El feminismo como complejo, o la comodidad de la ignorancia, por Alejandra Aguilar

Nos encontramos situados, según algunos autores, en medio de la tercera ola del feminismo: después de haber conseguido el reconocimiento de la ciudadanía, el voto y cierta igualdad de derechos que, evidentemente, varía dependiendo del contexto, el feminismo en esta tercera ola se enfrenta al cambio de perspectiva. En este mundo donde cada día las mujeres subimos escaños, ocupamos posiciones de poder, tomamos decisiones sobre nuestro cuerpo, nuestro rumbo profesional y personal, el mayor conflicto se ha vuelto qué hacer con nosotras como sociedad, cómo mirarnos, cómo hacer que esa misma sociedad no se sienta incómoda ante la cantidad de libertades y decisiones que tomamos.

Los valores pautados por la modernidad ya no se ajustan a las nuevas formas de vida: lo establecido, los modelos de familia y de repartición de tareas se han vuelto obsoletos, incluso nocivos para la subsistencia económica. Este momento histórico nos exigen repensarnos, replantearnos desde lo más personal, entender que hay construcciones de político en el amor, en la familia, hasta en la casa. Las decisiones respecto a nuestra forma de vida se han vuelto material y ejercicio político y construirán las sociedades del mañana. En más de un sentido, sentamos precedentes de lo posible.

 

La equidad de género forma parte de esta transición, si partimos del principio de que todos hemos sido educados en una cultura machista, seremos capaces de entender que el feminismo nos plantea preguntas, nos obliga a salir de nuestra zona de confort, de lo conocido para dejar de asumir el “estado natural” de las cosas.

Los “micromachismos” son algo ampliamente estudiado, el término fue acuñado por Luis Bonino Mendez en los años 90, y si bien hay una serie de discusiones al respecto por lo sutil y lo escurridizo que puede ser el término, como muchos términos de las ciencias sociales, no pueden ser negadas las experiencias y las historias de la mitad de la población, que lo han vivido en carne propia. Los micromachismos no son un gran suceso, sin embargo están ahí, cotidianamente, en el acoso callejero, en las discusiones de pareja, en la diferencia del trato en el trabajo, en las críticas familiares.

 

En la preparación de este texto charlé con algunas personas sobre el tema y uno de los comentarios que me descolocó fue “¿por qué escribir sobre eso si era imperceptible e ‘inocuo’?” y justamente me parecía que esta forma de considerarlos daba en el clavo: la violencia es a tal grado sistémica, que se vuelve -en efecto- imperceptible, más no inocua, incluso el nombrarla así era un ejemplo de esa violencia.

En una charla sobre el tema una mujer me dijo que ella siempre se había sentido igual a los hombres, que ella no tenía “complejo de ser mujer” y, por ello, no veía por qué luchar por la equidad de género, mi respuesta es que quizá había sido muy afortunada por crecer en un contexto que le permitiera esa sensación de libertad y absoluto dominio sobre su persona, sin embargo, yo no he corrido con tanta suerte, un suceso de acoso en el espacio público, la inacción de las personas a mi alrededor y de mi familia me llevó a una crisis de ansiedad que me hizo perder un semestre de la universidad.

En mi día a día calculo mis trayectos, cuando puedo cargo conmigo un gas pimienta por si se ofrece y reconsidero mi ropa si voy a andar sola por las calles. Con el tiempo, he aprendido que tú puedes ser todo lo feminista que quieras, pero allá afuera el mundo es machista y debes cuidarte. Si algo nos ha enseñado este movimiento es que lo personal es político: no se trata de un complejo, se trata de todas las historias de mis amigas que han sufrido violencia o abusos, las historias de mi madre y las relaciones con mi familia.

Como hombres y mujeres deberíamos poder ir más allá de nosotros mismos para escuchar la perspectiva del otro; pensar que la forma como vivimos nuestra vida es la única posible y que las personas que no lo hacen así son acomplejadas, perpetúa la invalidación de la diferencia, y legitima el estado de las cosas.

 

Deberíamos, a estas alturas, poder comenzar las discusiones sobre equidad de género fuera de “pero por qué se llama feminismo y no…” y de la actitud de ofenderse personalmente antes que asumir que todos somos, en mayor o menor medida, machistas (con argumentos como “eso que yo hago no es machista, lo hago por…”, o el clásico de varias mujeres: “pobres hombres, los estamos castrando, les hemos quitado su virilidad”).

Negar nuestro machismo, seamos hombres o mujeres, solo refuerza el estado actual en el que vivimos. Disculpen si esto resulta ofensivo para la realidad que se construyen, donde todo esta bien, donde así es, pero para donde miren esta realidad no es muy alentadora, basta escuchar las declaraciones del eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke , los comentarios sobre la fotografía de Emma Watson , el coro de ofendidos y ofendidas porque Laura Viñuela dijo que las canciones de Sabina eran machistas y, por demás, los feminicidios, la trata, las violaciones, la violencia obstétrica, todo lo que suceden a diario en nuestro país y el mundo de forma sistemática.

Hay mucho por hacer, son impresionantes las dimensiones del trabajo y la reconfiguración que implica replantearnos el género, desde ganar lo mismo por hacer el mismo trabajo, hacer leyes que protejan la libertad de asumir el género o sexo que se desee, hasta replantearnos las relaciones de pareja, todas las posibilidades de familia que pueden existir, el humor y nuestra mirada sobre el otro.

Que este #8M, la protesta pública le dé nuevos bríos a esta transformación de todos los días, con la esperanza de poder ir más allá de la comodidad de la ignorancia.