La geografía mental: a 50 años de la Guerra de los 6 días

Aunque su duración batió récords de velocidad bélica, sus consecuencias son vertiginosamente actuales. La Guerra de los Seis Días es uno de los conflictos bélicos clave del siglo XX que tienen una importancia crucial en el XXI. ¿Cómo un enfrentamiento que duró menos de una semana pudo lanzar consecuencias que transcienden los libros de historia y llegan a nuestro presente?

Menos de una semana

La Historia es un lo queda de los periódicos viejos: del 5 de junio al 10 de junio de 1967 Israel protagonizó una ofensiva que tendría consecuencias de escándalo en los mapas internacionales. Ahora mismo el estado israelí ocupa territorios que siguen en disputa simbólica y práctica; y es casi imposible distinguir un frente de otro.

Sin embargo una guerra exige al menos dos enemigos; un sólo ejército hace masacres pero no necesariamente guerras: desde Egipto, el general Nasser lanzaba declaraciones impertinentes al mismo tiempo que rivalizaba con Siria por quién podía amedrentar mejor a Israel. Muchos creyeron que sus declaraciones dependían de una bravuconería táctica: mientras Nasser lanzaba incordios mundiales, los cascos azules de la ONU resguardaban la línea fronteriza que más tarde se convertiría en trinchera.

Todos los cronistas e historiadores que han escrito hoy al respecto han dedicado al menos una línea a especular cómo se hubiera desarrollado la historia si la ONU hubiera rechazado la propuesta de Nasser para custodiar a los enemigos. Sin embargo el historiador Jean Meyer no duda en señalar que los sucesos históricos acostumbran a llegar de una forma específica: por sorpresa. ¿Quién hubiera imaginado la derrota humillante y simultánea de Egipto, Siria y Jordania por un vecino tan pequeño como organizado? (Vía: El Universal)

Nasser claramente no contaba con que los israelíes tenían de su lado la efectividad de una inteligencia militar capaz de hacerse con los planos de las bases enemigas. La capacidad de estrategia de Israel sólo fue comparable con su poder aéreo. Para algunos la victoria tomó por sorpresa a los mismos israelíes que en las primeras semanas de la victoria no supieron cómo administrar con los territorios ganados. (Vía: BBC)

Sin embargo, a veces pareciera que administrar la victoria es casi tan arduo como administrar el rencor. Para muchos ése fue el punto en que el conflicto árabe israelí dejó de tener matices para tener meros culpables. En el recuento histórico, el saldo de espanto es tremendamente desigual: mientras los árabes sumaron 23 mil muertos y 45 mil heridos, Israel apenas rozó los 800 muertos y los 2 mil 500 heridos. (Vía: Huffinton Post)

 

50 años después 

Toda guerra se conmemora de forma agridulce, incluso si su protagonista es una potencia armamentista como Israel. En la conmemoración por los 50 años de una guerra que no pocos consideran la verdadera fundación moderna del estado de Israel, el primer ministro Netanyahu declaró: “Queremos la paz con nuestros vecinos, una paz verdadera, que dure generaciones”. ¿Es posible creerle al ministro que asume que los muros son una forma de la diplomacia? (Vía: Sputnik)

Roger Waters, miembro fundador de Pink Floyd, cree que no y desde hace años ha animado a otros artistas para que boicoteen los actos culturales en Israel; su posición es pocos menos que irreconciliable: mientras Israel ocupe territorios palestinos, los israelíes deberán perderse los shows de Gorillaz o Elvis Costello.

Para no pocos artistas, la medida no sólo les parece ilegítima sino infantil. Entre ellos están los miembros de Radiohead a quien Roger Waters ha perseguido por meses para que no toquen en Israel. Thom Yorke, vocalista de la banda inglesa, declaró a la Rolling Stone que tener al ex Pink Floyd detrás gritándole “que no saben nada sobre el conflicto palestino-israelí” es, cuando menos, grosero e impertinente, sobre todo si se toma en cuenta que Jonny Greenwood, guitarrista de la banda, tiene lazos familiares con ambos países en guerra; no son advenedizos ni jueces en un conflicto que todos asumen que habrá de trascender en las próximas generaciones. (Vía: Rolling Stone)

Los roces entre estos dos músicos hablan poco de las víctimas actuales de la guerra, pero dicen mucho de cómo el mundo las percibe. En la otra esquina de los gestos musicales se encuentra la orquesta Western-Eastern Divan que fundaran Daniel Barenboim y Edward Said, una orquesta palestina e israelí mucho más propositiva que un mero boicot pero, también, con mucho mayor auge que un simple concierto.

Orquesta y concierto son noticias culturales de hace veinte años y hace veinte horas pero son eventualidades que no estaríamos comentando, como el drama de las víctimas cotidianas y las secuelas, de no ser por una ofensiva militar que los diplomáticos de hoy en día dudan si podría haberse evitado.

Tendemos a percibir la Historia como una sucesión de atrocidades que poco o nada tienen que ver con nosotros. La indiferencia criminal tiene un oscuro gemelo en los que toman partido por vejaciones que no sufrieron o se suman a conflictos de los que no fueron partícipes. Algunos, como George Orwell, que no vivió para presenciar esa guerra pero sí para opinar sobre las condiciones que la permitieron, veían un poco de razón en los alegatos de ocupantes y ocupados.

“Al principio las personas inventaron las fronteras y más tarde las fronteras inventaron a las personas.” Así describía el poeta ruso Yevgueni Yevtushenko los dilemas que ocurren cuando la geografía se convierte en un estado mental. Acaso su alegato nos recuerda que, en realidad, ninguna guerra dura sólo seis días.

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