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Lorraine Warren no era ninguna heroina: a lo mucho, era la villana

Warren, inmortalizada en el universo de El Conjuro, está lejos de ser la mujer benevolente que retrata el cine
Lorraine Warren no era heroína: era la villana

Todo el mundo parece estar conmocionado por la muerte de Lorraine Warren, la mujer real detrás de casi todos los casos en el universo de The Conjuring. Pero pocos saben quiénes fueron verdaderamente los Warren y qué implica su legado cultural.

El universo de The Conjuring ha recolectado más de mil 500 millones de dólares en taquilla con cinco películas. Y, en medio de todo esto, la imagen de los Warren está representada por la apuesta pareja de Patrick Wilson y Vera Farmiga. Por eso, la idea que prevalece es la de una adorable pareja de demonólogos y buscadores de lo paranormal que dieron vida a una de las sagas de horror más exitosa de la historia.

¿Pero quién eran verdaderamente estos polémicos investigadores de lo paranormal? ¿Y eran tan maravillosos como se les describe?

El mago Wan

El universo de The Conjuring muestra a los Warren como guerreros combatientes de la fe. Una pareja religiosa y compasiva que se dedica a salvar a desgraciados alrededor del mundo que han caído en las manos de espíritus malignos.

Los Warren, así interpretados, combaten del lado correcto y los escépticos, los paladines del pensamiento crítico, viven en la oscuridad, lejos de Dios. En este sentido, las películas de The Conjuring han insistido en mostrar a los Warren como la encarnación misma de las verdades católicas en un mundo que no las acepta. Como si la lucha de esta pareja de demonólogos fuera equivalente a la de Galileo frente a la inquisición.

En ese sentido, los Warren, en el imaginario de James Wan y de su ultracatólico guionista y colaborador Gary Dauberman, representaban los ideales de la fe, de la familia, de la valentía, la abnegación y la fidelidad. La química innegable entre Farmiga y Wilson acababa de consolidar esta idea con hermosos bailes navideños y cantos de Elvis junto a una fogata: son sensuales, pero casados y dados al servicio de dios. Si poseen esa necesaria atracción sexual que exige el cine de Hollywood, no la tienen por vicio ni por fornicio sino para darle otro soldado a su trabajo divino.

Es por esta imagen mítica que se ha creado de los Warren que vemos tantos epitafios extraños, tanta gente lamentándose y tantos alabando su incansable trabajo. Creo que pocos han leído sus libros o investigado sus casos… pero muchos tienen la imagen de alguien bueno que murió.

Esa es la imagen de Ed y Lorraine Warren. Pero esa no es la realidad de sus vidas. Y su mitificación es un terrible síntoma de un Hollywood que, como ellos, explota las creencias más arraigadas de la gente para lucrar.

Los magos Warren

Ed y Lorraine Warren se convirtieron, en los años setenta, en los más importantes investigadores de lo paranormal: fundaron institutos, dieron pláticas, eran el centro de la especulación de tabloides y empezaron a retumbar en las paredes llenas de ecos de la cultura popular.

El 13 de noviembre de 1973, Ronald DeFeo Jr. mató a sus dos padres con una escopeta. Después le disparó a sus cuatro hermanos de 18, 13, 12 y 9 años. Finalmente, dejó la escopeta, salió de la casa, fue a un bar local y pidió a los comensales que lo ayudaran porque, al parecer, sus padres habían sido asesinados. Cuando lo juzgaron, su abogado, William Weber, trató de conseguir una condena menor argumentando que su cliente escuchaba voces. Los fiscales desestimaron esta defensa y DeFeo todavía se pudre en prisión.

Cuando ocurrió este caso, diversos investigadores de lo paranormal acudieron a la casa en Amityville para encontrar rastros de la posesión que llevó a un joven hombre, en apariencia normal, a matar a su familia. Entre ellos estaban los Warren. Pero otra pareja rentó la casa y, antes de que ellos pudieran conseguir una historia, publicaron un libro. Se trataba de los Lutz que, con la ayuda de Weber, el abogado de DeFeo, y un escritor llamado Jay Anson, publicaron una tremenda historia de fantasmas, posesiones, olores pestilentes, moscas, excrecencias, pesadillas y persecuciones. El libro, llamado The Amityville Horror y publicado en 1977, produjo enormes cantidades de continuaciones y tuvo un impacto decisivo en el horror moderno. También, se convirtió en un tremendo bestseller y recaudó millones de dólares.

