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Peixoto y la novela familiar: una reseña de Cementerio de pianos

Imagen: Especial.

Cementerio de pianos (Arlequín, 2018) inicia con un hombre, Francisco Lázaro, narrando sus últimas horas. Desde la muerte sus últimos días desde que se le descubrió una enfermedad, nunca se sabe cuál, hasta las visitas de su familia que quiere compartir sus últimas horas, la falta de una de sus hijas en el lecho mortuorio porque está en otro hospital por dar a luz; el cómo su esposa llora en la orilla de la cama diciendo que van a quitarle a su amigo, a su compañero, a su esposo.

Francisco Lázaro cuenta además que su hijo, llamado igual que él, no quiere mostrar debilidad ante la inminencia de la muerte. Finalmente, su familia lo deja en el hospital con la promesa de que los llamarán en cuanto fallezca, por esto su familia se marcha para esperar la llamada fatal, la que remarcará en sus vidas que no hay manera de volver a hablar con su padre.

Imagen: Editorial Arlequín.

Cuando finalmente suena el teléfono, nadie quiere responderlo. Uno de los esposos de sus hijas se pone de pie y se acerca al aparato para recibir la noticia de que el niño de la hermana hospitalizada acaba de llegar al mundo y en la casa, de pronto, todo se vuelve alegría y felicidad: un niño acaba de hacer mejor al mundo, el mundo es un poco mejor. Pero luego vuelve a sonar el teléfono.

José Luís Peixoto nació en Galveias, Portugal, en 1974. Ha publicado diversos libros entre los que se encuentran en español: Nadie nos mira (2000), Te me moriste (2001), Cementerio de pianos (2006), Una casa en la oscuridad (2002) y Libro (2010).

En aquella crónica sobre las últimas horas de un hombre, narrada ficticiamente desde la muerte, recrea las de su padre: en diversas entrevistas ha comentado que la única diferencia entre las primeras páginas del libro y lo que realmente ocurrió es que es que el bebé que nació aquel día no era niño, sino una niña.

Peixoto se concentra en dos temas que luego volverán en Libro (también de reciente aparición en Arlequín): la pérdida y la paternidad. A partir de estos dos ejes se concentra en hablar sobre la familia, en especial a través de un poema que aparece entre sus páginas:

a la hora de poner la mesa, éramos cinco:
mi padre, mi madre, mis hermanas
y yo. después, mi hermana mayor
se casó. después, mi hermana pequeña
se casó. después, mi padre murió. hoy,
a la hora de poner la mesa, somos cinco,
menos mi hermana mayor que está
en su casa, menos mi hermana
pequeña que está en su casa, menos mi
padre, menos mi madre viuda. cada uno
de ellos es un lugar vacío en esta mesa en la que
como solo. pero estarán siempre aquí.
a la hora de poner la mesa, seremos siempre cinco.
mientras uno de nosotros esté vivo, seremos
siempre cinco.

Peixoto tiene una habilidad que pareciera diabólica para permitirle a la historia avanzar con buen paso para luego guardar silencio, dejando al lector intrigado como todo buen contador de historias siempre debe de hacer; no regala la historia al lector, sino que la va diseminado de manera que éste continúe embelesado por el lenguaje melancólico y musical de su prosa, como si fuera tocada por un piano.

El cementerio de pianos del título es un cuarto, al fondo del taller de carpintería del padre de Francisco Lázaro, lleno de pianos incompletos e inservibles con los que el hombre esperaba reparar otros pianos antes de morir: al averiguar aquel dato la vida, Francisco Lázaro no hay mayor alegría que reparar aquellos instrumentos musicales, regresarlos a su estado óptimo en el que la música brota cuando el músico pulsa las teclas. Es en entonces que el cementerio de pianos se vuelve un lugar del que no quiere despegarse, dónde vive sus momentos más íntimos.

La historia desde su juventud hasta su muerte es contada al mismo tiempo que narra la de su mujer, el cómo la conoció y, finalmente, cómo vive ella con sus hijas después de la pérdida de su esposo; una historia de enamoramiento romántico muy cincuentera que recuerda un poco a ciertos fragmentos de El amor en tiempos del cólera, un cortejo desde la lejanía pero ansiado por ambas partes.

A medida que avanza la novela uno de los temas mencionados va imponiéndose al otro: ¿cómo debe comportarse un padre? La sociedad obliga a las madres a ser abnegación y cariño, dulzura, pero, ¿los padres cómo deben de ser con sus familias?

Imagen: Especial.

Los puntos de vista de los dos Franciscos evidencian la época en la que transcurre cada una de las dos historias: ya sea el Francisco padre que no conoció a su progenitor y que vive a pesar de eso yendo a bailes y ve a la chica deseada desde lejos, hasta el Francisco hijo que conoce a una chica en un hospital donde murió su padre y que empieza a cortejarla con salidas, con largas tardes de charla hasta que se da cuenta que él también se convertirá en padre: ¿pero cómo dejar de ser un hijo para volverse la figura de autoridad?

Peixoto no moraliza ante tales cuestionamientos. En Cementerio de pianosno existen lecciones morales que alumbren la vida sino que hay un recuento de momentos familiares abrigados por las emociones y que, con el tiempo, no podemos ver completamente.

La novela también relata la historia del Francisco Lázaro hijo, corredor de maratones, compitiendo en las olimpiadas. Así es como la prosa de la novela parece tocada a dos manos: a veces las historias de ambos Franciscos se parecen mucho, se sobreponen, avanzan paralelas: el quiebre de la familia, el conocimiento del amor, la elección de una profesión, pasar el tiempo de ocio en el cementerio de pianos. Si no fuera por la divergencia de dos estilos narrativos, elegidos con inteligencia, uno podría creer que está leyendo las dos vidas de un mismo Francisco Lázaro.

Es posible que José Luís Peixoto sea un lector acérrimo de Gabriel García Márquez: en Cementerio de pianos hay demasiada evidencia que pudieran justificar esa idea. Ambos protagonistas comparten el nombre dando una ilusión de que ambos viven la misma vida, aunque en diferentes épocas, igual que los infinitos Aurelianos y José Arcadios que inundan las páginas de la novela más famosa de García Márquez.

La similitud de nombres hace también que el paso del tiempo parezca desaparecer como si las mismas desventuras ocurrieran una y otra vez en el libro, como si fuera circular y siempre ocurrieran las mismas desgracias y alegrías, una y otra vez.

Por: Sergio Ceyca