En la entrega 59 de los Ariel se escuchó un solo reclamo: ‘No hay dinero’

La noche de ayer fue la entrega 59 de los premios de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), los Premios Ariel. Este año fue una entrega diferente por dos motivos: en 2017 se cumplieron 70 años de la primera entrega de los Ariel, y este año, tras el recorte presupuestal de 77% a la AMACC, la ceremonia estuvo a nada de ser cancelada.

Las entregas de premios de cualquier disciplina son una cosa compleja cuando menos: un jurado a veces grande, a veces sesgado, las más de las veces anónimo, determina qué es lo mejor de un pozo que, las más de las veces, nadie más que el jurado conoce.

Este año, 174 personas formaron el jurado de  la AMACC: ganadores, o al menos dos veces nominados a un premio, pasaron revista de 131 películas (55 largometrajes, 66 cortometrajes y 10 películas iberoamericanas) y fueron seleccionándolas para llenar categorías. Este año se estrenaron tres: mejores actor y actriz “de cuadro” (actores “esenciales para la película” pero que sólo aparecen brevemente) y efectos especiales. (Vía: La Jornada)

Los Ariel fueron creados en 1947 como un eco de la entrega de los premios Oscar en los Estados Unidos: vaya, hasta la estatuilla se parece… Y, si bien las circunstancias en las que se crearon difieren mucho a cómo sobreviven hoy en día, seguir haciendo la comparación con los premios Oscar es necesario, en un momento en el que los dos premios se han volcado hacia una especie de discurso político: si en Estados Unidos la palestra del Teatro Dolby sirvió para lanzar discursos contra Donald Trump y el partido republicano, el Palacio de Bellas Artes sirvió para que una y otra vez actores, actrices, guionistas y directores recordaran dos cosas: lo “mal que estamos en el cine mexicano” y la corrupción reinante en México. (Vía: Sin Embargo)

Vamos por partes… No por el lado de la corrupción, que ese innegable e indefendible, pero por el lado de “cada vez estamos peor”, porque si algo confirmó el número de producciones cinematográficas, es que, al menos en cuanto cantidad, nunca habíamos estado mejor.

Los filmes mexicanos rara vez llegan a las salas comerciales, y esas “raras veces” se debe, principalmente, a dos razones: que la película tenga como productora y distribuidora a una de las tres principales del país (Corazón, Televisa o Cinépolis), o que haya dado la vuelta al mundo, haya ganado cuanto premio haya que ganar y regrese triunfante (como pasó con Güeros el año pasado y La Cuarta Compañía este año). Eso no significa, ni de cerca, que la producción de cientos de películas esté estancada esperando que se abran salas, sino que, más bien, cientos de películas ya terminadas esperan distribución.

Si bien es cierto que mucha de la industria fílmica nacional depende de becas y estipendios del gobierno (provenientes de la Secretaría de Cultura, el Instituto Mexicano de Cinematografía o los gobiernos estatales); también es cierto que hay mucha producción menor e independiente que está proponiendo y arriesgando capital.

 

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Los mismos patrocinadores de los Ariel son las salas de cine que, en buena medida, son las responsables de que esas mismas películas no sean vistas: México está entre los primeros países en cuanto a costo por sala para los estudios y las productoras, cuando hay monopolios (o duopolios), nadie gana más que los acaparadores del mercado.

Dolores Heredia, la presidenta de la AMACC, insistió en un momento de la ceremonia en el olvido de la industria de parte de “las autoridades”, y también es cierto: desde finales de los 80, el gobierno ha reducido su gasto en el “impulso” del cine y las artes y ha favorecido al mercado, lo que resultó un golpe fulminante con la entrada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte: ¿cómo una pequeña película mexicana podría competir con una de Paramount, Universal o Disney?

Pero habría que prestar atención a las formas como los gobiernos locales han patrocinado (o han hecho mecenazgo, para que no suene tan duro) con el cine y la televisión. Los gobiernos estatales e Guerrero, Chiapas, Quintana Roo, Puebla y Jalisco se han caracterizado por sus infladísimos gastos en publicidad, y parte de éstos van hacia el “apoyo a la industria cinematográfica”.

Si bien películas como HeliGüeros o, incluso, las de Luis Estrada, se construyen desde la crítica más mordaz a las instituciones mexicanas, buena parte del cine mexicano actual -ese que nos piden ver y consumir a cada momento estos mismos actores que critican al gobierno- es un cine que, sin criticar el sistema, se convierte en parte de él.

Necesitamos con urgencia un cine que nos hable… Tenemos un cine que nos habla directamente pero que no podemos ver; tenemos un cine que ni siquiera es visto por quienes lo producen, y, también, tenemos una casta de actores, actrices, directores y guionistas que, si bien hacen un trabajo valiente y arriesgado, no dedican, tampoco, mucho tiempo a verse en un espejo para criticar sus fallos… Sí tenemos el cine que nos merecemos, ¿no?

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