Todo esto lo entendieron rápidamente los Warren. A partir de este caso que se les había ido entre las manos, no volvieron a dejar pasar una ocasión para lucrar con casos paranormales. Uno de los más polémicos fue, por ejemplo, el de la casa de la familia Snedeker.

10 años después de Amytiville, los Warren ya eran personajes famosos. Y en la casa de los Snedeker, encontraron, como bien narra el escritor Iván Farías, una oportunidad única para explotar una historia terrorífica: ésta era una casa tétrica con residentes bastante turbios y construida sobre una antigua funeraria. Así lo narró, en entrevista, el escritor Ray Garton:

“Me ofrecieron el trabajo, porque solía leer las hazañas de Ed y Lorraine Warren en el National Enquirer, cuando era un niño. Fui a Connecticut y pasé tiempo con el Warrens y los Snedeker. Cuando me di cuenta que los Snedeker no podían mantener sus historias de forma coherente, fui a ver Ed Warren él me explicó el problema: ‘Están locos’, dijo, ‘todas las personas que acuden a nosotros están locos, es por eso que vienen a nosotros. Sólo tienes que utilizar lo que puedas y hacer tú el resto. Escribes libros de terror, ¿verdad? Bueno, lo arregla lo que te digan y hazlo de miedo. Es por eso que te contratamos”.

Al final, Garton terminó la historia a pesar de no haber visto ninguna prueba de elementos sobrenaturales. Por eso, pidió a los Warren que publicaran su libro como una ficción, cosa que desestimaron completamente. La película que se basó libremente en su libro, en 2009, The Haunting in Connecticut, también rezaba “basada en una historia real” al principio.

Con todo, los Warren ya habían amasado una buena fortuna vendiendo libros, historias, experiencias (a más de 1000 dólares por presentación) y entrevistas. Incluso, fundaron un museo en su casa que, por la módica cantidad de 12 dólares con 50 centavos todavía, recientemente, podías recorrer.

Los Warren se ganaron la vida vendiendo historias que, tal vez, ellos creían… pero que continuamente han sido cuestionadas. Si lo hicieron con completo conocimiento de los casos, como sugieren las entrevistas con Garton, o fueron absolutamente sinceros en su convicción sobre lo paranormal, nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que sus actos fueron, en distintas ocasiones, irresponsables.

El 10 de febrero de 1981, pasando las seis de la tarde, Arne Cheyenne Johnson se acercó a su casero y le clavó un enorme cuchillo en repetidas ocasiones en el pecho. El casero, un hombre de 40 años llamado Alan Bono murió por sus heridas frente a Debbie Glatzer, la prometida de Johnson, que vio todo. Cuando llegó a la corte, Arne Johnson alegó, con sus abogados, que en el momento del asesinato estaba bajo posesión demoniaca y que no era responsable de sus actos.

Tiempo atrás, el hermano de Debbie, David, había tenido ataques y convulsiones, según la familia, que eran consistentes con una posesión diabólica. Desesperados, acudieron a los Warren que, supuestamente, realizaron exorcismos y sacaron a 43 demonios del cuerpo de David. Más de seis meses después, cuando Johnson mató a su casero, Debbie testificó que su prometido había alojado a los demonios que los Warren habían sacado del cuerpo de David.

Con estas declaraciones se montó la defensa de Arne Cheyenne Johnson. Ahora, los Warren se enfrentaban a su propia irresponsabilidad: si admitían que el exorcismo no había ocurrido o que no era real, podían condenar a Arne Johnson, pero perderían toda credibilidad; si sostenían su versión podían ayudar a un asesino a evadir la justicia, pero mantendrían intacta su integridad. Evidentemente, los Warren nunca negaron los hechos.

