Ahí, según el relato de Carlos,”entraron unos soldados, revisando al personal, y a mí se aproximó un oficial o soldado, me sacó del negocio”. Afuera del inmueble, vieron que tenía un tatuaje, le dijeron que era escoria, un malandrín, lo esposaron por la espalda y le taparon los ojos con un “trapo o algo”.

Patadas en el estómago, rodillazos en la espalda y pisotones en los tobillos son algunas de las agresiones que le hicieron. Todo el tiempo tenía los ojos tapados. Además, lo amenazaban con un cuchillo y le pegaban con algo “muy duro”. Si perdía la consciencia, lo despertaban con más golpes.

La CNDH determinó que tanto la droga como el arma fueron sembradas. Según la Marina, tenía en su posesión 12 kilos de marihuana.

La Comisión señala que no está facultada para determinar si Carlos es culpable de los crímenes por los que es acusado, sin embargo, sí certifica que el joven vio sus derechos violados a partir de la tortura por parte de los elementos de la Marina.

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