Conflicto en Siria: La nueva guerra fría

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Para el historiador Eric Hobsbawm la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en la década de los 90 representó el fin del siglo XX, ese suceso transformó la geopolítica y el orden mundial tal y como se conocía, el cual durante más de 50 años estuvo sostenido en un esquema de poder bipolar entre capitalismo y socialismo representados por Estados Unidos y la URSS. Ese periodo histórico representó por un lado el triunfo del liberalismo y del sistema capitalista y, por otro lado también la fragmentación de la izquierda como una opción y una alternativa real y plausible.

La clasificación respecto al desarrollo basado en la idea de la existencia de un primer mundo (potencias capitalistas), segundo mundo (países socialistas) y tercer mundo (países subdesarrollados) se volvió obsoleta. Lo más preciso en ese nuevo mundo era hablar de países desarrollados y países en vías de desarrollo. La idea de socialismo o de segundo mundo quedó visualizada como una excepción, como los resquicios de ese viejo orden mundial en la que seguían inmersos países como Cuba o Corea del Norte, y donde China fue la excepción, ya que empezaba a abrir su economía al mercado global generando una especie de sistema híbrido de crecimiento acelerado.

Pero la dominación unidimensional de Estados Unidos y las potencias europeas occidentales no duró mucho, regresaron algunos fantasmas y aparecieron unos nuevos, sólo que esos espectros ya no desafiaban con alternativas ideológicas, sino en el mismo juego, en el capitalismo y en el desarrollo armamentista. En ese contexto han surgido países que buscan acrecentar su influencia política, económica y militar, tales como Irán quien ha buscado ganar influencia en el Medio Oriente; China con su crecimiento económico acelerado y su poderío militar, y, por supuesto, el viejo enemigo ruso, quien no solo conservó su preponderancia militar, sino que lo modernizó en prácticamente dos décadas, en parte debido a su crecimiento económico sostenido y por otra parte por el dominio unipersonal de Putin y sus allegados que operan prácticamente como lo hacían en el Politburó de la extinta URSS.

En el terreno de lo militar, se han ido acrecentando las tensiones entre Rusia y las potencias occidentales aliadas por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). En primer lugar, los ejercicios militares de Rusia cerca de las fronteras de países europeos generaron tensiones diplomáticas que produjeron que la OTAN incrementara su presencia en Europa oriental y que Rusia reaccionara de nuevo desplegando efectivos cerca de Polonia y los países bálticos.

En segundo lugar, la guerra civil ucraniana producida por la división entre la población que apoyaba la incorporación del país eslavo a la Unión Europea (U.E.) y la que apoyaba generar lazos más estrechos con Rusia acrecentó de manera muy significativa las tensiones entre Rusia y occidente. Rusia vio en la incorporación de Ucrania a la U.E. como una amenaza de la OTAN hacia sus intereses y hacia su territorio, la anexión significaba que occidente podía acorralar a Rusia desde Turquía, Polonia, los países bálticos y en ese caso también desde Ucrania.

La reacción de Rusia fue determinante, desafió directamente a las potencias occidentales y se anexó la región de Crimea, bastión del movimiento pro-ruso en Ucrania. Asimismo infiltró tropas dentro de los territorios en conflicto para evitar que el gobierno ucraniano se anexara a la U.E. y posteriormente a la OTAN; esas acciones enfurecieron a las potencias occidentales, por lo que promovieron y aplicaron sanciones a Rusia (Vía Expansión).

Las tensiones entre Rusia y la OTAN han llegado a un máximo que no se veía desde la Guerra Fría debido a la guerra civil en Siria en donde están involucrados distintos bandos, beligerantes entre sí, representados por el presidente Al Assad, los rebeldes anti-gobierno y el Estado Islámico. La división y la escalada de incertidumbre se ha dado por el apoyo irrestricto de Rusia al presidente sirio Bashar Al Assad, y por la intervención militar directa en ese país para combatir, tanto a los rebeldes, como al Estado islámico.

Dicho apoyo a Al Assad entra directamente en conflicto con los intereses de occidente, quienes han preferido apoyar de manera indirecta (entrenamiento y armamento) a los ejércitos rebeldes que combaten, tanto al presidente sirio, como al Estado Islámico, ya que en términos geopolíticos, Siria representa un satélite de influencia para las potencias involucradas, es decir, Siria con Al Assad es una zona de influencia rusa, en cambio, derrocando al presidente, representaría un satélite para la OTAN.

Para muchos analistas, la disputa por Siria puede ser el detonante de la Tercera Guerra Mundial, ya que las tensiones llegaron a un punto muy similar a las vividas en el siglo XX en las llamadas “Crisis de los tanques” en Berlín y la “Crisis de los misiles” en Cuba. Al parecer el mundo se encuentra inmersa en una nueva “Guerra Fría”, en donde cualquier error de cálculo podría desatar un conflicto de escala mundial, hasta ahora nunca visto.