10 consejos para sobrevivir a cualquier viaje

¿Qué es lo que se aprende tras haber recorrido el mundo de mochilazo? En este texto, Jorge Iván Chavarín hace crónica de múltiples viajes y experiencias a lo largo de 10 puntos textuales y múltiples puntos de Google Maps. 

Mi necesidad de viajar surge con mi padre hace ya más de 20 años, cuando nos fuimos en coche por toda la costa del Pacífico: de Sinaloa hasta Guerrero para cumplir una promesa que se hizo así mismo en su juventud. Tomando solo la carretera libre para evitar casetas, cuidando que esa Voyager con radiador defectuoso se mantuviera funcionando, y comiendo en pequeñas fondas a un lado de la carretera. Cómo olvidar el conejo en mole verde cerca de Chilpancingo.

Ese sueño de mi papá me hizo amar la vida en las autopistas y la emoción resultante de descubrir nuevas ciudades, por ello cuando cumplí 21 tomé mi mochila rumbo a Centro América y antes de que me diera cuenta llegaron las aventuras por Europa, los Balcanes, el Caribe, Asía y por México; algunas veces por simple diversión y otras escribiendo reseñas y crónicas de aquellos modos de vida distintos a los míos. El viajar se ha convertido en una parte esencial de mi existencia, ahora escribo sobre los espacios así como de las anécdotas que surgen en ellos.

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín

Si no tenemos experiencia en el arte de viajar realizar dicha acción nos puede parecer espeluznante, nos llenamos de dudas e incertidumbres y muchas veces cancelamos nuestra aventura por no saber cómo afrontar esas inseguridades: pensamos que nos vamos a perder en un país extranjero, que al momento de presentar nuestro pasaporte en migración aparecerá un error mandándonos de regreso; o bien, nos robarán nuestra documentación y dinero.

Pero conforme nos atrevemos a subir al avión nos damos cuenta que no había nada de qué preocuparnos, y es que sentir miedo ante esa nueva experiencia es lo más normal del mundo y claro que tenemos que tomar nuestras precauciones, pero la gran cantidad de dudas que teníamos en un principio ya parecen exageradas.

Siempre y cuando llevemos nuestros papeles en orden (pasaporte y visa en caso de necesitarlos), dominemos un poco de inglés y estemos alerta ante cualquier situación extraña no hay nada de qué preocuparnos; sin embargo, hay circunstancias que en el momento pueden parecernos la peor tragedia del mundo, debemos entender que estas también son parte de la experiencia y que a la vuelta de tuerca son anécdotas graciosas que contaremos con mucho orgullo.

Para ello y valiéndome de los cinco años que llevo viajando he elaborado una serie de diez consejos que le pueden servir a cualquier viajero en su aventura, cada uno de estos consejos parte de una experiencia personal.

1) Siempre olvidarás empacar algo: Ya sea un perfume, desodorante, una camisa de la suerte o cualquier otra baratija, siempre hará falta algo. Aquí es donde tenemos que relajarnos y tomar aire, mientras no sea el pasaporte o el dinero estaremos bien: todo tiene una solución, incluso el olvidar imprimir los boletos del avión no es un error fatal como lo era hace diez años.

Durante mi primer viaje a Europa el checkpoint inaugural fue en la ciudad de Madrid, donde recibí alojamiento por parte de una amiga que hacía sus estudios de postgrado en la Complutense. El vuelo por Iberia había durado casi diez horas y combinándolas con el tiempo de la sala de abordaje ya me era urgente tomar una ducha, le pedí el baño a mi amiga donde abuse de su jabón olor mango.

La dificultad llegó al momento de cambiarme, por alguna razón que hoy desconozco el compartimento de mi maleta donde debían ir los calcetines estaba vacío, solo tenía algunas medicinas para el dolor de estómago y la gripe (muy importante llevar varias de estas). Llegué a pensar que todo mi viaje estaba arruinado.

