#PuroIris: ¿El rock aún puede hacer canciones de protesta?

Hubo un tiempo en que el rock se asociaba siempre con protestas. Muchos movimientos sociales del siglo pasado, del 68 en adelante, tuvieron como soundtrack a muchos músicos de rock de aquel entonces. Asociado a la juventud, el rock parecía indistinguible de las inquietudes sociales y políticas de quienes lo escuchaban.

Eso cambió severamente cuando llegó el hip hop y las rimas francas sobre beats sintéticos se volvieron el género musical de protesta por antonomasia; hasta en Hora de aventura, Finn y Jake componen un rap político para radicalizar a los habitantes del infierno. ¿Aún es posible escribir canciones políticas que incluyan guitarras? Depende de a quién escuches.

En un tiempo donde el rap parece tener el monopolio de las consignas es casi una rareza escuchar a una banda de rock lanzar una queja directa sobre su entorno. Desde finales de los noventa, el rock se volvió un fenómeno predominantemente de clases medias que, de estar inconformes con el mundo, no lo demostraban con su música.

Sin embargo hay un caso reciente que me hace pensar que el rock aún puede ser (quién lo diría) un vector para la rebeldía. Muy recientemente la australiana Courtney Barnett lanzó su segundo disco, Tell Me How You Really Feel el cual, sin llegar a las altas cuotas de calidad de su predecesor, mantiene el aire tan dulce como agrio que distinguió a su debut Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit.

De este álbum se distingue peculiarmente “Nameless Faceless”, un tema que combina versos de rasgueos prístinos con un coro disonante. A la forma de Pulp, la música suave se acompaña de letras crudas. Mientras en el verso Barnett responde a sus detractores, incapaces de reconocer que una mujer compone temas tan alegres como salvajes, en el coro ella se decanta por una consigna específica:

“Quisiera caminar en el parque a oscuras,
los hombres temen que las mujeres se rían de ellos. 
“Quisiera caminar en el parque a oscuras,
las mujeres temen que los hombres las maten.
Sostengo mis llaves entre los dedos.

Bajo ninguna circunstancia su alegato es menor ni sus temores despreciables. A la queja cruda que lanza en el coro, Barnett añade en el verso una mención para un rabioso troll que literalmente dijo que “podía comerse un plato de sopa de letras y escupir mejores letras que ella”.

Es difícil celebrar el aparente ingenio contenido en este insulto que recibió la australiana; Antonio Alatorre decía que las reseñas negativas hablan más de quien las escribe de quien las recibe. En este comentario no hay ingenio, hay resentimiento infundado. Pero ese insulto de un troll le dio una clave a Barnett para hilar dos temas que solo en la superficie parecen inconexos: la ira de sus detractores y el temor que siente quien ve en sus llaves una improvisada arma blanca.

“Nameless, Faceless”: los comentadores anónimos y los agresores sin rostro. Aunque sus fechorías son distintas, son caras de un mismo problema. 

Mark Savage de la BBC califica la habilidad lírica de Barnett como “forense”, por la forma en la que hila y explota anécdotas mínimas de su vida cotidiana para engrandecer un tema, como lo demostró en “Pedestrian at Best”, el single estrella de su anterior disco, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit.

Aquí ocurre un fenómeno peculiar: si en los sesenta Dylan y compañía llamaban a las revueltas masivas, hoy los letristas llaman a rebeliones específicas. En una época individualista, es inoperante convocar a la totalidad de tus escuchas. Puedes apelar a tu comunidad, como Lamar, o a tu género, como Barnett.

Barnett no es la única que usa estrategias semejantes; si en los noventa Kim Gordon le dedicaba varias canciones de Goo a sus machismo con en que se enfrentó en su vida, St. Vincent hizo de “Cruel” un alegato en contra de esa forma de la opresión que se confunde con el romance. En la música aún hay espacio para la rebeldía, pero, a diferencia de las bandas fresas de rockcito soso, solo puede ser rebelde quien se sienta inconforme. 

@edegortari