Cuba y la “sombra” de su homofobia

Hay una forma común para referirse a los errores del régimen de Cuba: sus “sombras”, el problema con esa imagen es que hace parecer que todos esos errores se cometieron “sin darse cuenta”, cuando muchas de sus problemas más graves ocurrieron a plena luz, bajo la vigilancia, autorización y promoción del Estado cubano. No, los errores del castrismo no son “sombras”, fueron crímenes (internos) y errores que, desde fuera, dieron oportunidad para deslegitimar una revolución que no podía darse la oportunidad de fallar.

Uno de estos errores graves, uno de estos errores que encierra en él toda la cadena de sesgos y omisiones que lo hicieron posible fue el trato que recibió la comunidad LGBTTTIQA durante las primeras dos décadas de la Revolución: acoso, violencia, cárcel y trabajos forzados, todo con la intención de “corregirlos”, “hacer hombres de ellos”, porque lo que la Revolución necesitaba eran Hombres, como Camilo, como el Che, como Fidel. La Revolución no podía construirse sin sus espaldas, porque urgía el trabajo, porque había enemigos por todos lados, hasta dentro de la isla, hasta en el círculo más cercano de Fidel y de Camilo y del Che. (Vía: La Jornada)

La homosexualidad era atosigada, violentada en el espacio público, encarcelada… Vista no como identidad, sino como un síntoma del debilitamiento del “hombre revolucionario”, incluso la “sospecha” de tal era excusa suficiente para ser enviado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP): campos de trabajo forzado en los que se reunía tanto a criminales, como opositores políticos, homosexuales y demás “desechables”. (Vía: Council of Hemisferic Affairs)

Quizá el periodo más lleno de esto que no podía, no debió pasar, fue el “quinquenio gris” -cinco años (de 1971 a 1975) llamados así por el ensayista y crítico Ambrosio Fornet-, en los que el régimen decidió marcar una postura ideológica y hasta social sobre cómo iba a ser representado el arte revolucionario, y, por lo tanto, cómo iba a ser pensada la isla y sus habitantes. Esos cinco años fueron un momento decisivo para la definiciones: con el  el acercamiento definitivo con la URSS, el “caso Padilla” y la “zafra de los diez millones”, además del exilio o el ostracismo de cientos de intelectuales y esta persecución abierta contra la homosexualidad en la isla, el quinquenio cristalizó mucho del debate que existía (y que se está desarrollando) alrededor de Cuba: incluso para quienes defendían el régimen de Fidel, la posibilidad de defenderlo (personal o políticamente) resultaba un tema complejo, cuando no imposible, viendo los casos de los exiliados (como Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy) o de los que se quedaron en la isla (como Virgilio Piñera o José Lezama Lima).

Es difícil contabilizar las vidas que costaron estas políticas, las vidas que alteraron para siempre estas políticas: no sólo porque los números no son confiables, sino, también, porque no hay forma de comprender el dolor, el terror y la rabia que personas como Reynaldo Arenas experimentaron a lo largo de sus vidas, quedan sus testimonios, sus cartas, su obra, por ejemplo, su “Elogio a Fidel Castro”:

“Alumno aplicado y fiel a su maestro, ha seguido con intachable ortodoxia las lecciones de Stalin: por una u otra vía se ha desembarazado de sus contrincantes políticos o de los personajes que podían ensombrecer su gloria, desde Huber Matos hasta Carlos Franqui, desde Camilo Cienfuegos hasta Ernesto Guevara. Creó desde 1961 los campos de confinamiento para disidentes de todo tipo y los oficializó en 1966 bajo el ingenuo título de UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción). Ha trasladado pueblos completos, situados donde había focos de guerrilleros anticastristas, hacia nuevas ciudades perfectamente vigiladas. Como hizo con muchos campesinos que vivían en la provincia de Las Villas, los cuales tuvieron que irse a vivir a una ciudad prefabricada en Pinar del Río, llamada Ciudad Sandino.” (Vía: El País)

Ahora bien, estos errores, realizados a plena luz, construyen monumentos de la infamia y estos, a su vez, pueden ser utilizados para hacer perder contornos, desenfocar y hacer perder los contornos de una realidad que, si bien terrible para algunos, fue una oportunidad para otros.

Después de los errores cometidos en las décadas del 60 y 70, el gobierno cubano completo dio un giro radical en sus políticas sociales respecto a la comunidad LGBTTTIQA:  en 1979 Cuba, 24 años antes que los Estados Unidos y que muchos otros países de Latinoamérica, despenalizó la homosexualidad y fue desarrollando planes para luchar contra la homofobia no sólo en el sistema burocrático, sino también desde la sociedad. Hoy, Cuba quizá sea una de las sociedades más incluyentes (al menos en cuanto a la comunidad LGBTTTQIA se refiere): mujeres trans han sido elegidas para ocupar cargos políticos, el sistema de salud cubano ofrece gratuitamente a sus ciudadanos operaciones de reasignación de género y, después de un terrible inicio, Cuba tiene una de las tazas más controladas de VIH/SIDA del mundo. (Vía: Mic.com)

Incluso hoy, la hija del presidente cubano, Mariela Castro, dirige el Centro Nacional para la Educación Sexual, que desde finales de los 80 ha buscado promover la inclusión de una minoría constantemente invisibilizada por la lucha revolucionaria. (Vía: Slate)

Queda mucho por hacer, y muchos activistas dentro de la comunidad LGBTTTIQA no dejarán de repetirlo, pero la Cuba de las UMAP ha quedado atrás hace mucho.

El problema, y la sombra que el monumento de sus errores le ha cobrado al régimen cubano, viene en la voz de algunos de sus críticos. Resulta no sólo irónico sino hasta rayando cínico que aquellos que, por toda América Latina y Estados Unidos han luchado (ellos sí) desde la sombras para denostar, ridiculizar y deshumanizar la lucha por los derechos de la comunidad LGBTTTIQA se valgan de las historias y experiencias de quienes fueron oprimidos por el régimen castrista.

Iniciar una discusión sobre derechos humanos desde la presuposición de que habrá sombras y luz es un ejercicio peligroso: no sólo porque no da espacio para la retórica de las sombras, sino, también, porque no hace hablar a lo que se ilumina o se oscurece, sino tan sólo a la luz o a su ausencia: dar por hecho que los oprimidos son víctimas, que requieren rescate es desprenderlos de toda agencia, es cancelar sus mecanismos de resistencia y lucha. Es, también, oprimir.