¿Por qué será que Netflix insiste en producir historias de ricos?

Apenas ayer, Netflix Latinoamérica anunció el estreno, el próximo 23 de septiembre, de su primer ‘reality show’ en México: Made in Mexico. Todavía no queda claro el estilo del programa (si será un Big Brother o un Aca Shore, pues), pero los dedos no dejan de apuntar un problema de la plataforma: su necedad de sobrerepresentar historias y problemas de los ricos en México. 

Desde Club de Cuervos hasta este nuevo reality show y la serie La Casa de las Flores, Netflix parece obsesionado, al menos en Latinoamérica (y en específico en México) en sobre representar los problemas, fallas y ‘falsedades’ de las clases altas del país.

El lugar común (e inescapable) ha sido equiparar estas producciones con las telenovelas, obviamente como una especie de insulto: en ese sentido, decir que algo ‘se parece’ o ‘es’ una telenovela cancela cualquier interpretación no sólo de qué podría decir de quienes los consumimos sino del mismo valor intrínseco (en su contexto) tanto de las telenovelas como de las producciones de Netflix.

Acéptalo, tú también has visto telenovelas

Muy pocas cosas han tenido el impacto social y cultural como las telenovelas. Aceptémoslo o no, esta forma de narrar historias atraviesa clases sociales, formación académica, experiencias de vida e ideologías: todos conocemos frases de Soraya Montenegro aunque sea por memes o por cómo reaccionan tíos y tías ante los momentos más telenoveleros de nuestras familias.

Justo eso: las reacciones frente a los momentos dramáticos, son la evidencia más transparente del impacto que han tenido en sesenta años: Senda Prohibida, protagonizada por Julio Alemán y Silvia Derbez, fue estrenada en 1958.

Así como hay una historia detrás de la homogenización de estas ‘nuevas’ telenovelas de Netflix, que Mike Martínez traza perfectamente a Nosotros los Nobles, de Gaz Alazraki; las primeras telenovelas respondieron de igual manera al cine de la época: el cine nacionalista de la ‘época de oro‘.

Dramas amorosos de familias otrora nobiliarias en la gran ciudad o de rancheros (patrones, claro), determinaron el género que, con el paso de los años se fue convirtiendo en una parodia de sí mismo.

Entonces había muy pocas opciones de entretenimiento y, por razones tan complejas como conocidas, una sola empresa (al servicio de un partido único) transmitió por décadas las mismas historias base con unos cuantos giros.

La llegada de Tv Azteca significó un giro para las telenovelas, de la mano de Epigmenio Ibarra y su casa productora Argos. Narcotráfico, periodismo, corrupción, sexualidad de mujeres mayores, todo lo que hoy es visto como transgresor de La Casa de las Flores apareció en Nada PersonalMirada de Mujer y otras producciones.

Con más opciones, curiosamente, no llegó el declive de la telenovelas, al contrario: se replicó el formato en series, realities, incluso campañas presidenciales. Si el género era ‘el rey’ por la poca competencia, ¿qué nos dice de nosotros mismos si seguimos viendo telenovelas?

La distinción del morbo

Aceptémoslo: Netflix no hace series para esos mismos ricos que dice representar en sus series. Incluso si esa clase social ve Club de Cuervos lo entiende más como una parodia de ellos mismos que como una representación o un ‘vistazo’ a la vida diaria de ellos y sus amigos.

A diferencia de las telenovelas tradicionales, éstas no representan una sociedad escindida entre ricos y pobres, no confronta formas de vida ni economías (mucho menos los costos políticos, morales o económicos de esas vidas de ultra lujo que pueden darse): la razón es bastante sencilla, se saben caricaturas.

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Así como Shrek destruyó para siempre el género de los cuentos de hadas, la misma absurdidad de las telenovelas acabó por convertirlas en parodias de sí mismas. Tanto La Rosa de Guadalupe como La Casa de las Flores son la misma respuesta a un mismo fenómeno.

Curiosamente, mientras La Rosa de Guadalupe se ha convertido en una comedia que golpea ‘hacia abajo’, evidenciando mucho del clasismo y la condescendencia desde la que los productores ven a sus espectadores, Netflix es una comedia que ‘golpea hacia arriba’ y, a veces, a los lados: los chistes son contra la clase misma que dice representar.

Niño de Rivera: cuando los ricos se ríen de todo, menos de sí mismos

Al contrario de los standuperos clasistas y poco (o nada) creativos, lo que ha asegurado la permanencia y el éxito de las series de Netflix es justamente su carácter telenovelero que se burla de quienes, por regla general, son representados como seres bondadosos o genios malvados (pero nunca como entes mediocres, ridículos, patéticos y moralinos).

¿Made in Mexico repetirá esa fórmula de evidenciar lo ridículo de una clase social que no puede más que parodiarse a sí misma o será otro reality más sin nada que ofrecer más que el tonito fresa de siempre? La netflix, quién sabe.

Raúl Cruz V. ⎢ @rcteseida

Por: Redacción PA.