La Unión Europea peligra ante nacionalismos

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“Una visión también puede convertirse en realidad. El 24 de julio de 1817, Krause advertía a sus compatriotas: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu compatriota en el nivel superior más próximo”. Cierto, ha tardado mucho tiempo la unificación europea, pero desde 1976 los Pirineos ya no son una barrera. España está tan cerca de los alemanes como Francia e Italia, y nosotros de los españoles. Está sobre la mesa una Constitución para la Europea común. El proyecto no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales. Y tampoco la carga de profundidad atlántica de una guerra contraria al Derecho Internacional puede separar de nuevo a la nueva España democrática de la “vieja” Europa. En este país vital se ha formado en pocos años una sociedad moderna. Las instituciones liberales constituyen un marco en el que es posible solucionar todos los problemas sin violencia y, ante todo, sin violencia terrorista.”

Jürgen Habermas, La Europa común.

Parece que ese sueño de integración social, cultural, política y económica que era la Unión Europea cada vez más se desvanece,  el discurso pronunciado hace más de diez años por el sociólogo alemán Jürgen Habermas durante la entrega del Premio Príncipe de Asturias parece ahora una quimera. El optimismo sobre la integración y la posibilidad de “diálogo racional” entre estados nación mediante una supra democracia parecía un logro civilizatorio y un ejemplo a seguir, ya que en parte representaba la superación de diferencias históricas entre distintos pueblos; en otras palabras la Unión Europea representaba la conformación de una gran comunidad, de un gran bloque de estados que poco a poco irían diluyendo las fronteras, parecía ser el fin de los nacionalismos como movimientos políticos.

Nada más equivocado, la Europa de hoy se parece cada vez más a la de 1914, los nacionalismos se están volviendo los movimientos políticos triunfantes, así como a principios del siglo XX los nacionalismos triunfaron sobre los movimientos obreros de corte internacional, en donde fue más fuerte el principio de nacionalidad sobre el de clase; hoy vemos que ese espíritu nacionalista se sobrepone al del liberalismo, debilitando las instituciones democráticas y ese ideal de integración supranacional y de asimilación cultural. Pero ahora el nacionalismo no marcha a la guerra, simplemente se repliega ante sí mismo, hacia los principios de identidad, mediante la reconstrucción de estados fuertes que por un lado protejan las fronteras de los “otros”, visualizados como migrantes de culturas radicalmente distintas a las de la población nativa; y por otro lado reconstruyan un estado y una economía de bienestar destruida por la globalización y el libre mercado.

Es el terror al otro, visualizado como transgresor de la cultura y la economía, por tanto es también una negación a la transformación política y social de la nación. La salida de Reino Unido de la Unión Europea fue el primer síntoma de la enfermedad, y reveló que la enfermedad es grave, ya que, como señala Habermas, resulta paradójico que “el populismo ganaría al capitalismo en su país de origen. Dada la importancia vital del sector bancario para el Reino Unido, el poder de los medios y el peso político de la City (ciudad financiera de Londres), era poco probable que las cuestiones de identidad prevalecieran sobre los intereses.” (Vía: Observatorio Económico Latinoamericano)

Pero la salida de Reino Unido parece ser el preámbulo de lo que puede suceder, los movimientos nacionalistas van ganando fuerza en países como España, Francia, Italia, Holanda y Austria, sin mencionar los surgidos en Europa del este. En el caso de Italia, Francia y Holanda, se llevarán a cabo elecciones, en ellas los partidos nacionalistas se encuentran con probabilidades de ganar, y amenazan con plantear la salida de la comunidad europea.

Pero, ante esta problemática parece que no hay una reacción de las instituciones del bloque para combatir estos movimientos nacionalistas, parece ser que no se han dado cuenta que parte del descontento con la comunidad europea es la alta burocratización de las instituciones, las cuales proyectan lejanía con los intereses de la gente. Esto debido a que los acuerdos y los tratados se dan de manera bilateral entre estados, por lo que no intervienen cuestiones de política interior, de ahí que muchos sectores sociales perciban que la Unión Europea está debilitando a los estados nación y, por tanto, la injerencia de la ciudadanía en la toma de decisiones. (Vías: The New York Times, BBC)

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