#Vulvasaur: Es mi cuerpo y me tatúo si quiero

Claro que no lo recuerdo pero, cuando era bebé, me perforaron los lóbulos de las orejas. Es una costumbre muy común en Latinoamérica. Los adultos suelen asegurar que las recién nacidas ‘no sienten dolor’ y por eso se practica uno o dos días después del nacimiento, pero hay quienes consideran que es un procedimiento innecesario e invasivo. Finalmente, su único fin es que los extraños en la calle no hagan preguntas respecto al sexo del bebé: los aretes son un distintivo para las niñas. Uno que ellas no escogieron.

Cuando era adolescente moría por tener el pelo morado. Sin embargo, estaba en una escuela religiosa que prohibía cualquier tipo de apropiación del cuerpo, incluso usar pulseritas de hilo o delineador de ojos. En tercero de secundaria, cuando estábamos solas en casa, mi prima y yo nos pintamos el pelo por primera vez. Éramos jóvenes e inexpertas y llenamos el lavabo de salpicaduras violeta/borgoña, pero amé el resultado. Mi papá decía que parecía bruja con el cabello de ese color y yo, en el fondo, me sentía orgullosa de eso.

Mis abuelos intentaron, durante años, convertirme en alguien que no era. Me compraban ropa de color beige, faldas grises, marineras y pantalones a cuadros que terminaban olvidados en las profundidades de mi clóset. Yo quería ser como D’arcy Wretzki y usar vestidos de flores, chamarras de mezclilla y botas de combate, pero eso no iba acorde con la idea de niña ‘bien’ en la que querían convertirme.

Darcy Wretzki, Vulvasaur, Grunge
D’arcy Wretzki en los 90: no era una niña ‘bien’ pero sí una bajista superchingona.

Durante años he escuchado opiniones de los demás: “Se te ve mejor el pelo negro que el rojo”, “Te quedan mejor los aretes pequeños”, “Estás pasadita de peso”, “Estás muy delgada”, “Deberías dejar de comer chocolate para que se te quite el acné”, “Deberías cortarte el pelo”, “Deberías alaciártelo”, “Deberías comer más carne”. Un montón de imperativos no solicitados que acabé por interiorizar.

Tengo casi 29 años y, a pesar de que soy independiente y hace muchos, muchos años que salí de la escuela de monjas y no vivo con mis papás, no he podido dejar de autovigilarme. Siento que me han querido convertir en mi propia policía y hasta cierto punto lo han logrado. Existen muchas razones por las que quisieron controlar mi cuerpo pero acaso la más importante es que soy mujer.

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Hace dos semanas, una de mis mejores amigas me acompañó a hacerme mi primer tatuaje: en el antebrazo, unas plantitas que siempre quise. Lo pensé durante varios meses. Cuando ya tenía la máquina perforando mi piel de forma microscópica, cientos de veces por segundo, el dolor me hizo temblar. Sin embargo, mi miedo al juicio ajeno era mayor.

Si mi abuelo pudiera ver lo que estaba haciendo con mi propio brazo, seguramente lo reprobaría. Algunos familiares opinarían que los tatuajes son cosa de ‘vagos’, de clases bajas, de mujeres ‘fáciles’. Mis maestras de la secundaria dirían que es una lástima que una niña ‘tan bonita’ terminara por tatuarse. La sociedad me condenaría. Y yo lo sentía a pesar de que vivo en la Ciudad de México, donde los tatuajes son la cosa más normal del mundo (el nuevo lema de la CDMX: donde los tatuajes son la cosa más normal del mundo) y no es como que la gente ande pendiente de la vida de los demás, cada segundo del día.

El dolor que sentí mientras mi tatuaje de casi 13 centímetros se recuperaba fue, también, prueba de que había tomado una decisión permanente y propia respecto a mí misma por primera vez. Elegí lo que quería y dónde lo quería, quién y cómo lo vería. Por fin, a finales de mis veintes, empecé a desobedecer. No iba a seguir siendo la persona que querían que fuera, sino yo misma. Y eso implica tener tres suculentas gigantes en el brazo derecho que, sin querer, ahora simbolizan el reclamo del cuerpo. Mi propio cuerpo.

Por Gaby Castillo (@gabyzombie)

Por: Redacción PA.