Lo que debemos recordar de Sergio Pitol, fallecido a los 85 años

Hay pocas eventualidades más extrañas que conocer a un escritor porque leíste su obituario. A veces conocer a una autor porque ha fallecido da la sensación de haber llegado tarde a una fiesta espléndida. A quien esto escribe le pasa todo el tiempo; y, además de mi ignorancia, eso tiene una razón editorial: admitamos esa crueldad del periodismo: muchos autores espléndidos son noticia solo hasta que fallecen. Hoy, por desgracia, sucedió con Sergio Pitol.

De ahí que hoy mi duda sea quién exactamente lee o debería leer los obituarios: ¿los amigos del fallecido?, ¿los que se jactan de haberlo leído completo?

Se quiera o no, algún lector, joven o no, furioso o casual, se habrá enterado hoy mismo de la existencia de Pitol, aun cuando se trataba de nuestro escritor más radical, acaso el más influyente que dio México al mundo desde Octavio Paz. Con todo y el Premio Cervantes, no fue ni de lejos igual de famoso, si es que la fama que dan los libros puede considerarse fama a secas.

Sus libros tienen el mérito de ser auténticamente inclasificables, híbridos entre la novela, las memorias y el ensayo. Ese gesto radical logró contagiarlo con éxito a autores como Enrique Vila-Matas. En ese sentido, hay dos anécdotas que podrían dibujar a la perfección cómo era Sergio Pitol.

Álvaro Enrigue cuenta que hace unos años, envalentonado por haber terminado un libro de cuentos que podía leerse como una novela, decidió enviarle el manuscrito a Pitol, desde Washington hasta Xalapa. Según dice el autor de Muerte súbita, Pitol, a quien nunca había conocido en persona, le marcó por teléfono únicamente para decirle en plan Yoda, maestro jedi literario: “Escribe con absoluta libertad”. Y colgó.

¿Quién marca solo para comunicar un mantra decisivo? Acaso alguien que se forjó como traductor en barcos. Cuenta la leyenda que en un punto particularmente precario de su vida en Europa, Pitol conseguía varias traducciones en Barcelona y se subía por meses al camarote de un barco mercante para traducirlos mientras daba la vuelta al Mediterráneo.

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Da mareo saber que esas exactas traducciones de Conrad o de Austen se redactaron mientras Pitol lidiaba con el vértigo en altamar.

Algo de ese vértigo sobrevive en libros como El viaje y El arte de la fuga, que no se deciden por tocar un solo tema ni tomar una sola forma, como si fueran barcos que se rehusan a llegar a un solo puerto, no por duda sino por convicción.

Pitol no nació en Veracruz, pero podría considerarse con la mano en la cintura un autor veracruzano. Luego de peregrinar durante años por Europa en labores diplomáticas y de traducción, al volver a México decidió residir en Xalapa. Desde ahí dio clases, escribió y editó colecciones espléndidas para la Universidad Veracruzana.

En varias ocasiones Pitol admitió que retomó su vocación literaria tras conocer a los entonces jovencísimos Pacheco y Monsiváis, quienes eran más jóvenes que él. En sus entrados veintes, dos chamacos lo motivaron a ser escritor de tiempo completo.

De ahí se fue de México y enviaba sus manuscritos a la editorial ERA sin saber la repercusión de sus libros. Solo hasta una presentación en Puebla con un muy joven Juan Villoro, se percató que ya era un autor célebre y respetado.

Aunque su vida fue tan itinerante como sus libros, el sedentarismo tardío que conoció en Xalapa lo convirtió en una suerte de símbolo de una ciudad famosa por haberle construido una estatua a Juanote, un humilde cargador célebre por ser una autoridad sobre música de cámara.

La casa de Pitol fue por mucho tiempo una Meca frente a la que pasaban muchos escritores jóvenes; aunque Pitol tenía fama de accesible, nadie se atrevía nunca a tocar el timbre. Quienes peregrinaban hacia su casa se bastaban con ver la luz encendida en el estudio de planta alta. No eran los que conocieron a Pitol, no eran los que se emborracharon con Pitol; eran una tribu más ñoña pero más aguerrida: sus simples lectores, lectores de a pie, literalmente. 

Y cuando enfilaban hacia el bar más cercano lejos de la casa de Pitol, se iban con vértigo adolescente. Del otro lado de la pantalla podría haber alguien que aún no conoce a Pitol y querrá leerlo. Debe saber que no ha llegado tarde a ninguna fiesta, aun si el anfitrión está ausente. La luz del estudio seguirá encendida.