Dostoyevski y el conflicto entre la modernidad y la tradición

dostoievski

“Si Dios no existe, todo está permitido”

F. Dostoyevski, Los Hermanos Karamazov.

Fiódor Dostoyevski es sin duda uno de los grandes autores de la literatura universal que más profundizó en los umbrales y las antípodas del comportamiento humano, pero, lo hizo en un sentido trascendental, desde la tensión entre lo moral y lo metafísico, que puede ser entendido también como el conflicto entre lo tradicional y lo moderno en términos existenciales. Su obra también ilustra nuestra condición de ambivalencia como seres humanos, es decir, nos muestra que somos multidimensionales, nos muestra que no somos buenos o malos por naturaleza o por ontología, y que más bien, somos producto de construcciones y convenciones sociales que nos hacen actuar, sentir, pensar y valorar al mundo de formas particulares.

Esa multimensionalidad inherente a todos nosotros también sienta las bases para una crítica a la modernidad en el sentido de que rompe con el principio de que tendemos hacia un comportamiento basado en aspectos meramente racionales, sino que estamos atravesados por emociones, por pasiones y por aspectos tradicionales que también atraviesan nuestra conducta y nuestra personalidad. Para Dostoyevski, el amor, el odio, la solidaridad, la traición son emociones que compartimos los seres humanos y que, de una u otra forma, pueden en cualquier momento apoderarse de nosotros.

Pero, la cuestión no tiene que ver con la latencia que tienen las emociones en términos de la posibilidad que tienen para presentarse, sino en los imperativos morales que hacen que ciertos principios emocionales se activen y orienten la conducta de los sujetos. El tema en ese sentido más que relacionarse con las emociones en sí, busca poner a estas en relación con los comportamientos y los conflictos producidos por temas como el choque entre ideologías políticas o bien entre las diferencias producidas por la tensión entre el pensamiento religioso y el ateísmo; como sabemos, todas esas problemáticas fueron las que tanto inspiraron a pensadores como Friedrich Nietzsche y Albert Camus.

El choque entre la moral cristiana y la modernidad está plasmada constantemente en la psicología y en el comportamiento de los personajes dostoievskianos. Estos entran en conflicto respecto a la existencia de dios y las consecuencias que de eso deriva. De tal manera, Dostoyevski, a través de sus personajes busca llegar al fundamento último de dicha disyuntiva, es decir, a las consecuencias éticas y morales en el comportamiento que implicaría la existencia o no existencia de dios.

En ese sentido, Dostoyevski vislumbra un hecho de la modernidad, en el que posteriormente profundizará Nietzsche, que tiene que ver con el descentramiento de dios como fundamento último para la construcción de conocimiento. Aquí, el ser humano se coloca como centro y como fundamento para conocer y transformar el mundo. Dios, por su parte, se vuelve una categoría metafísica sustentada en las meras creencias, en esa fe que nada tiene que ver con el imperio de la razón que busca explicar los hechos a través de las estructuras cognitivas del ser humano.

Pero este descentramiento tiene consecuencias existenciales y políticas para Dostoyevski; existenciales por una parte porque el fundamento del bien y del mal proviene del pensamiento religioso, específicamente del contexto de la moral cristiana, por tanto, un descentramiento de dios representaría una relativización entre el bien y el mal. De ahí que Iván Karamazov afirme de forma lapidaria que “si Dios no existe, todo está permitido”. De dicho problema se derivan cuestiones de orden político que tienen que ver con que si, en efecto, el ser humano toma las riendas de su propio destino, entonces adquiere el poder de transformar políticamente su realidad. Podemos decir que es el inicio del imperio de los medios/fines, en otras palabras, de la racionalidad instrumental.

Muchos de los personajes dostoievskianos están sumamente politizados y reflejan una crítica del autor hacia los ideales revolucionarios. Recordemos por ejemplo a Verjovenski en Los Demonios, que representa a ese revolucionario calculador, sin moral y sin escrúpulos, quien lleva al extremo la máxima maquiavélica que sostiene que “el fin justifica los medios”. Iván Karamazov y Smerdiakov también tenían una fuerte carga política que va más allá del mero parricidio, cada uno representa una dimensión distinta de las pasiones políticas de la modernidad, Iván ese aspecto analítico y consciente de la política y,  Smerdiakov  esa masa inocente e inculta que se vuelve vil y despiadada contra el enemigo, para decirlo de otra forma, uno representa a la teoría y el otro la brutalidad de la praxis.

Para el gran pensador de la absurdidad, Albert Camus, es Kirilov de Los Demonios el que representa el extremo del pensamiento moderno que descentra a dios y que trae como consecuencia la absurdidad de la existencia, que no es otra cosa que la pérdida del sentido de la vida. Esa pérdida de sentido, producto de la relativización, vuelve al suicidio un imperativo moral y existencial debido a que es la máxima expresión de la libertad que nos da la no dependencia de la idea de dios.

El razonamiento de Kirilov es muy básico. Prácticamente nos dice que negar la existencia de dios, automáticamente nos vuelve dioses, por tanto, matarse significa la máxima afirmación de la absoluta libertad que implica ser un “dios-hombre” frente al antiguo “hombre-dios”. El suicidio de Kirilov es, según Camus, la expresión de la independencia. Es esa capacidad de abandonar este mundo al momento de obtener la absoluta libertad; dicho de otra forma, creer y obedecer a dios representaría atenerse a su voluntad, pero negarlo sería un acto de insubordinación que se afirma en su máxima expresión con el suicido.

Para concluir podemos usar palabras del propio Camus en El Mito de Sísifo que explican la problemática extrema a la que se enfrenta Kirilov, que no es otra cosa que la consciencia del sentido de absurdidad que nos da la modernidad:

La divinidad de que se trata es, por lo tanto, enteramente terrenal. “He buscado durante tres años —dice Kirilov— el atributo de mi divinidad y lo he encontrado. El atributo de mi divinidad es la independencia”. Ahora se advierte el sentido de la premisa kiriloviana: “Si Dios no existe, yo soy dios”. Hacerse dios es solamente ser libre en esta tierra, no servir a un ser inmortal. Es, sobre todo, por supuesto, sacar todas las consecuencias de esa independencia dolorosa. Si Dios existe, todo depende de El y nosotros nada podemos contra su voluntad. Si no existe, todo depende de nosotros. Para Kirilov, lo mismo que para Nietzsche, matar a Dios es hacerse dios uno mismo, es realizar en esta tierra la vida eterna de que habla el Evangelio.

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