Cienfuegos, un discurso que suena peligroso y familiar

El día de ayer, el secretario de la Defensa Nacional y el de Educación Pública, junto con el gobernador de Morelos, Graco Ramírez, inauguraron dos planteles educativos, uno de primaria y otro de preescolar, en la zona militar “Los Lagartos”, en Jojutla. El evento podría pasar desapercibido: otra formalidad, otra rueda de prensa, otras palabras más, sin embargo, el discurso del secretario de la Defensa es uno al que hay que prestarle atención.

Salvador Cienfuegos se ha caracterizado por ser un secretario bastante mediático, en parte por las crisis a las que se ha enfrentado como cabeza del Ejército mexicano: Ayotzinapa, Tlatlaya, el video donde miembros de las fuerzas armadas torturan a dos detenidos…

En muchas ocasiones, el papel del secretario ha sido “presentar disculpas por los “hechos aislados” para, al mismo tiempo, reafirmar que la función del Ejército es central en la vida democrática del país. (Vía: Letras Libres)

Sin embargo, al mismo tiempo ha declarado, igualmente por entrevistas o discursos mediatizados, su rechazo total a la investigación de “sus soldados” por parte de la PGR o la CNDH, se rehusa, también, a hacer más transparente la institución a su cargo y ha dado señales constantemente de su agenda para fortalecer al ejército sin miramientos a los derechos humanos o la transparencia.

El discurso pronunciado en Jojutla resulta extraño y preocupante porque es el secretario de la Defensa el que, prácticamente, toma el papel del Ejecutivo (o, al menos, de su representante) con frases como: “Hoy más que nunca, México requiere de niños y jóvenes entregados y educados con los más altos estándares pedagógicos, éticos y morales; ellos serán los gobernantes del mañana.” (Vía: La Jornada)

Además, Cienfuegos hizo varios guiños tanto al conflicto magisterial -que, indirectamente también toca los casos Iguala y Nochixtlán-, insistiendo en que la educación pública tiene que reformarse y que, como toda “gran tarea”, sólo se logra mediante “[la suma de] esfuerzos y voluntades[, así] dejamos claro que trabajando por un bien común podemos lograr grandes cosas”. (vía: La Jornada)

Este discurso se da casi al mismo tiempo que el Senado decidiera entregar la medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas Cámara, quien evitó la explosión de una gasolinera tras el estallido de una bomba molotov en un enfrentamiento entre normalistas de Ayotzinapa y fuerzas federales en Chilpancingo en el 2011. Casi sistemáticamente, el tema de la noche de Iguala está, al mismo tiempo, saliendo del discurso de la clase política y tomando una posición central: nadie habla de Ayotzinapa, pero, al mismo tiempo, se proponen actos y discursos que son una evidente confrontación con quienes, aún hoy, siguen buscando justicia por lo ocurrido el 26 de septiembre del 2014.

La cercanía del Ejército con la educación, al pensarse “columna” de la vida cotidiana de la sociedad mexicana también debería ser algo que debería llamar la atención, pues si antes del 2006, éste se pensaba como un apoyo en momentos de crisis, desde que Felipe Calderón decidiera que también ejercería una función policiaca en todo el país, los roces entre el Ejército y la sociedad civil han sido más graves: a pesar de las muertes “colaterales”, a pesar de los casos de tortura y los “pocos elementos malos”, pareciera que para el general Cienfuegos, este papel que supuestamente sería temporal, ya es la normalidad: el Ejército, entonces, no puede regresar a los cuarteles porque tiene que proteger y mantener de pie a la sociedad completa.

Cuando el general Jorge Rafael Videla y su junta militar ejecutó un golpe de Estado contra la Argentina; cuando Augusto Pinochet bombardeó el Palacio de la Moneda; cuando Victoriano Huerta tomó el Palacio Nacional, lo hicieron para “proteger a la sociedad”, pues sus ejércitos formaban parte central de ella, pues, en palabras del general Cienfuegos, es obligación del Ejército: “seguir coadyuvando en el bienestar, tranquilidad y certeza de los mexicanos en todo el territorio nacional.”