Aquí es donde el cansancio y la desesperación te hacen ver pequeñas dificultades como la peor amenaza del mundo, son en estos momentos donde no  debemos perder la calma, tomar aire y encontrar la solución ante todo problema. Ya me ha tocado olvidar cosas más importantes como boletos de avión o copia del comprobante de alojamiento pero ninguna ha sido tan fatalista como esas malditas calcetas.  

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín.

Cuando le comenté la situación a la maestra Dina (la amiga que me recibió) solo se rió de mí, observó su reloj: las siete de la mañana. Afortunadamente era domingo. Me puse mis zapatos al pie libre y me encaminó al mercado del Rastro en La Latina, a solo diez minutos de su departamento.

Este es un mercadillo con más de cuatro siglos de historia en el que se pueden encontrar tanto objetos cotidianos como curiosos artilugios antiguos, donde solo basta dar unos pasos para conseguir cerveza de un euro. Compré un paquete de cinco calcetas por menos de cuatro euros, todas ellas adornadas con dibujos caricaturizados de los personajes de Breaking Bad.

A partir de esa experiencia nació uno de mis rituales favoritos: comprar un par de calcetas de cada lugar que conozco. Una especie de tributo a ese mínimo percance en mis primeros días de viajero, recordándome que nunca hay que perder la calma.  

2) Aprovecha el tiempo en el aeropuerto: Date la oportunidad de recorrer los pasillos y charlar con los otros viajeros, se pueden hacer buenos amigos en ese lugar. La sala de espera termina convirtiéndose en un espacio internacional donde convive gente de todo el mundo.

La persona más enigmática que he conocido en un aeropuerto fue Celeste. Yo retornaba de Cuba rumbo a mi natal Culiacán, para ello tenía que hacer una escala de cuatro horas en el Benito Juárez. Mis últimos días en la isla los había pasado acampando en las playas de Matanzas, razón por la cual apestaba a una mezcla de sudor y agua de mar, lo suficientemente concentrada para que la gente me sacara la vuelta.

La conocí en un Starbucks, tenía un rostro fino y ojos verdes, devoraba a mordidas un frappé de chocolate y solo me atreví a hablarle porque estaba igual de cochina que yo; en realidad ella apestaba peor: a mierda. Me senté junto a ella y charlamos sin parar hasta que su vuelo salió.  

Celeste estudiaba medicina en una escuela privada de Monterrey, venía de una familia acomodada y un día simplemente entró al programa de Médicos Sin Fronteras, quería conocer África, pensó que sólo se trataba de zafarís y cabezas en miniatura (grave error). Se le hizo fácil. La asociación la mandó a Mozambique junto a otros médicos franceses. Durante casi tres meses anduvo vagando por el norte de ese país casi en frontera con Tanzania, atendiendo a pequeñas comunidades y llenando su cuerpo de costras de mugre.

Aún mantengo contacto con Celeste, acaba de terminar una estancia médica en Holanda y varias veces me ha invitado a Monterrey a continuar con esa charla que dejamos pendientes hace dos años. Me he negado pues me gusta recordarla con ese fétido olor a excremento y su cara manchada por la tierra seca.

3) Cuando viajas en un avión recuerda que ellos no te están haciendo un favor: estamos pagando por un servicio (¡y vaya que no es barato!) entonces que nunca te de vergüenza pedir más refresco o agua.

Durante mi vuelo a Roma, un aproximado de doce horas, me tocó compartir asiento junto a Frank, un señor de cincuenta años proveniente de Canadá que se dedicaba a los negocios de inmobiliarios. Durante la primera comida  (obviamente pasta) ambos pedimos vino tinto.

No recuerdo que marca consumimos pero la botellita de 400 ml. nos dejó con ganas de seguir tomando. Frank me preguntó si quería más, yo le respondí con un sí nervioso, levantó sus casi 100 kilos de humanidad y se dirigió a la aeromoza que traía el carrito, le dijo algunas cosas que no alcancé a escuchar pero ella se rio bastante y le entrego cuatro botellas: dos tintas y dos blancas. Son esos momentos cuando encuentras a tus maestros viajeros.

