#PuroIris: King Gizzard & The Lizard Wizard en el Hipnosis

En ocasiones, la odisea alrededor de un festival es tan memorable como el festival mismo. Cuando desperté el sábado, no tenía planeado acudir al Hipnosis. Cometí la enorme torpeza de equivocar el estudio donde ensayaría con mi propia banda; sin querer, mi idiotez canceló el ensayo, en una ciudad donde errar una dirección te cuesta al menos hora y media de vida. Paralelamente, por primera vez mi boleto salió ganador en una rifa a la que entré por accidente. El premio fue un boleto para acudir apresuradamente, casi de noche, al festival donde se presentaría King Gizzard & The Lizard Wizard.

Aunque había peinado su discografía con cierto rigor desde que publicaron I’m in Your Mind Fuzz en 2014, King Gizzard & The Lizard Wizard me parecía un milagro de la música, pero uno que aún estaba por ocurrir. Acaso no me tomaba tan en serio su proyecto porque ellos tampoco parecían hacerlo; y acaso ese era el chiste que no entendí a tiempo.

Era difícil saber si los integrantes de King Gizzard & The Lizard Wizard eran unos soberbios o unos juguetones: un día Stu Mackenzie, guitarrista y líder del grupo, se propone aprender un instrumento nuevo por año y al día siguiente el grupo de Melbourne decide publicar 5 álbums en menos de un año, todos con calificaciones respetables, aunque no perfectas.

Cuando el lodo ya había manchado las rodillas de la mayoría, King Gizzard & The Lizard Wizard (Dios, cómo me gusta escribir un nombre absurdamente largo) apareció en el escenario con un setlist que podría venderse en años futuros como su Greatest Hits, desde “Rattlesnake” hasta “Crumbling Castle”, ambas de lo mejor sucedido en el rock durante el 2017. Mezcla de surf virtuoso y psicodelia orgánica, el sonido de los chicos de Melbourne a hecho soñar a varios reseñistas con mundos paralelos donde The Mars Volta fueron menos pretenciosos o Tame Impala menos poperos.

Seguramente, a estas alturas el grupo australiano ya debe saber a la perfección que son favoritos de los reseñistas que apuestan cada año por un “nuevo Radiohead” que nunca llega. No parecía importarles. No parece importarles ni siquiera verse imponentes sobre el escenario. Por el contrario, Stu Mackenzie agita la cabellera en los solos no como un héroe de la guitarra sino como un chamaco asombrado de su propio talento que juega a ser un rockstar sin proponerse ser uno. Todos sus gestos, desde las patadas voladoras en medio de un riff hasta la guitarra alzada en los solos, parecen más propios de alguien que juega Guitar Hero que de alguien que, de hecho, ya es un ídolo del instrumento.

Me costó mucho entender finalmente que el mejor atributo de este grupo es su compromiso con ver la música como un juego; ni un medio de comunicación ni un mero negocio ni una mampara para el ego: su música es un afortunado juego de equipo. Publican 5 discos en un año porque, claramente, no les importan tanto equivocarse como pasarla bien; el ego es perfeccionista y el perfeccionismo produce poco. La diversión, por el contrario, es maximalista, lo quiere todo al mismo tiempo.

Hacía tiempo que me hacía falta ver vituosos que se divirtieran tanto, como si estuviéran en un videojuego y no en un festival lleno de hípsters mugrosos. Seguramente, en 30 años se hablará de los conciertos de King Gizzard & The Lizard Wizard con la misma reverencia que ahora merecen los shows de King Crimson. En 30 años sin duda se escribirán hagiografías, pero antes los aspirantes a santos deben cumplir sus milagros. Ayer presencié uno: el de la inocencia virtuosa.

Por @edegortari

Por: Redacción PA.