Adiós, gasolina: estas son las entrañas de la ciudad

Desde que la Ciudad de México cedió ante el pánico por el desabasto de gasolina, algunos capitalinos se han aventurado nuevamente al Metro. Quienes ya lo usábamos asiduamente ahora vemos el exceso de pasajeros como una molestia más por vivir en esta ciudad. Una crónica de Miguel J. Crespo.

Si la ciudad contara con un sistema digestivo, el metro sería el intestino grueso. Apestoso, lleno de mierda, pero necesario. Apremiante para alguien como yo que forma parte de sus 5.5 millones de usuarios diarios. Una amalgama de almas que escupe la capital hacía las periferias metropolitanas más escuetas y olvidadas. Geografías donde el pobre roba, secuestra, estafa y mata a otro pobre.

¡Ya abran polis hijos de la chingada, parecemos reses!”, grita un hombre panzón con dientes amarillos. Llevamos diez minutos encerrados en uno de los pasillos del Metro Pantitlán. Una reja empolvada nos mantiene erectos, juntos como muéganos quemados y prietos. Somos tantos a las 7:30 de la mañana que si nos dejaran pasar a todos, decenas caerían a las vías.

 

Crónica, Desabasto, Gasolina, Metro Ciudad de México
Usuarios intentan entrar a un vagón del metro en la estación Pantitlán. Imagen: Miguel J. Crespo

Los chiflidos que recuerdan a las jefas no paran. También le entro al desmadre y silbo sacando los dientes y apretándolos contra mi labio inferior. “¡Déjenme pasar, mi vieja ya va a dar a luz!”, grita un carnal al fondo. Todo el rebaño ríe al mismo tiempo. Un policía de la bancaria tiene un pie sobre la reja y los ojos pegados a su smartphone. Nos ignora.

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Un ruco de corbata roja y anteojos le clava la mirada, luego le suelta en el rostro “¡órale pinche puerco, ya abran que se nos hace tarde!”. Después de unos minutos las rejas mugrosas se mueven y la estampida comienza.

Una señora es aplastada contra la espalda de un gordo. Todos corren para ganar un lugar en las escaleras eléctricas. El poli de la bancaria le regresa la cortesía al godínez de anteojos, pero nos incluye a todos:

“Párense más temprano, pinches huevones”.

Los pocos que escucharon el alarido del de boina roja se detienen y le mientan la madre. Me arde reconocer que, por lo menos en mi caso, tiene razón. Me quedé dormido.

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El Metro transporta a 5.5 millones de personas cada día. Imagen: Miguel J. Crespo.

Las escaleras del Metro Pantitlán son una cascada de lonjas, mochilas y piernas soñolientas que se mueven con pereza. El andén está repleto. Los arrimones entre varones son obligados, o por lo menos, los que doy y recibo. El tren se asoma y todos nos amontonamos calculando el lugar donde se estacionará la puerta, pero fallamos.

La vastedad de un cuerpo pálido y con vellos en la espalda nos arrastra lejos de la puerta. “No más no empuje pinche viejo”, le reclama al gigante un joven escuálido. Deshuesado.

El gigante pálido lo mira con coraje, pero se mantiene en silencio. “¿Qué güey?, ¿Qué?”, continúa Deshuesado. Las puertas se abren. La marea humana se estrella contra el intestino anaranjado. Los zorros más astutos ya están sentados.

“Si la ciudad contará con un sistema digestivo, el metro seria el intestino grueso”.

Godínez, obreros, estudiantes y vagoneros intentan ganar un asiento. Ir sentado a esas horas en el Metro es un pase VIP con el que te puedes dar ciertos lujos como dormir con la cabeza recargada en la ventana.

Deshuesado se quedó fuera. El vagón suelta un chirrido, las puertas están por cerrarse. El gigante pálido está parado frente a la entrada, esperará el otro tren. Deshuesado lo avienta, pero ni siquiera lo mueve. “¡Quítese de la puerta pinche gordo!”, lo insulta. Imagino a Deshuesado desmayado tras un madrazo del gigante. Pero este no contesta, se limita a mirarlo sin ningún gesto en la cara.

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Los habitantes de la Zona Metropolitana viajan entre una y dos horas en el transporte público para llegar a su destino. Imagen: Miguel J. Crespo.

“Señores usuarios, permitan el libre cierre de puertas”, refunfuña una voz con cara de taquillera. Deshuesado se aferra a entrar y detiene las puertas, pero en los forcejeos pierde un tenis. Las puertas se cierran. Su Nike derecho se quedó fuera, sobre la línea amarilla. El gordo pálido tiene la chancla en sus manos. Sonríe. “Qué lo aviente a la chingada”, pienso.

Deshuesado lo mira a través de la abertura en la puerta y por primera vez guarda silencio. El tren se mueve. El gigante estira su mano y regresa el tenis por la ventana del vagón. “Pinche puto”, dice Deshuesado mientras se abrocha las agujetas.

El Metro arriba a la estación Tacubaya. Hay un hombre sentado al final del vagón, tiene el rostro hosco y afligido. Se recarga en la ventana, casi no se mueve. Sus ojos están clavados en la oscuridad de la ventana. Sabe que es hora de bajar, acomodarse el celular entre los huevos y caminar rumbo al paradero.

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Los paraderos son algunos de los lugares en los que suceden más asaltos en la Ciudad de México. Imagen: Miguel J. Crespo.

Por @migueljcrespo

 

Por: Redacción PA.