Condones y lápices: cómo Alemania pagó por la revolución bolchevique

Todas las revoluciones, aún las más socialistas, dependen de dinero para triunfar: dinero para comprar armas, para entrenar tropas y, sobre todo, para que entre sus filas no quepan ni el hambre ni la enfermedad. La revolución explotó en Rusia en 1917, cuando en el resto de Europa se luchaba la Gran Guerra, ¿de dónde llegó el dinero para Lenin y sus tropas bolcheviques? Fácil: de Alemania.

Bueno, la respuesta no es tan sencilla y tiene que ver con los constantes exilios de Lenin, con el aparato represor del gobierno provisional tras la caída del zar Nicolás II y con el interés alemán en debilitar el poderío militar ruso (porque vencer a un ejército que sabe pelear en el frío, que tiene millones de soldados de reserva y que pareciera que no le importa perder a millones de hombres no es una tarea sencilla).

Lenin estaba en Zurich cuando estalló la revolución (no la de octubre, la de mayo), exiliado en el país favorito de los exiliados, entre los Alpes suizos, porque ningún país de Europa occidental aceptó tenerlo en su territorio, temerosos de que ayudara a diseminar la lucha contra la burguesía (esa misma burguesía que estaba pagando por la Gran Guerra).

Fuera de los Alpes, en Francia, Bélgica y Alemania, en el frente de los Balcanes y en la región polaca-ucraniana de Galitzia, la lucha que inició en 1914 estaba estancada: millones habían muerto, más por enfermedades que por balas y explosiones. Cuando llegó a Lenin la noticia de que en su país habían logrado derrocar al zarismo no supo cómo regresar pero sabía que tenía que hacerlo.

Logró negociar con el enemigo de su país: el canciller alemán, Richard von Kühlmann, quien le dio un salvoconducto hasta Petrogrado y, tras un intento fallido de golpe de Estado (además de otro exilio, ahora en Finlandia), llegaron a un acuerdo no tan secreto para que el país líder de la Entente, enemigo de la Rusia zarista, facilitara de una forma indirecta, el dinero necesario para patrocinar la Revolución.

El gobierno alemán enviaba a Suecia mercancía que era legal en el país, ahí, el embalaje se cambiaba (eso ya ilegalmente) y entraba a Rusia disfrazado de productos suecos: los bolcheviques y sus allegados comerciaban con el contrabando de mercancía alemana prohibida en el país eslavo: lápices, condones, medicinas y telas finas fueron los principales productos contrabandeados y fueron los principales medios por los que la Revolución de Octubre logró, finalmente, hacerse del poder.

Como narra Catherine Merridale para el New York Times, la apuesta fue, siempre, una peligrosa para ambos involucrados: si Kühlmann era descubierto, podía ser juzgado por ayudar a un gobierno enemigo; si Lenin fracasaba (de nuevo) en su revolución, perdería la vida pero, al final, la historia demostró que Lenin ganó… porque Alemania perdió la Gran Guerra.

“Necesitamos personajes traicioneros en las revoluciones porque, justamente, son traicioneros”, dijo Lenin alguna vez… y no le faltó razón.

Con información de The New York Times

Por: Redacción PA.