Esta no es una historia de conquista, sino de migración y persecución política

Jacarandas en el atrio del Palacio de Bellas Artes

Pocos árboles son tan representativos de la Ciudad de México como las jacarandas. Miles de estos árboles dejan sus alfombras lilas por las principales avenidas de la ciudad entre febrero y junio y son los favoritos de fotógrafos, turistas y capitalinos. Curiosamente, el árbol no es nativo de México y la historia como llegó a la capital atraviesa el porfiriato, la posrevolución y la migración.

Antes de que empiece la primavera, las jacarandas comienzan a iluminarse en decenas de avenidas, calles y jardines de la Ciudad de México; por unos cuantos meses, dejan su alfombra lila por el pavimento, camellones y techos y sus copas se carga de color. Sólo por esos meses, vale la pena los otros, cuando el árbol no es más que unas ramas secas con unos trazos de verde.

Aunque las pensamos oriundas de México (como las palmeras de las avenidas de la Colonia del Valle y Narvarte… que también tienen una historia de migración), son árboles que vienen de Brasil… pero no fueron importados por brasileños, sino por un par de jardineros japoneses.

Tatsugoro Matsumoto en su invernadero de Temixco
Tatsugoro Matsumoto, importador de las jacarandas en su invernadero de Temixco

Tatsugoro Mastsumoto era uno de cientos de inmigrantes japoneses que llegaron a finales del siglo XIX a México. A diferencia de los migrantes chinos, que sirvieron como “carne de cañón” prácticamente esclava para la construcción de vías férreas a lo largo de la costa del Pacífico, los japoneses fueron invitados al país para “mejorar” el paisaje urbano y desarrollar la ingeniería civil del país.

Matsumoto era un jardinero reconocido en su país, pasó por Perú y en México logró el éxito profesional: fue el diseñador de los jardines del Palacio de Cristal (el Museo del Chopo, pues), y su trabajo fue solicitado por “japonistas” como José Juan Tablada, para diseñar jardines japoneses en sus residencias particulares, tal como lo hiciera en Perú con la Quinta Hareen. (Vía: México Desconocido)

Quinta Hereen, en Lima; jardín diseñado por Matsumoto
Quinta Hereen, en Lima; jardín diseñado por Matsumoto (Imagen: Facebook)

El negocio de Matsumoto sobrevivió la Revolución, a diferencia de muchos jardines que diseñara, y su mano experta fue necesitada por la nueva élite para lo mismo que hacía en el porfiriato: diseñar jardines, pero ahora serían jardines públicos.

Pascual Ortiz Rubio, fascinado por los cerezos en flor de Washington, D.C., intentó hacer lo mismo en México, por lo que solicitó al gobierno japonés si nos enviaban unos cientos de cerezos para plantarlos en la Ciudad; Japón pidió la asesoría de Matsumoto, quien dijo que seguro se morirían, pues el clima mexicano no era benéfico para esos árboles tan delicados.

Cerezos en flor, en Washington, D.C.
Cerezos en flor, en Washington, D.C.

Pero ofreció otra opción, ya no a Ortiz Rubio, sino a Álvaro Obregón: sembrar jacarandas, árbol que recién había traído de Brasil y que estaba criando en su propiedad en una ex hacienda en Temixco, Morelos.

El clima de la Ciudad de México era idóneo para la planta subtropical y, como muchos árboles de floreo estacionario, podría colorear la ciudad. Obregón aprobó el plan y Matsumoto comenzó a trazar los camellones lilas. (Vía: Descubra a los nikkei)

Jacarandas en flor en el Jardín España, en la colonia Condesa
Jacarandas en flor en el Jardín España, en la colonia Condesa

Matsumoto no sólo fue un diseñador de jardines y quien alteró para siempre el paisaje de la ciudad: también ofreció su vivero en Morelos como un refugio y una segunda oportunidad para cientos de ciudadanos nipo-estadounidenses que huyeron de su país cuando comenzó la persecución racista durante la Segunda Guerra Mundial.

Estamos en plena época de jacarandas, ¿ya saliste a tomar miles de fotos?