Óscares 2017: porque pasó mucho más que un sobre equivocado

Cada año, la entrega de los premios de la Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de los Estados Unidos, los Óscares, se convierte en el centro de miles de artículos, comentarios y análisis: desde qué diseñador usaron las actrices y actores, hasta cuál es el porcentaje de representación racial en los nominados, hasta los discursos de aceptación, las rutinas cómicas de los presentadores, todo se discute, todos tienen una opinión. Los Óscares siempre han sido, también, un espacio donde las “celebridades”, al mismo tiempo centrales para el “star-system” hollywoodense y mero engrane de su maquinaria, pueden llamar la atención de millones respecto a asuntos políticos, donde se puede enviar un mensaje, aunque sea en un discurso de no más de 90 segundos, de solidaridad, de crítica, de duda…

Desde la ceremonia en la que se anunciaron a los nominados de todas las categorías, varias cosas quedaron claras: esta entrega, particularmente, estaría marcada por una serie de posicionamientos políticos contra la presidencia de Donald Trump, además de que por fin, tras dos años de fallos constantes respecto a una representación equitativa, la Academia consideró a actores, actrices, productores y directores afroamericanos (lo que traería, inevitablemente, una discusión en redes y en medios sobre “acción afirmativa”, racismo y la vigencia o caducidad del mismo). Esta sería una noche particularmente extraña, en la que una película, que reunía todo lo que buscaba una “vieja escuela” de la crítica cinematográfica, se enfrentó a una muy diversa selección de historias cargadas de luchas políticas.

Los posicionamientos ocurrieron antes, incluso, de que comenzara la ceremonia: actrices usando vestidos diseñados y confeccionados por estudios libaneses, sirios e iraníes, broches en apoyo a la asociación en apoyo de la salud reproductiva Planned Parenthood y a favor de la Asociación Americana de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), y varios hashtags en Twitter tomando fuerza alrededor de las preguntas que la prensa de espectáculos hace a las mujeres, como #AskHerMore. (Vía: Washington Post)

Han sido tantos grupos diferentes los que las políticas y comentarios de Trump y su equipo han ofendido, atacado o discriminado contra, que la noche del domingo cada uno tuvo un momento para atacar de vuelta. Sin embargo, fuera de las bromas del presentador, Jimmy Kimmel, el nombre de Donald Trump nunca fue mencionado y fueron los ofendidos, los exiliados, los atacados los que formaron el eje principal de los discursos y los nombramientos: desde los ganadores por mejor guión adaptado, Barry Jenkins y Tarell Alvin McCraney, hasta el ganador por mejor película extranjera, el iraní Asghar Farhadi, que no pudo asistir por el bloqueo que firmara Trump a siete países de mayoría musulmana, pero envió una carta en representación. (Vía: Vox)

La industria cinematográfica estadounidense está tan cargada de problemas internos como la misma sociedad que la alimenta y consume. La élite que año con año se da cita en el teatro Kodak de Los Ángeles, Ca.,  al mismo tiempo es abiertamente liberal, pero repite muchos de los patrones que consistentemente critica fuera de sí: el racismo y la misoginia encuentran formas de estar siempre presentes porque, finalmente, son también la base de la sociedad estadounidense completa.

Que, hasta esta edición de la entrega se galardonara a un actor musulmán, Mahershala Ali, o que tres películas con un reparto mayoritariamente afroestadounidense estuvieran nominadas como mejor película del año es, sí, un avance, pero también una señal inevitable del retraso en representar otras experiencias. Como apunta Iljeoma Oluo, para IndieWire, la crisis de “diversidad” por la que atravesó Hollywood y la Academia durante 2015 y 2016 no se soluciona con unos cuantos votos afroamericanos, más cuando, hoy, la lucha porque la sociedad estadounidense se reconozca tan variada como en realidad es: cuando la comunidad hispanoamericana y asiático-americana, indígena americana y pacífico americana no suman juntas más del 5% de los personajes representados en 2016, la pregunta sobre qué hace más diverso al cine estadounidense tendría que responderse desde múltiples frentes. (Vía: IndieWire)

Otro problema, mucho más persistente y “común”, son las acusaciones de acoso y agresiones sexuales en la industria. Actores y directores de la talla de Roman Polanski, Woody Allen y Alfred Hitchcock han sido acusados por agredir a alguna actriz o algún miembro del “staff” de producción, y esas acusaciones son constantemente ignoradas por la prensa, hasta que se tornan penales, como ocurriera con Polanski. El ganador del Óscar de este año a mejor actor, Casey Affleck, hermano menor de Ben Affleck, fue denunciado en dos ocasiones por dos miembros del staff de su película I’m Still Here, de 2010; estas acusaciones se resolvieron fuera de corte y han sido despreciadas por buena parte de la prensa especialista en Hollywood. (Vía: The Guardian)

Cuando el que ocupa la presidencia es un personaje que, en público, ha presumido su misoginia y su xenofobia, cuando las políticas a las que esta “élite” son una versión sin límites y desaforada de sus propias “normas de convivencia”, cuando los ojos de millones y la forma como millones pensamos y construimos la imagen del Otro a partir de sus representaciones, ¿no debería de urgir una profunda revisión autocrítica de sus mismos procesos?

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