A su regreso Frank me dio, junto a mis dos botellas, uno de los grandes consejos que he recibido en mi vida. Ahora es uno de mis credos. Me dijo que los dueños de las aerolíneas no me estaban haciendo ningún favor, sino todo lo contrario, están cobrando grandes sumas de dinero por un servicio; por tanto es su obligación atender de la mejor forma a todos los clientes, siempre y cuando estos se portaran respetuoso con los trabajadores.

La siguiente ronda me tocó conseguir el vino, mi compañero me dio algunos consejos de cómo lograrlo: seguridad en mis actos y nunca pierdas el contacto visual. Me acerqué a la misma aeromoza del carrito y, pese al nerviosismo y a las palabras trabadas que salían de mi boca, también me dieron las cuatro botellas, le sonríe y ella hizo lo mismo. Durante el resto de la travesía seguimos intercalando rondas hasta que aterrizamos en Fiumicino lo suficientemente ebrios para recibir una llamada de atención por parte de los encargados de seguridad de migración.

4) No hay que frustrarse por el cambio de la moneda nacional y saber afrontar las dificultades financieras. Como bien me aconsejó la maestra Dina Grijalva en mi primera aventura por Europa:” El que convierte no se divierte”, es cuestión de saber administrarse, reconocer cuáles son los gastos prioritario así como el identificar las comidas más baratas y típicas del lugar: pizza, en Cuba; Kebab, en los Balcanes; cerveza, en España; garnachas, en el DF.

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín.

Es difícil llegar a países como: Inglaterra, Australia  o la misma Unión Europea (donde la divisa es muy cara) y no sentirnos angustiados, pero un buen viajero debe saber cómo afrontar esa dificultad de la forma más creativa posible. Después de mi costosa estancia de Londres aún me quedaban cuatro días en la capital francesa, a la cual llegaría por el tren subterráneo que cruza el Canal de la Mancha.

Un problema con mi tarjeta de crédito así como otras desventuras bancarias me obligaron a llegar a París con solo 60 euros (un poco más de 1300 pesos) en mi bolsa, sin la oportunidad de usar mi tarjeta de crédito o cualquier otro tipo de transacción. Afortunadamente mi hospedaje, mi entrada al Louvre así como el pasaje al aeropuerto Charles de Gaulle para mi retorno (París- Roma- México-Culiacán=40 horas de trayecto) los había pagado con anterioridad.

Menos de dos mil pesos para sobrevivir en una de las ciudades más caras del mundo; un logro desbloqueado gracias a una serie de pasos que no solo me permitieron sobrevivir con dos comidas diarias y visitando mis museos favoritos, sino que también fueron suficientes para embriagarme todas las noches.

El kebab no es un manjar pero quita el hombre: Un buen Kebab con papás a la francesa cuesta alrededor de ocho euros y es lo suficientemente basto para comerte la mitad a media mañana (11 am) y salvar el resto para la cena (9 pm), dando la oportunidad para un aperitivo de dos euros por la tarde. Con esa distribución no estarás muy lleno pero tendrás lo suficiente en el estómago para aguantar un día entero.  

Logra hacerte amigo de las personas que encuentres por la calle: Aunque a muchos les parezca inverosímil los árabes son de las personas más caritativas que hay en el mundo, siempre y cuando te muestres respetuoso. En una caminata por los Campos Elíseos me tocó encontrarme con un grupo de ellos que no podían prender sus cigarros puesto que su Zippo no funcionaba. Sin que me preguntaran les ofrecí mi humilde encendedor Bic violeta. Ellos contentos me dieron una cerveza y al contarle mi desventura bancaria me llevaron de fiesta a algunos antros parisinos sin dejarme pagar nada. Me devolvieron a mi hotel a las cuatro de la mañana.     

Cerveza Ámsterdam: Esta recomendación es sencilla y práctica para un euro tour de poco presupuesto. En muchas partes de Europa nos podemos encontrar con la cerveza Ámsterdam, caracterizada por la imagen de un barco antiguo dibujado en la lata, una sutil alusión al holandés volador. Con respecto a su sabor basta con decir que tiene 11.5 grados y cuesta dos euros. Un trago amargo que irá quemando nuestra garganta mientras deja un ligero rastro de frutos secos. Esta medida debe tomarse con responsabilidad.   

