Con Obamacare en riesgo, 20 millones podrían quedar sin servicios médicos

El sistema de salud de los Estados Unidos es bastante diferente al mexicano: en EE.UU. no hay un “seguro universal” (como es el caso canadiense) o un “seguro de los trabajadores”, como los que en México proveen el Seguro Popular, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) -productos éstos de luchas obreras y laborales durante todo el siglo XX-; en nuestro país vecino, cada trabajador tiene que costear, a partir de su salario, el seguro médico que pueda, con las restricciones y condiciones que muchos ejercen: algunos no cubren condiciones preexistentes o enfermedades crónicas, por ejemplo; por ello, la existencia (aún) de Obamacare es tan importante para millones de estadounidenses.

Una lucha constante de los trabajadores de menores ingresos en los Estados Unidos ha sido, justamente, que el Estado garantice un seguro médico asequible dentro de su poder adquisitivo y que cubra muchas de las enfermedades que son, ahora, epidémicas, como la obesidad, las enfermedades cardiovasculares o la diabetes. En marzo de 2010, Barack Obama firmó una ley que, en buena medida, fue el culmen de una lucha que, desde los años 40, mantenían las alas progresistas de la política estadounidense: el Acta de Cuidado Asequible (ACA, por sus siglas en inglés) comenzó, entonces, una pelea por sí misma para convertirse en una realidad. (Vía: Hufftington Post)

No fue sino hasta octubre de 2013, después de una dictaminación de la Suprema Corte, que millones de estadounidenses de bajos ingresos pudieron accesar al sistema de salud. Si bien el acta y su ejecución ha tenido una larga serie de problemas que levantan, incluso, la pregunta sobre su supervivencia dentro de un sistema de salud regulado por el mercado, como apunta Benjamin Day para Jacobin, el gran número de asegurados gracias a la ACA podría hacer parecer que dar vuelta atrás no sólo traería un costo político insalvable, sino que podría generar un resentimiento social que, en un país ya dividido en tantos niveles como lo es el Estados Unidos actual, sería peligroso.

Los 20 millones de asegurados no han impedido que el partido republicano tenga entre sus principales prioridades desarticular la ACA, para lo que ya han tomado los primeros pasos antes, incluso, que el nuevo presidente tome posesión. Durante la campaña presidencial, el ahora presidente electo, Donald Trump, dejó claro que, dado que Obamacare (como se le conoce popularmente a la ACA) es “un completo desastre”, había que remplazarlo por algo que “sí sirviera”. En su plataforma de políticas, aún hoy, hay un borrador que parece tomado directamente de los planes republicanos y, cuando era entrevistado, por lo general no daba más que respuestas tangenciales como las que han hecho famoso el “estilo” del presidente electo: un “plan increíble”, “que va a funcionar mucho mejor”… (Vía: Hufftington Post)

Ante los primeros movimientos de los republicanos, varias asociaciones civiles, apoyadas por senadores y representantes como Bernie Sanders y Elizabeth Warren, organizaron el domingo una serie de marchas y protestas en más de cien ciudades de los Estados Unidos: la ACA, dicen, no sólo es un tema de “gasto público”, sino que, para muchos, ha significado la posibilidad de seguir vivos gracias a análisis, tratamientos médicos o cuidados que no podrían costearse sin un seguro médico asequible. (Vía: Associated Press)

El pasado domingo, el Washington Post logró una entrevista con quien, en menos de cinco días, será el 45 presidente de los Estados Unidos. En ella, las respuestas que diera no sólo contradicen las políticas de sus compañeros republicanos (incluso las declaraciones y ejercicio de gobierno de quien será su vicepresidente: Mike Pence), sino su propia plataforma de campaña: desarticular Obamacare para “darle seguro a todos”. Si bien, como es costumbre para Trump, no desarrolló nunca cómo es que se lograría eso y, también como es costumbre con él, declaraciones como ésta podrían no ser tomadas como políticas serias, el mero anuncio de un plan de salud como el que menciona no sólo ampliaría el alcance actual de la ACA, sino que la pondría en sintonía con las políticas sociales no de los republicanos ni de los demócratas moderados, sino con las de Bernie Sanders. (Vía: Reuters)

No sólo eso, Trump también comentó al Washington Post que “hablará directamente” con las compañías farmacéuticas porque “[son] un desastre” los precios que manejan para el público y que buena parte de su producción no ocurra dentro de los Estados Unidos. Estas compañías por años han sido vinculadas al bloqueo de decenas de propuestas de ley para regularlas: desde cómo se publicitan hasta los precios que manejan para sus medicamentos. Si por “hablar directamente” Trump se refiere a tuitear sobre ellas y amenazarlas, como ha ocurrido con las compañías automotrices en últimas semanas, el público estadounidense tendrá que esperar para enterarse qué fue lo que, debajo del revuelo causado por el tuit, prometió, regaló o entregó el presidente electo (como ocurrió ya con la compañía Carrier). (Vía: Washington Post)

Con la moneda al aire y sin una respuesta clara por ninguna de las partes involucradas, pareciera que lo que le espera a los Estados Unidos después del 20 de enero no es otra cosa más que incertidumbre: sobre su economía, sobre su propia salud, sobre la integridad física de las minorías, sobre el día a día.