Diplomacia en la era Trump: los casos de México y Australia

En estos momentos, la noticia no es “si” hubo un comentario por parte del presidente de los Estados Unidos sobre el envío de tropas a México, ni siquiera si la conversación se llevó “en buenos términos” o sobre “cómo fue reportada” la noticia en un principio por Dolia Estévez y Aristegui Noticias. El día de ayer, miembros de la Casa Blanca confirmaron al New York Times que el comentario se hizo, pero como algo “coloquial”. Esto pone un precedente peligroso no sólo para México, sino para la muy compleja red de diplomacia que, por décadas, Estados Unidos había construido y alimentado.

Ayer mismo, mientras que en el país seguíamos discutiendo el “tono” de una llamada, Trump pondría las relaciones diplomáticas entre su país y Australia de cabeza. Una llamada diplomática del primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, según reportó el Washington Post, terminó con el líder de los Estados Unidos colgando el teléfono en un arranque por un acuerdo, firmado con Barack Obama, para que EE.UU. recibiera a 1, 250 refugiados que, en estos momentos, están en un centro de detención en una isla australiana. Como suele hacer el mandatario estadounidense, llevó su enojo a Twitter y, en altas horas de la madrugada, lanzó una tirada de tuits contra “un acuerdo tonto” que su gobierno revisará “muy de cerca”. (Vía: Hufftington Post)

Cuando varios medios australianos e internacionales le preguntaron al primer ministro si se lanzaría alguna declaración oficial respecto a lo ocurrido, Turnbull declinó hacerlo, pues consideró que esas conversaciones “tienen que mantenerse privadas, por razones que todos [los medios] conocen”. (Vía: Hufftington Post)

Hoy, ni siquiera dos semanas dentro de la administración Trump, todo está en la incertidumbre: más allá de las reacciones viscerales del que ahora habita en la Casa Blanca, lo que habría que señalar son las reacciones frente a ellas y las posibles consecuencias que podría tener que un país que era considerado “el líder del mundo libre”, esté prefiriendo una política de intimidación y violencia contra sus aliados. (Vía: The Guardian)

En cierta medida, los países “en vías de desarrollo” llevan mucho tiempo acostumbrados a una “diplomacia” de explotación, que, tras máscaras de buenos deseos, oculta una agenda de intereses económicos y políticos: toda América Latina tiene una larga y compleja relación con “los intereses” de Estados Unidos. Chile, Argentina, Brasil, el proceso independentista de Cuba, El Salvador, Panamá, Costa Rica y México, más que “amigos” y “aliados”, son considerados territorios en disputa (ideológica durante la Guerra Fría y comercial tras el golpe neoliberal de los 80), y todo esfuerzo diplomático era, fuera de unas poquísimas excepciones, una imposición unilateral.

Pero “el resto del mundo” no conoce ese lado de la diplomacia: los buenos deseos entre países desarrollados son buenos deseos, las posiciones desde las que negocian y dialogan están en el mismo nivel y un acuerdo entre ambos es, las más de las veces, un acuerdo beneficioso para ambos. Pero con la llegada de Trump, que entiende cualquier acuerdo como algo que se gana o se pierde, ese discurso ha caducado, y será una carrera hacia el fondo hasta que no comprendamos eso.

Las diferencias de las respuestas institucionales (a través de la voz de un sólo personaje, pero apoyadas por sus propios gobiernos) entre México y Australia evidencian la multiplicidad de relaciones que un país puede tener con un gigante del tamaño de Estados Unidos: Australia, alejado geográfica y comercialmente de Estados Unidos, puede tener espacio para mantener la calma y responder clara y organizadamente; mientras, México se va enredando más y más en la búsqueda de un diálogo que no se puede dar porque la Casa Blanca ha dado señales claras -más allá de la llamada, lo dicho en ella o el tono utilizado por Trump- de que no busca un diálogo sino sumisión. (Vía: The Guardian)

La tradición diplomática mexicana es larga y, en buena medida, es la que permitió al país convertirse, en la primera mitad del siglo XX en un ejemplo mundial: el trabajo que hiciera Alfonso Reyes para unir a los gobiernos latinoamericanos para enviar misiones de rescate a las costas españolas tras la derrota de la República Española; la fundación de la UNESCO a partir del programa cultural de Jaime Torres Bodet; la declaración de “no intervención” de Genero Estrada que se convirtió en una política adoptada por decenas de países… Desde México y desde América Latina han surgido formas alternas de entender las relaciones internacionales, formas que comprenden la inequidad y el fallo inherente de ciertos procesos diplomáticos y que han buscado formas de cancelarlos (o de hablar desde ellos).

Hoy, como no había pasado en mucho tiempo, es urgente replantearnos desde dónde y para qué (y hasta dónde) entendemos el diálogo internacional.

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