Chelsea Manning y las deudas de la administración Obama

Hace ya casi siete años, Chelsea Manning, quien fuera conocida como el cabo de primera clase Bradley Manning, filtró alrededor de setecientos mil documentos (reportes de batalla, cables diplomáticos, informes militares y denuncias internas de las fuerzas armadas estadounidenses) a la página Wikileaks, fundada por Julian Assange. Para Chelsea, la información que iba presentándosele como analista en medio de las invasiones de Irak y Afganistán, no sólo era preocupante, sino que contradecía los ideales que el mismo gobierno estadounidense decía defender en esa guerra. (Vía: Independent)

Procesada y juzgada por una corte militar, Manning fue condenada a una sentencia de 35 años en prisión, la más dura que se le haya dado nunca a ningún informante. La forma como fue tratado su caso ha sido (junto con las deportaciones masivas durante sus ocho años en la presidencia, su incapacidad de cerrar la prisión de Guantánamo y los miles de ataques con drones en más de una decena de países), uno de los “lados” más oscuros de la presidencia de Barack Obama que termina este viernes 20, justo en el momento en el que Donald Trump haga el juramento. (Vía: New York Times)

La clemencia otorgada el día de ayer, 17 de enero, a Chelsea no es en sí un perdón total: es una reducción de sentencia que le permitirá salir libre de la cárcel militar de Kansas, donde ahora se encuentra, en mayo de este año. Tras dos intentos de suicidio en 2016, quienes han defendido su libertad (desde Snowden hasta el mismo Julian Assange) argumentaban que Manning no sobreviviría la condena completa, no sólo por lo extensa, sino por el trato tránsfobo que sufre dentro de una prisión de hombres. (Vía: The Guardian)

La decisión de Obama de otorgarle esta reducción no llega “gratuitamente” sino como la intersección de dos causas: primero, la misma causa para liberar a Chelsea Manning, promovida por diversas organizaciones que defienden la libertad de información, los derechos de la comunidad LGBTTTQIA y la equidad en los procesos militares, a través de la página chelseamanning.org; y, también, como una especie de ataque discreto al director del FBI, James Comey, después de que sus declaraciones sobre una “investigación en curso sobre Hillary Clinton” a un par de días de las elecciones fueron vistas por muchos demócratas como una toma de postura a favor del candidato republicano.

La libertad de Chelsea puede leerse, también, como un último intento de Barack Obama de asegurar que el daño que Donald Trump pueda causar a la imagen global de los Estados Unidos no sea tan grave como podría ser; como un intento, también, de reafirmar su “legado”, seguro de que no sólo Trump, sino la mayoría del partido republicano luchará en el Congreso estadounidense para desarticular cada propuesta hecha durante su administración: desde los “dreamers”, hasta “Obamacare”.

Las constantes críticas a los asentamientos israelíes; la aplicación de condenas económicas a Rusia tras el hackeo al partido demócrata; la liberación, junto con Manning, del preso político Óscar López Rivera (líder de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, detenido en 1988 tras una campaña por independizar a Puerto Rico), y el discurso de Joe Biden, el vicepresidente en funciones, en el World Economic Forum en Davos apenas el día de ayer. El giro hacia una política más radical dentro del gobierno de Obama en estos últimos días de su administración quizá sea lo que, en un par de años, se recuerde de quien fue visto como una auténtica esperanza de cambio que, como muchas esperanzas, se quedó corta.

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