Y ya que hablamos de Anaya: ¿qués está mal con esta foto?

El fin de semana, Ricardo Anaya acompañó a Miguel Ángel Yunes en su campaña para ser gobernador del Estado. Aunque el acto fue como cualquier otro, una foto terminó por ser tema de conversación.

Ante los cientos de cámaras de medios y las miles de los asistentes, es difícil que algo escape de la mirada. Sin embargo, esto mismo nos hace ignorar ciertas coas que están presentes y se diluyen ante el poder omnipresente de una selfie.

En este acto, Anaya se comprometió a regresar la paz y la seguridad a Veracruz, que ha estado marcado por la lucha entre cárteles de narcotráfico y los actos de corrupción de Javier Duarte, que aún se sienten en el ánimo popular.

“Vamos a recuperar la paz y la tranquilidad en Veracruz. Ese es principal compromiso, Miguel Ángel Yunes (Márquez) y yo, recuperaremos la paz como ya lo está haciendo en este arranque del cambio el gobernador del estado”. (Vía: El Financiero)

El evento tuvo refrigeradores con alimentos y bebidas para los asistentes; se cerraron varias calles y se colocaron alrededor de 10 mil sillas (se desconoce si se ocuparon todas). La mayoría de las personas estaban uniformadas con propaganda del Frente por México y todo fue registrado por drones y cámaras para dejar constancia de que sí tienen ese apoyo.

Sin embargo, el video promocional y cada foto de Anaya o Yunes en el templete, batiendo fervientemente su puño, quedó de lado al llegar a la foto que compartió José Merino en Twitter.

Queda de manifiesto, sí: que la foto no tenía esa lectura que le dio él, que no fue tomada tampoco buscando mostrar eso y que el contexto es complejo, porque hablamos de una imagen fija que solo nos muestra ese instante, pero la lectura que propone Merino es necesaria.

Es un hecho que los actos públicos de las campañas electorales despiertan este tipo de postales siempre. El servilismo y la imagen que se le ha dado a las figuras de funcionarios públicos siempre ha sido de héroes, salvadores de diferentes causas.

Desde la guerra de Independencia, la creación de figuras míticas ha sido utilizada como una moneda de cambio para ofrecer a los ciudadanos. Una que dejará en ellos la idea de que necesitan de ese personaje, vivo o muerto, para corregir su camino, tal como lo explica Enrique Plascencia de la Parra:

“La imagen del héroe que entrega la vida a su pueblo cumple una necesidad importante, pues da cohesión a un grupo social: una tribu, una aldea,un grupo étnico o una nación. La creación o valoración de figuras heroicas sirve al poder en turno, porque infunde entre los pueblos no sólo respeto y amor a la patria, sino también —y más importante aún—, rechazo hacia cualquier conducta que atente contra la unidad”

La fotografía de Anaya no solo entrega una postal de desigualdad que se puede ir por lo obvio: la clase política arriba, la ciudadanía debajo. Es también muestra de ese ideario, en el que los partidos se adueñaron de la forma heroica de sus figuras pasadas para cubrirse con ello.

Anaya es cargado en hombros, como un torero al final de su función, o como Messi después de anotar un gol de cabeza en la final de la Champions League. No importa el contexto, importa el final: va encima, porque salvó de algo a quienes lo cargan: de la barbarie y la muerte, en el caso del torero, del desprestigio y la derrota con Messi.

La cabeza agachada es solo una feliz coincidencia para cerrar ese círculo heroico sobre el que descansa Anaya: es el enemigo de López Obrador, alguien que se identifica como un “salvador” de la Mafia del Poder, y que bien recibe besos en la mano, que pueden ser la misma conclusión que ser cargado en hombros, aunque con otra carga mítica.

Esa misma aparente mafia es encabezada por sus detractores. Todo es un juego de símbolos, en el que todos son los buenos y todos son los malos. Todas las figuras que aparecen ahí cumplen la función heroica, sea cual sea su tipo de héroe y enemigo; mientras, los representados los cargan, los besan, los llevan al punto de la confrontación, siendo ellos su armada, buscando una unidad que se diluye cuando el INE entrega resultados.