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Encierro inhumano del Chapo levanta dilemas éticos sobre cárceles norteamericanas

La captura, detención y extradición de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, sigue siendo material no sólo de telenovela sino de debate ético. Recientemente el narcotraficante que se ha fugado dos veces de la justicia y que por años fue el criminal más buscado del mundo, sólo a la par de Osama Bin Laden, ahora es notorio por las quejas que tiene sobre el trato recibido en el Centro Correccional Metropolitano, una cárcel que todos juzgan inhumana. Ahora que sus quejas empiezan a hacer eco en al prensa norteamericana, algunos se preguntan con qué autoridad moral puede el Joaquín Guzmán pedir un trato digno cuando es el autor de cientos de crímenes. La respuesta es materia de juristas pero también de filósofos: ¿quién merece un trato digno?, ¿cuándo un castigo se torna cruel?

desde su extradición en enero El Chapo ha mostrado molestias por el trato recibido en prisión.

Encerrado 23 horas al día, al Chapo apenas se le permite ver a su abogado; no tiene permitido reunirse con familiares, mucho menos con la prensa. A quienes están encerrados en aquellas minúsculas celdas se les otorgan solamente una hora para “recreo” en otra sala, igual de minúscula, que cuenta con una bicicleta fija, una televisión y, acaso, el mayor lujo al que se puede aspirar en esa prisión, una ventana por la que asoma la parte baja de la isla de Manhattan. (Vía: Vibe)

Las condiciones infrahumanas del Centro Correccional Metropolitano han sido descritas como peores que Guantánamo en boca de aun terrorista preso en ambas cárceles. “Si quieres diseñar un lugar para volver loca a la gente de manera intencional, sería difícil hacerlo mejor”, declaró un defensor que ha tenido contacto con las instalaciones de esta prisión salida de un cómic.

Sin embargo no es una cárcel perfecta: en los noventa, una pifia garrafal permitió que un preso saliera por la puerta principal. Igualmente famosa fue el intento de huida ocurrido en el 81 en que un prisionero casi logra subir a un helicóptero previamente secuestrado. (Vía: New York Times)

Es por esto que el Chapo ha mostrado su molestia por las condiciones de su encierro. Su abogado a hecho llegar a las autoridades estadounidense las quejas del narcotraficante. Sus quejas de pronto, han obligado a muchos a preguntarse por el estado de las cárceles norteamericanas y si deberían cambiar por un modelo que pueda considerarse mínimamente humano; sobre todo tomando en cuenta que la guerra contra las drogas ha encarcelado mucha mas gente de la que ha salvado. 

Aunque la prisión cuenta con cancha de básquetbol donde puede verse a algunos reos jugar desde el juzgado adyacente, los prisioneros como El Chapo no pueden unirse al juego. Al ser considerado de máxima peligrosidad (vaya, como Kinpin) Joaquín Guzmán Loera se encuentra en la sección denominada como 10 South. En esta sección ninguna norma es exagerada: la ranura de la comida se cierra apenas pasa la charola, la mirada de las cámaras de seguridad siguen a los reos incluso en las duchas y las pocas ventanas están esmeriladas para no ver hacia el exterior.

Incluso la comunicación escrita provoca sospecha: los periódicos y las revistas se entregan con meses de retraso y censuradas a tijeretazos; radios, televisiones y celulares son auténticas extravagancias que ningún reo, por más poderoso, es capaz de conseguir. Este coctel de reclusión y confinamiento que algunos consideran una auténtica cámara de tortura avalada por el gobierno de los Estados Unidos, ha provocado secuelas en los reos que van desde el incremento en casos de hipermetropía agravada por la luz que nunca se apaga, hasta simple y llana locura. Para las autoridades ninguna medida es drástica a la hora de encerrar en la isla menos insular del planeta a los reos más peligrosos del orbe. (Vía: New York Times)

El centro penitenciario que actualmente cuenta con casi 800 reos desde hace tiempo es el ojo del huracán en una controversia sobre el sistema penitenciario norteamericano. Las denuncias de reos y abogados no son menores y difícilmente pueden ignorarse. El muy reciente suicidio de un reo en Massachusetts ha puesto de nuevo el dedo en la yaga: las autoridades norteamericanas se rehusan a optar por una reforma penitenciaria pero la realidad se esfuerza en desmentirlos. (Vía: Boston Herald)

Ahora, no pocos asumen que las quejas de Joaquín Guzmán Loera podrían desembocar en que pronto abogue por una reforma penitenciaria. Sin embargo, también muchos se preguntan por la suficiencia moral de alguien que reclama por un trato humano cuando es acusado de haber provocado la muerte de miles de personas. El dilema no es menor en un país que cuenta con pena de muerte: ¿el castigo debe ser igual de cruel que el crimen? ¿El Estado debe rebajarse al nivel del infractor? 

¿Podría ser El Chapo la voz que por años han esperado los defensores de derechos humanos para cambiar radicalmente las cárceles norteamericanas? Para muchos las cárceles son el reflejo más fiel de lo que somos como sociedad. La humanidad es una categoría biológica pero su dimensión más importante es conductual: cómo nos comportamos nos define como humanos; no al revés. En la palabra “humanidad” apenas depositamos los rasgos que más nos gusta atribuirnos como sociedad y como especie; y entre esos rasgos sobresalen la bondad y el perdón. Sin embargo, la crueldad también es netamente humana: ningún otro animal comete nuestras atrocidades. Responder a un crimen con otro es la forma mas eficiente para alejarse de la justicia. El trato digno debe empezar justamente por aquellos a los que muchos nos gustaría excluir de esa categoría ética que tanto se tambalea ante dilemas así: “humano”.