La deportación no les quita la urgencia de migrar, ahora, a Canadá

Este domingo, una marcha convocada por varias empresas, por organizaciones civiles y por personalidades que una y otra vez han aplaudido el uso de la fuerza contra cualquier otra protesta social, fracasó en su intento de “llamar a la unidad” y demostrar el “apoyo a los migrantes mexicanos en los Estados Unidos”. Quienes llamaron a la marcha son, en buena medida, voceros de grupos de interés empresarial y de la iniciativa privada que, por los últimos años, han seguido los mandatos (y han impuesto otros) para precarizar el trabajo, para debilitar la organización sindical y tener mano de obra barata, esa misma mano de obra que, al no poder encontrar mejores oportunidades de vida decide migrar a los Estados Unidos y se ha enfrentado, desde la administración Obama (en un segundo plano, casi en secreto) y durante la actual, al miedo constante a la deportación.

La forma como esas élites que forzaron la migración de miles de mexicanos en los últimos veinte años ven, hoy, a los migrantes no sólo es paternalista y condescendiente (pues los dibuja como víctimas sin agencia ni poder de resistencia, sin mecanismos para enfrentar las amenazas que se presentan o redes para apoyarse mutuamente), sino que también esa misma forma de verlos cancela su responsabilidad en un fenómeno político, económico y social que tiene al país, hoy, en la incertidumbre que ha provocado un presidente estadounidense que, tal como lo hemos visto en el mes que lleva en el poder, ha estado cumpliendo cada una de sus amenazas de campaña.

La semana pasada llegó al Aeropuerto de la Ciudad de México, el primer vuelo de migrantes deportados por la agencia de Migración y Refuerzo de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) de la administración Trump, y tuvieron un recibimiento, cuanto menos, extraño: por primera vez en su mandato, Enrique Peña Nieto recibió a compatriotas deportados , conversó con un par de ellos y, entre otras cosas, declaró que “México siempre ha sido su casa” a gente que llevaba décadas viviendo y haciendo su vida en Estados Unidos, que dejaron familia y seguridad laboral (hasta donde su misma situación migratoria les permitía) para llegar a un país en el que no saben, algunos, ni siquiera cómo regresar a sus comunidades.

Las condiciones laborales y económicas a las que regresan los connacionales deportados no son favorables: si bien las tasas de desempleo en 2016 se mantuvieron “estables”  (alrededor del 3.93% de la población económicamente activa, según datos del INEGI), el bajo poder adquisitivo de los sueldos, la creciente inflación y la violencia descontrolada en buena parte del país no son un panorama prometedor. Durante la recepción que les hiciera el presidente mexicano en el aeropuerto, se anunció la aplicación de un plan de apoyos económicos, “Somos Mexicanos”, para ayudarlos a “volver a comenzar” en el país. Sin embargo, nunca se adjudicó ningún presupuesto para el programa, el Instituto Nacional de Migración apenas tiene el capital suficiente para procesar su reingreso hasta la Ciudad de México y no hay, hasta el momento, ninguna partida especial para quienes ya han sido deportados, mucho menos para los 3 millones que Trump amenazara con deportar durante sus primeros cien días de gobierno. (Vía: Milenio)

Muchos migrantes han relatado los horrores de la deportación: el trato deshumanizante que reciben de la Border Patrol y los agentes de ICE, la estadía en los centros de detención y las penas por reincidir… y muchos están conscientes de que más intentos por regresar con sus familias en los Estados Unidos podrían venir acompañados de penas aún mayores conforme el poder de Trump empiece a ser apoyado en los congresos federal y locales. Aún así, México no es la opción para ellos, y ya están buscando la forma de llegar a Canadá, de encontrarse con su familia hasta allá porque este país, “su casa”, como le llamó Peña, no es -y quizá nunca fue- un lugar de bienvenida. (Vía: La Jornada)

En una crónica de la marcha del domingo, José Manuel Ruiz del Hufftington Post relataba cómo las personas “VIP” fueron recibidas en el Ángel por una muralla que los separaba de los otros marchistas: una barrera literal, física, que separaba a las “personas bien” del resto, mientras gritaban consignas llamando a la unidad. Mientras quienes “tienen el poder” de mover legislación laboral, económica y social (o quienes se ven constantemente beneficiados de las actuales) no sean capaces de ver las contradicciones mismas en las que caen una y otra vez; mientras que el gobierno no construya una política exterior preventiva y no en reacción desarticulada; mientras se siga “defendiendo” al migrante como sujeto sin rostro y no se busquen mecanismos para no hacerlos migrantes, Canadá seguirá siendo la mejor opción.

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