Las FARC y los Acuerdos de La Habana: entre la justicia y la paz

El pasado 26 de septiembre de 2016 es un día que pasará a la historia tanto para Colombia como para el resto del mundo, por ser el día en que se firmaron “Los Acuerdos de La Habana” entre las FARC y el gobierno colombiano, documento que pone fin a décadas de violencia entre los colombianos.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP) vieron su nacimiento en el año 1964 como grupos comunistas de autodefensa y guerra de guerrillas que, con el fin de la guerra fría y el financiamiento soviético, se convirtieron en terroristas caracterizados por ser partícipes del narcotráfico, la minería ilegal, el asesinato y secuestro de civiles, políticos y militares con fines extorsivos; son autores de bombardeos, reclutamiento de menores, entre otras prácticas que atentan contra la integridad humana y que ayudaron a financiarlos.

Tras cuatro años de negociaciones, el gobierno colombiano logró llegar a un acuerdo con estos grupos para que finalmente entreguen las armas y pongan fin a la violencia que hasta el presente año dejó 220.000 muertos, 5 millones de desplazados y más de 25.000 desaparecidos.

La firma de “Los Acuerdos de la Habana”, aunque podría considerarse un avance para el gobierno colombiano, ha generado mucha expectativa entre los ciudadanos, muchos de ellos desinformados por campañas como la de Álvaro Uribe y el 62% de estos simplemente indiferentes, decimos indiferentes porque así lo ha probado el referéndum realizado el día 2 de octubre que trató de deliberar si se debía hacer justicia a los grupos criminales de la FARC -“No”- o si se debía seguir el camino de la paz promoviendo un sistema de reparación y justicia -“Sí”-; el 50.21% votó por el “No” -concentrado en el centro del país- contra un 49.78% que votó por el “Sí” -concentrado en la periferia-.

Pero… ¿qué fue en realidad lo que votaron los colombianos?

Al votar por el “Sí” se acepta una reforma rural fiscal, la sustitución de cultivos ilícitos y el sistema de reparación y justicia pero no solo eso, también se acepta que las FARC constituyan un partido político que tendrá permitido participar en las elecciones del 2018 y el 2022 y que “les garantiza una representación mínima de cinco bancas en el senado y otras cinco en la cámara de representantes durante esos dos periodos”. (Vía: The New York Times)

También se acuerda crear una jurisdicción especial de paz que otorgará amnistías e indultos por delitos políticos a los miembros de la FARC que no hayan cometido crímenes de lesa humanidad, genocidios, crímenes de guerra o toma de rehenes; aquellos que reconozcan haber cometido uno de los anteriores estarían enfrentando 8 años de prisión, mientras que aquellos que no acepten la culpa por crímenes que sí cometieron, enfrentarían 20 años.

Es importante recordar que el perdón incluye también apoyos económicos que serán absorbidos del dinero público:

“Mientras se reintegren a la sociedad, los guerrilleros recibirán un apoyo económico del 90 por ciento del salario mínimo (cerca de 210 dólares) por 24 meses. También les darán casi tres salarios mínimos (unos 685 dólares) al salir de las zonas de normalización y tendrán derecho a un apoyo de poco más de 11 salarios mínimos ( unos 2750 dólares) para un emprendimiento individual o colectivo.” (Vía: The New York Times)

Por otro lado, cuando un ciudadano decide votar por el “No” y por la aplicación efectiva de la justicia, se niega a indultar a los criminales y pide que se les castigue conforme a la ley, tal y como esta lo dicta, como se le castigaría a cualquier otro ciudadano que atentara contra la paz y la seguridad de los colombianos. Claro que esto podría llegar a tener repercusiones indeseadas no solo por los gobernantes, sino por aquellos individuos que tienen que enfrentarse a esta guerra día a día. Las FARC aún cuentan con 180 días para entregar todo el armamento que poseen.

Entonces tenemos que ambas soluciones resultan tan conflictivas como el Plan Colombia de los Estados Unidos que pretende combatir la violencia con más violencia para asegurar que a su país no tengan acceso las drogas que se producen.

Al votar en favor de la paz, se genera una crisis de gobernabilidad porque los representantes colombianos otorgan una serie de “privilegios” a criminales que han mermado la seguridad de los ciudadanos y encima se pretende que sean estos últimos quienes proporcionen el dinero que los integrantes de las FARC recibirán para reintegrarse a la vida civil. Pero el mayor problema es que se pretenda dar representación a un grupo que no representa a nadie más que a sí mismos, que no defienden a ningún sector de la población sino que los ataca y afecta a todos.

En cambio, al votar en favor de la aplicación de la justicia, gana la violencia y los grupos desprotegidos continúan siendo golpeados por una guerra que ya ha dejado demasiados muertos y demasiados desaparecidos.

Francisco Santos, considera que esta es la solución, afirma que “el voto por el No es un voto por la paz, para que esto no se repita” y asegura que otorgar la amnistía a las FARC mandan un mensaje equivocado a la sociedad, “que ser pillo paga”.

El “No” prevaleció y pronto los colombianos se enfrentarán a las consecuencias de la decisión que han tomado, aunque no debe sorprendernos el resultado.

El ex presidente colombiano Álvaro Uribe lo resume de la siguiente manera: “En un país acostumbrado a la certeza de la guerra, la paz genera incertidumbre, sobre todo en un pueblo históricamente expuesto a las desilusiones”. 

Y después de leer todo lo anterior, no queda más que preguntarse cómo los colombianos tomaron una decisión tan delicada, si estaban informados y si sus circunstancias personales los hicieron inclinarse por una de las posiciones, todo es incierto pero la conclusión es innegable: el pueblo colombiano está dividido.

  1. “La paz está para unir, no para dividir. Y un acuerdo que está dividiendo a los colombianos significa que no es un buen proceso, que algo está fallando”, Francisco Santos.
  2. “El saldo del referéndum es: una sociedad profundamente dividida, lo cual no es motivo para celebrar, salvo que se esté profundamente dañado de ideas y sentimientos”, Ricardo Melgar Bao.