Así llegó Mireles al Instituto de Cardiología

Es paradójico que el corazón de Mireles se subleve en su contra, cuando él se hizo famoso por sublevarse.

“¡Los familiares de Enrique Pérez Sotelo!” grita un doctor, y una mujer se acerca a recibir noticias, quizá su hija o su esposa; algo no salió bien. En la sala de urgencias del Instituto Nacional de Cardiología, dos doctores comentan:

-¿De dónde dicen qué viene?

-De Michoacán, creo.

Por lo que se alcanza a escuchar en la radio de la vigilante de la sala, está por llegar un helicóptero proveniente del estado de Michoacán y hay que estar alerta.

Pero son más de 20 personas que llevan días, algunos meses,  al pendiente de que sus familiares mejoren. En sus rostros hay poco espacio para la sonrisa y todos buscan permanecer despiertos o dormitan sentados porque un letrero prohíbe recostarse en las bancas de la sala de espera. Otros deambulan, otros contienen las lágrimas y a todas horas desconocidos comienzan una conversación: “Dicen los doctores que es un milagro, que no saben cómo mi papá ha sobrevivido usando sólo el 8% de su corazón, ya está grande, tiene 83 años, pero ahora sí que sólo Dios sabe”.

En tanto, prefiero esperar en las sillas que están frente al ascensor, sólo una puerta que siempre permanece abierta me separa de la sala de espera. El cansancio se recrudece cuando estás dentro de esa sala porque aún cuando esté pintada de blanco y algunas plantas artificiales den un poco de vida, la sensación fronteriza y vulnerable entre quienes están a la espera de noticias sobre la salud de su familiar, te consume.

Los mismos dos doctores se sientan a mi lado, probablamente está por llegar el helicóptero y hay que estar preparados.

-Mire doctor, es éste.

-Aaah creo que sí lo he visto en las noticias. Pero entonces es de los buenos, ¿no?

-Sí, doctor, sacó a los templarios de Michoacán…

José Manuel Mireles Valverde, ‘quien cambió el consultorio por el campo de batalla’, fundador del Movimiento de Autodefensas en Michoacán, se levantó en armas el 24 de febrero del 2013. En dos años supervisó el embarazo de casi 2oo niñas que fueron violadas al ser levantadas por integrantes del cártel. Él mismo fue levantado en junio del 2011 y liberado tras pagar un rescate de siete millones de pesos, también secuestraron a su hermana mayor y a la menor. A su sobrino, pese a que se pagó su rescate, nunca lo entregaron sólo dijeron que si seguían chingando le matarían otro familiar.

Por el radio de la vigilante se escucha que el helicóptero está cerca y veo a dos vigilantes echarse unas”carreritas” por las escaleras, los doctores usan el elevador y después de unos segundos se escuchan las hélices que rompen el viento y por la ventana los árboles se agitan. Mireles está por llegar.

Se abren las puertas del elevador, dos pilotos llevan semirecostado con el pecho descubierto y conectado a un electrocardiograma, al doctor José Manuel Mireles. Trae una suerte de sonrisa en su rostro y una mirada de tranquilidad, al rededor ya no hay aspaviento, sólo fragilidad. Al parecer una arritmia y dolor en el pecho fue el motivo de su traslado, además de 3 infartos que ha padecido su corazón.

-¿Sólo usted lo acompaña?

-Sí, sólo yo.

Una mujer con dos maletas va tras la camilla que es empujada por dos pilotos. Nadie más. En menos de tres segundos, el doctor Mireles quedó en manos de por lo menos cuatro doctores. Su corazón, ése que no fue detenido por una bala, ése que tuvo que hacerse fuerte para tomar las armas, se subleva y quiere ir a otra velocidad, a otro ritmo.

No hubo tiempo para acercarse o tomar una fotografía, sólo para intercambiar una mirada. Lo vi fuerte, decido a dar una batalla más.

 

“¡Familiares de Angélica López!” La sala continuó con la atmósfera de la espera. Nadie, salvo yo, había notado que aparte del estruendoso ruido del helicóptero, que ya despega de regreso, el hombre que acababa de llegar representa el trabajo que no logró hacer el estado, el de brindar la protección a los pobladores de Tierra Caliente, pero en realidad representa la defensa de la vida de un país.

Minutos después, otra vez los radios: “Planta baja, ¿me copia?, primer piso, ¿me copia?, segundo piso… Por cuestiones de seguridad vamos a ponerle una clave al paciente del helicóptero.”

Para ingresar al área de urgencias del hospital sólo necesitas una pequeña tarjeta color azul en donde está el nombre de tu familiar. No permiten ingresar comida y tampoco cobijas y los vigilantes no revisan tu bolso o mochila.

Entonces, la vigilante del segundo piso anunció que a partir de esa noche, sólo permitiría quedarse a un familiar en la sala. Usualmente se quedan dos o tres, depende mucho de si el paciente está muy grave o necesita cuidados especiales, una mujer me cuenta, mientras las personas se acercan a la vigilante para pedir que se haga una excepción, que en su situación se necesitan dos personas pues si requieren un medicamento que no tenga el hospital, “en lo que yo cuido a mi madre, mi hija busca la medicina en otras farmacias”.

Le parece injusto que ahora sólo permitan una persona; el peligro que corre su madre le angustia. “Son órdenes de arriba”, se excusa la vigilante, quien no ha permitido que permanezcan madre e hija, así que necesitan tomar una decisión.

Alcanzo a ver a la mujer que acompaña al doctor Mireles hablando por teléfono. Pienso si es oportuno acercarme y realizar una entrevista, tener la exclusiva. Y cuando veo que termina su llamada me dirijo hacia ella y es en ese momento un hombre, que esperaba a ser ingresado, se desvanece y alguien más pide auxilio a gritos.

La vigilante se impacienta aún más ante la insistencia casi con lagrimas de algunos familiares, el tono de voz sube, el hombre ha sido levantado y puesto en una camilla y estoy a un costado de la mujer que podría darme datos precisos sobre la salud del doctor Mireles, pero en el segundo en el que nuestras miradas se cruzan, un poco espantadas y algo confundidas, lo único que sale de mi boca es “fuerza para el doctor Mireles”.

“Gracias”, me contesta.

No sé si por temor o por nervios la mujer vuelve a entrar al mismo lugar en donde las personas que tiene un corazón frágil o muy grande se resisten a morir.

Afuera del hospital algunos familiares discuten sobre quién hará guardia esta noche y otras apenas se topan con la sorpresa de que ya no podrán ingresar a la sala de urgencias. Se refuerzan las inspecciones, los torniquetes de entrada han sido bloqueados, ahora es necesario ingresar por la caseta de vigilancia.

No hay prensa, ni patrullas, sólo una minivan con los logotipos de una funeraria, que reparte café y pan gratis.

Hebzoariba Hernández Gómez

 

Publicidad