La normalización del odio, o la defensa de la libertad de expresión

El periódico digital Breitbart (de ultraderecha, racista, misógino, antisemita…), estuvo por años relegado a los márgenes del periodismo: su público era sumamente limitado y las ideas que propaga son, sin darle vueltas, mensajes de odio. Este medio lo dirigía quien, hoy, tiene un puesto en el Comité de Seguridad Nacional de Estados Unidos y quien es, para muchos, quien realmente está gobernando en la administración Trump: Steve Bannon. La libertad de expresión, uno de los pilares de la Carta de Derechos de los Estados Unidos, protege a cualquier medio de censura estatal, incluso a medios como Breitbart, y la misma libertad de expresión se ha convertido, sistemáticamente, en una defensa “impermeable”, según quienes la usan, del discurso de odio.

La nota de la noche de este miércoles podría haber pasado desapercibida si no fuera por el contexto (y, como siempre, por un tuit de Donald Trump): Milo Yianoppoulos, el actual editor de Breitbart estaba agendado para dar una conferencia en la Universidad de California en Berkeley, cede histórica de movimientos de resistencia, el anuncio disparó protestas y éstas se fueron tornando violentas, hasta que las autoridades universitarias decidieron, a dos horas de que ocurriera la plática, cancelarla a regañadientes. El mismo Yianoppoulos, vía un video en su cuenta personal de Facebook, y (obviamente) el presidente Donald Trump, a través de su Twitter personal, pusieron la voz en el cielo, llamando a esta decisión como un “ataque a la libertad de expresión”, incluso Trump amenazó que podría quitarle los recursos federales a Berkeley por esta decisión. (Vía: Reuters)

Consejeros y voceros del equipo de Trump también acusaron las protestas de ser “un ataque contra la libertad de expresión”, y “lamentaron” que las autoridades universitarias cedieran frente a sus estudiantes. Resulta no sólo irónico, sino plenamente peligroso, que grupos neo-Nazi, como el consejo editorial de Breitbart o Richard Spencer, grupos homo y tránsfobos o células del Ku Kux Klan estén utilizando constantemente la “libertad de expresión” como una especie de “protección” para “pensar y decir” lo que quieran, sin importar que eso que creen y eso que dicen esté cargado de una violencia que, para muchos de sus objetivos, ha sido mortal en incontables ocasiones. (Vía: MSNBC)

La misma libertad de expresión, consagrada y (a veces) defendida en muchas constituciones nacionales, es un derecho humano, pero también un mecanismo a través del cual se busca proteger a quienes, por su misma posición de minoría, corren peligro de ser víctimas de violencia: los periodistas asesinados por todo México son el ejemplo claro de una defensa fallida de esta libertad.

La articulación de estos grupos de odio hace un diálogo, cuando menos, irónico con las libertades y derechos que ellos marcan como “abusos” cuando son utilizados por otros grupos que no son ellos: las protestas en la calle exigiendo el respeto a las vidas negras, la exigencia de que se encuentren mecanismos que frenen la violencia de género, o la lucha sindical… Los derechos humanos y las libertades ciudadanas son, justamente, para humanos y ciudadanos, por lo que, para los miembros más radicales de estos grupos, quienes protestan contra ellos (o lo que ven como protestas contra ellos) no son ni humanos ni ciudadanos, sus derechos no valen, ni sus vidas cuentan. Sin embargo, poner en duda cualquiera de sus privilegios se convierte en un ataque frontal, en una “guerra” contra lo que ven (desde su burbuja) como el “sentido común” de cómo deben ser las cosas, ya sea una taza roja que no diga “Feliz Navidad”, sino “Felices Fiestas”, ya sea un jugador de futbol americano que no se pone de pie e hinca la rodilla para protestar contra las ejecuciones extrajudiciales, ya sean tres millones y medio de mujeres que toman las calles exigiendo que se respete sus cuerpos y sus decisiones.

Comprendemos y aceptamos el rango de nuestros derechos a partir de nuestras propias experiencias personales y nuestra consciencia de clase (y de “raza”), así, para un grupo particular de la población estadounidense, sus libertades no tienen límite: una amenaza de violación y muerte puede ser entendida como una broma, el llamado a “quemar cruces” sólo (también) una broma, presumir sobre agresiones sexuales es “plática de vestidor”…

Febrero es, en Estados Unidos, el mes de la Historia Negra (Black History Month), en él, se busca visibilizar las contribuciones de la comunidad afroamericana en la historia estadounidense y, también, la misma historia de esa comunidad, constantemente hecha a un lado en pos de “la historia de los Estados Unidos”. Un mes al año no es mucho, y muchos grupos han exigido que las autoridades y las empresas se abstengan de querer apropiarse de su significado. No es mucho, pero eso no evita que, como reloj, cada que inicia febrero se lanzan campañas en redes sociales e iniciativas en los congresos locales para instrumentar un “White History Month”. Millones de mujeres marchan por las calles de Estados Unidos, o en las principales ciudades latinoamericanas luchando por visibilizar el feminicidio y la violencia de género, y siempre aparecerá quien argumente que “por qué no hablar de hombricidios”. Los límites del derecho propio (para hacer un guiño al dicho de Benito Juárez sobre el “derecho ajeno”) para muchos no existen y se cuelan por entre los derechos de los otros: el espacio público es mío, el cuerpo de la mujer caminando por ese mismo espacio público, por lo tanto, también es mío; la comunidad blanca de clase media en la que me he criado es, desde mi propia experiencia, todo el país, por lo que todo el país tiene que ser mío. (Vía: Ware, Beyond the Pale)

Los derecho humanos, en cuanto tales, son contradictorios: no todos nacemos iguales y no todos tenemos, al nacer, los mismos derechos… Los niños que nacen en las zonas pauperizadas de la Ciudad de México o de Flint, Mich., o de Río de Janeiro, o de los banlieu de París, o en las ruinas de Aleppo pueden contar, casi con seguridad, que aquello que les enseñen como “derechos humanos” son privilegios. Quienes leen Breitbart y condenan al Otro de los más mínimos “ataques” a su burbuja de privilegios tendrán todo el poder, la visibilidad y el espacio para hacerlo, para llamar “ataques a la libertad de expresión” cualquier reto a su discurso de odio, para llamar “noticias falsas” a los reportes sobre sus fallos

Si de verdad buscamos hacer universales los derechos humanos, hay que partir, primero, por reconocer las inequidades inherentes al mismo sistema del que formamos parte, cuestionar siempre la posición desde la que hablamos y reconocer los prejuicios de privilegio desde los que partimos para criticar y juzgar. Las manifestaciones contra el editor de Breitbart no ocurrieron sólo en Berkeley, sino en, por lo menos, una decena de las universidades que pensaba “visitar” en un tour nacional; esas protestas son una respuesta articulada, esas respuestas no son un ataque contra la libertad de expresión, sino la evidencia de que, aún en plena era Trump, sigue existiendo la resistencia.