“Aun con Trump, la vida sigue”: ser migrante, Dreamer y maestra hoy en Estados Unidos

Alejandra tenía 14 años cuando llegó a Tucson, Arizona, llegó junto con sus padres de Querétaro y, ella misma me lo dice, no sabe ya si es mexicana o estadounidense: creció en Arizona y sobrevivió la adolescencia en Arizona. Hacemos toda la entrevista en español, aunque puedo notar que muchas veces piensa en inglés y traduce lo que quiere decirme.

No tengo que decirle sobre qué quisiera que habláramos: ella es una beneficiaria del programa de Acción Diferida para los llegados en la Infancia (DACA), firmada por Barack Obama en 2012, y, con la última decisión de Donald Trump, puede perder los pocos derechos que tiene y convertirse, como diría Trump, en “otra inmigrante indocumentada más”.

Educación como activismo

Ale está profundamente relacionada con la educación y el cuidado de la salud: me explica cómo la comunidad latina que radica en Tucson, al no poder ir a doctores u hospitales de forma “legal”, tienden a depender de cuidados tradicionales y remedios caseros que, muchas veces, complican enfermedades que podían ser fácilmente tratables si fueran detectadas a tiempo.

Hablamos un poco de cómo es que se volcó al activismo, y rápidamente me corrige: lo que ella hace, más que activismo es educación. Da clases de inglés para adultos en El Río, una asociación pro-migrante, y acaba de ser admitida en la Universidad de Arizona para una maestría en Salud Pública.

Los salones, el diálogo y el trabajo colaborativo que siempre son las clases son , para ella, la forma más efectiva de cambiar las cosas, más allá de las manifestaciones y las mentadas de madre a Trump (que sí salieron un par a lo largo de la entrevista): es en lo cotidiano que se cambian mentes, que se construye comunidad y que se va bordando la resistencia; es en lo cotidiano desde donde la comunidad se defiende, desde su autonomía, desde su salud.

Crecer como “ilegal”

Los niños migrantes no crecen sabiéndose tales: van a la escuela como todos, crecen, juegan aprenden y socializan como todos, se gradúan de una escuela pública como muchos… pero no van a un hospital cuando alguien está enfermo, no tienen un seguro y en la casa siempre se actúa con extremo cuidado para no ser detenidos en la autopista por un foco fundido o una señal de tránsito que se evitó.

Saberse indocumentado es, más bien, una toma de consciencia tanto como definir una vocación profesional, pero con apuestas mucho más altas que haberse equivocado un par de años en la universidad: es cobrar consciencia de todos los pequeños gestos y de los enormes obstáculos que se pusieron en el camino y se siguen poniendo (como, por ejemplo, pagar tres veces más por la universidad y, aun siendo beneficiario de DACA no contar con ninguna red de seguridad social que los detenga en una caída).

Ni la policía, ni la seguridad social ni el sistema de hospitales de una de las principales ciudades del suroeste están abiertas para quien entró “ilegalmente” a los Estados Unidos, a pesar de que su trabajo y sus impuestos, pagados a tiempo y constantemente deberían de darles el derecho a ello.

Ale continuamente menciona a su familia, a sus hermanos y a la familia que ellos mismos han formado en Arizona: en sus sobrinos que podrían quedarse sin padres si son deportados, a las familias a las que les da clases. Es el impacto humano (más allá del económico e incluso político) y no una agenda política la que hace que se le quiebre la voz, intento un chiste y continuamos con la entrevista.

Ser migrante en el mundo de Trump

La vida en Arizona no ha sido sencilla para Alejandra y su familia: el estado es conocido en todo el país como uno con “línea dura” contra la migración, incluso la legal. Más racista que otros estados famosos por su discriminación, como Texas o Nuevo México, ninguno de éstos aprobó una ley como la SB1070 y las acciones ilegales del sheriff Joe Arpaio, recientemente perdonado por Donald Trump.

Las leyes no se forman en el vacío: necesitan un discurso y un contexto, y la xenofobia que ha crecido en Arizona a partir de la crisis económica del 2008 y el creciente miedo al terrorismo después del ataque del 11 de septiembre del 2001, permitieron que leyes que consideran a cualquier persona morena o negra como sospechosa sólo por el color de piel, aparecieran y abrieron la puerta no sólo a los abusos racistas de Joe Arpaio, el discurso de Donald Trump y los ataques terroristas en otros estados.

La crecida del racismo en el estado provocó que la madre de Ale saliera a Utah, que su padre tuviera miedo de salir a la calle y, aún cuando ella y sus hermanos tenían la protección de DACA, saberse ajenos, “aliens” (como los llaman medios como Fox News o la cadena Sinclair).

Sin embargo, esa lejanía con su comunidad también se refleja cuando viajó a Querétaro para visitar a su familia luego de años de separación: ajena a ellos y a su comunidad en Tucson, su identidad y su trabajo político depende, entonces, de otra forma de pensarse mexico-americana, de otra forma de construirse como tucsoniana.

Una llamada de alarma

Esa otra forma parte de una esperanza sin optimismo: para Ale, la presencia de Trump tiene que ser una llamada de alerta para el congreso de Arizona, para la Cámara de Representantes y el Senado en Washington; DACA era una medida temporal, era una forma en la que, en necesidad, recurrió Obama por el bloqueo de los republicanos.

El discurso de Trump, las acciones legales de Trump y su ceguera, me dice, tienen que traer cosas buenas: tienen que ser un reflejo de la situación terrible que viven millones de migrantes, millones de mujeres y de millones que votan, que pagan impuestos y que luchan día a día para construir una mejor sociedad.

Porque, al final del día, el país en el que han vivido toda su vida, en el que han crecido, se han enamorado y le han llorado no es el de su acta de nacimiento, no es el de sus “papeles”.