Por suerte, el jurado desestimó la ridícula defensa de la posesión demoniaca. Pero este caso muestra muy bien cómo las historias de los Warren podían tener ramificaciones peligrosas. La inocencia aquí no excusa la irresponsabilidad.

La magia negra

En The Conjuring 2 vemos un problema frecuente con las historias de los Warren: se comercian en Hollywood como películas de terror sobrenatural absolutamente exageradas, pero que, por virtud de los famosos ocultistas, pueden decir que están “basadas en hechos reales”. El caso de Enfield sigue siendo uno de los sucesos más controvertidos en la historia del ocultismo británico. Tanto Maurice Grosse, como Anita Gregory, la familia y los Warren, fueron personajes reales en todo este espectáculo mediático que se dio a finales de los setenta.

En el caso real, por supuesto, nada fue tan extremo y hubo muchísimas dudas sobre la veracidad de los avistamientos paranormales. James Wan retoma el marco general de esta historia añadiendo mucho de su propia cuchara y centrando el tema de la presencia demoniaca no en la familia inglesa sino alrededor de la labor divina de Ed y Lorraine Warren.

Así, no se trata nada más de un caso de hostigamiento por un poltergeist que se encarnaba en un viejo llamado Bill (como siguieron afirmando las hermanas Hodgons reales) sino de un demonio que, actuando por voluntad propia o bajo órdenes del infierno, quiere atacar a la pareja de demonólogos.

La historia gira entonces, alrededor de la labor de estos dos personajes reales, volviéndolos una hermosa pareja que cuenta la historia de su matrimonio cada que puede, que mantiene el deseo sexual pero que son puros en intenciones, que leen la Biblia en sus ratos libres y que están dispuestos a sacrificarse para salvar a cualquier desprotegido de las armas ocultas de Satán.

Son una representación hermosa y perfecta de los soldados de Dios y el problema con esto es que Ed y Lorraine Warren, por más que han contribuido maravillosamente a la cultura popular y el imaginario del género de horror, siguen siendo dos personajes bastante turbios a los que les gustaba el espectáculo mediático y que lucraron enormemente de la credulidad de la gente.

La cinta muestra a los escépticos (en particular, a Anita Gregory) como personas testarudas y rígidas, violentas y despreciativas, que no pueden entender el trabajo de la fe. La idea, al final es que aquellos que no creen en los fenómenos paranormales pueden resultar siendo los que permiten las tragedias de origen desconocido. Los Warren no son responsables de nada, son aquellos que los cuestionan que causan peligro en el mundo.

Los Warren son los guerreros de la fe contra las limitaciones del pensamiento crítico, del pensamiento científico, que quiere desmitificarlos. Toda la cinta, como muchas otras dirigidas o producidas por James Wan con la escritura de Gary Dauberman, se convierten entonces en un mecanismo de propaganda católica. Tienes que creer en ese Dios para poder aceptar las premisas de esta cinta; tienes que creer en ese Dios para desterrar a los increyentes, a los que se oponen a la labor divina en la lucha trascendental contra lo oculto.

Con este tipo de propaganda, Wan creó una mitificación horrible de unas figuras bastante cuestionables. Y si ahora, tras la muerte de Lorraine Warren, Twitter explota con lamentaciones por su muerte es porque, en el imaginario, ya se instauraron como paladines de una bondad sobrenatural que no les corresponde fuera de la ficción. En el universo de más ficciones Ed y Lorraine Warren pueden ser lo que quieran. Pero, en nuestro mundo, representan algo profundamente terrenal y terrible: la cupidez, el abuso de confianza, la mistificación y la explotación de la miseria crédula.

Ese es el mero elemento de muchas religiones espectaculares: enriquecerse a través de la explotación de la miseria humana. Y, en ese sentido, al fundar su propio mito y explotarlo, Ed y Lorraine Warren fueron los mejores religiosos.

Lorraine Warren creía en el infierno… y si ella tenía razón, tal vez ahora lo encuentre.

por Nicolás Ruiz (@Pez_out)