Barragán: de arquitecto a anillo de compromiso a manzana de la discordia

La sortija de la discordia

Para algunos el arte contemporáneo es un inmenso corredor de farsantes donde se venden y comentan meras ocurrencias con el fervor que sólo pueden despertar las auténticas falsedades. Para otros el arte contemporáneo (que no es tan contemporáneo: el mingitorio de Duchamp ya cumplió exactos cien años) es apenas la etiqueta más efectiva para englobar los actuales derroteros de la expresión artística.

Esta lucha entre apocalípticos y conversos, desengañados y entendidos, ha llegado a otro round telenovelesco con la reciente lucha a dos de tres caídas sin límite de tiempo entre la artista neoyorquina Jill Magid y la UNAM contra algunos familiares del arquitecto Luis Barragán. La razón gira en torno a los supuestos dilemas éticos y legales que ha suscitado la exposición Una carta siempre llega a su destino. Los archivos Barragán, y, en especial, por el anillo que la artista hizo con los restos de Barragán.

La sortija de la discordia

 

Esta lucha en torno a un proyecto necrófago empezó cuando Barragán murió y sus restos fueron a dar a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres. Paralelamente se buscó que sus archivos, con bocetos, planos, diarios y demás materiales, fueran resguardados por alguna institución pero el gobierno le hizo el feo a la propuesta, aun tratándose del mayor arquitecto mexicano.

Fue entonces que el millonario Rolf Fehlbaum compró los archivos de Barragán por tres millones de dólares a petición de su pareja, Federica Zanco; hay quien asegura que la compra fue un oneroso regalo de bodas. A partir de aquella transacción, Zanco creó la Barragan Foundation (ajá: quién necesita un acento cuando ya tienes sus archivos); es decir, monopolizó a Barragán.

Barragan Foundation apenas se dedica a cobrar por los derechos de reproducción que genera la obra de Barragán y a negar a académicos y arquitectos el acceso al archivo que resguarda. ¿Cómo puede resguardarse una memoria orillándola al olvido? Desde hace años, Zanco prometió publicar un catalogo del archivo, sin embargo en su página de internet la promesa se iba a cumplir en 2013. Un artista con menor proyección en vida ya hubiera dejado de ser relevante ante semejante proteccionismo post mortem.

Jill Magid es una artista afincada en Brooklyn que contactó a familiares de Barragán y al gobierno del Estado de Jalisco con un proyecto inaudito que hace muy poco sólo era concebible como ciencia ficción: utilizar las cenizas de Barragán para hacer un diamante. Gracias a la presión ejercida por un rayo láser cualquier objeto compuesto de carbono, desde madera hasta carne, puede convertirse en un diamante.

La reciente moda necrófila de pasar a otra vida ya no como urna sino como alhaja cobró en manos de Magid un dramatismo inesperado: con el anillo creado con los restos de Barragán su intención era proponer a Zanco, como se propone un matrimonio, que regresara a México los archivos de Barragán a cambio de quedarse con el propio Barragán: la obra a cambio de la sortija; las ideas a cambio de los huesos. Para sellar el tono simbólico, Magid tuvo a bien nombrar la obra como The Proposal: La propuesta.  

Con la obra de joyería en una caja a la altura de la circunstancia, Magid viajó a Europa para reunirse con la pareja que custodia los archivos y de paso monopoliza la memoria y el usufructo de Barragán.  En un tiempo en que la obra del arquitecto jalisciense aparece en lugares tan disímiles como una campaña de Louis Vuitton o portadas de discos, era natural que la propuesta fuera rechazada.

La negativa obedeció a razones mercantiles; la propuesta, en cambio, era simbólica: nadie esperaba que aquella proposición terminara en un “sí, acepto”. En cambio aquel gentil rechazo proveyó al proyecto de Magid el aura de las obras redondas como una sortija: una obra dramática con un final dramático: el temible y austero “no”.

Ahora los familiares de Barragán (nadie aclara si los mismos que dieron su consentimiento en un principio) han mostrado su descontento con que la joya de la corona de Magid se exponga en el MUAC. Aunque Jorge Volpi aclaró la legalidad de llevar La propuesta al museo de la UNAM, muchos dudan de la legitimidad ética de hacer usufructo con los restos humanos de Barragán: no pocas almas asustadizas juzgan inmoral la obra de Magid como si lucrar con ideas fuera una inocentada, cuando es lo único que realmente importa del arquitecto.

La moral es el clasismo llevado a la conducta. Por más grotesca que pueda parecer a algunos, la sortija confeccionada por Jill Magid no hace más que subrayar el grotesco monopolio que algunos ejercen sobre un autor o una obra sólo porque un papel los certifica como dueños exclusivos. ¿Qué es apropiarse de un cadáver cuando otros se siente los únicos con derecho, ya no a cobrar por una obra que pertenece a todos, sino los únicos certificados para interpretarla o discutirla?

El genio individual de los artistas sólo obtiene sentido cuando una colectividad lo asume como propio. Censurar bajo el pretexto de proteger a los muertos de lo que puedan hacer los vivos es peligrosamente parecido al monopolio que una iglesia ejerce sobre sus divinas escrituras. Curiosamente, las iglesias también hacen monopolio y usufructo de los restos mortales de sus santos y profetas.

El arte es una serie de códigos que modifican intenciones y percepciones; cuando el código que sustenta una obra no es compartido por todos los usuarios, ésta es juzgada con herramientas más comunes y casi siempre erróneas: cuando alguien no entiende una obra suele acudir sus prejuicios y estos casi por definición son reaccionarios.  

En el texto de Elena Poniatowska sobre la sortija de Barragán sólo hay una frase válida: “No entendí”. No se quedan atrás los temores de Juan Villoro que califica The Proposal como una invitación a vandalizar cementerios: “En la irresponsable lógica mercantil de Jill Magid, las fosas comunes que se abren a diario en México deberían ser vistas como joyerías.” Ya sin rodeos, Maria Concepción Recio se pregunta: “¿Hasta dónde es posible degradar la dignidad humana?” Para colmo, los quejosos no explican por qué es legítimo dar como regalo de bodas los archivos de un arquitecto y en cambio es un crimen hacer una anillo con sus restos.

Entender o no entender una obra de arte: de eso se trata. Para colmo, la suposición de que una obra de arte necesariamente debe entenderse es, también, una idea clasista proveniente de la época en que el arte debía albergar ante todo ideales pedagógicos. ¿Para qué entender una obra de arte cuando puede usarse o simplemente disfrutarse? Portar una osamenta en el dedo parece provocador pero no es distinto a portar la playera de un grupo o, si se quiere, el tatuaje de un poema.

Monopolizar a un artista, autorizar y desautorizar quien puede consultarlo o interpretarlo, no sólo sí pertenece a una lógica mercantil disfraza de bienintencionismo; también es la forma más efectiva de enterrar un nombre que no merece el olvido, ¿merece Barragán semejante cementerio?

Por Eduardo de Gortari

 

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