Aprovechar las maquinas con promociones: Existen muchas máquinas expendedoras en hostales que tienen promociones pensadas para los turistas. La mejor de todas es una donde por solo dos euros y medio te venden 5 boletos de metro; es decir, que con dos o tres de estas ya tienes los viajes suficientes para tu estancia en la capital de los franceses. No confundir, estos  te servirán solo dentro de París, así que Versalles y otros destinos en las periferias están fuera de la promoción siendo requerido un pago adicional.

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín.

Agua del grifo para olvidar las botellas: Las ciudades del viejo continente (o por lo menos las que pertenecen a la Unión Europea) tienen agua potable y bebible que sale de los grifos de forma gratuita. Hay que perder ese miedo a enfermarnos. Una pequeña botellita que hay que estar rellenando en cualquier grifo público con ese fin. También se aconseja utilizarlo sin importar el capital que llevemos a nuestra aventura, la limpieza del líquido es incuestionable.  

La Torre Eiffel se mira mejor desde abajo: Subir La Torre Eiffel es algo caro y cuando se tiene una dificultad monetaria es un lujo casi imposible de sustentar. Por ello la podemos disfrutar de forma gratuita tomando un buen espacio en el suelo y viendo hacia arriba. Si tenemos la oportunidad podemos completar el trio con una baguette y algo de vino. Como plus nos ahorramos esas largas filas que se hacen para subir.  

5) Cuando visitas un país extranjero tú eres el invitado en sus tierras:

Ellos no se deben adaptar a tus costumbres sino todo lo contrario, debemos respetar y conocer sus tradiciones (no hay nada peor que un viajero que no conoce nada sobre el lugar que visita): entrar a alguna Mezquita si estamos en un país árabe; respetar los lineamientos del metro de Londres; aceptar que las quesadillas no siempre llevan queso; pero la más importante y difícil para los mexicanos: el picante no es algo universal.

El conocer nuevas formas de ver el mundo no siempre resulta totalmente complaciente, a veces nos encontramos ante un pequeño grano negro en el arroz que nos incomoda o inquieta. Muestra de ello fue mi viaje a Japón donde a pesar de que vi muchas de las costumbres más asombrosas como: el fuerte habito de limpieza en espacios públicos, el silencio para no molestar a terceros en el metro y restaurantes, la buena disposición de los locales para ayudar a los extranjeros perdidos, entre muchas otras, hubo cierto escenario que me causo bastante incertidumbre, y si bien no estaba totalmente de acuerdo con esa mentalidad debía respetar esa ideología.

Durante mi alojamiento en la ciudad Shanghái conocí a un japonés bastante agradable (persona con quien todavía tengo una fuerte amistad), el cual asistía a un torneo de kendo en la misma ciudad, tratando de conseguir el puntaje suficiente para su clasificación a las Olimpiadas de 2020. Habíamos coincidido en una cafetería cerca del malecón y empezamos a charlar gracias a una mesera que confundió nuestras órdenes, ambos cafés americanos pero el suyo con cubos de hielo. Nos vimos un par de veces más y continuamos comunicándonos mediante Instagram.   

Cuando se enteró de mi viaje a Tokio me invitó a su pueblo en las faldas del Monte Fuji. Asistí al cuarto día después de mi aterrizaje en Narita. Su hogar se encontraba a una hora de distancia partiendo de la Estación Central de Ueno. Salí de la urbe para toparme con un Japón más natural y calmado, alejado de la veloz vida urbana de la capital.

Por la noche fuimos a cenar a casa de sus padres, los cuales vivían en otro pueblo a diez minutos en auto. Ahí conocí a Riko, su hermana, quien no debía pasar de los 20 años y tenía los dientes chuecos más hermosos que he visto en mi vida. Ella estudiaba en una Universidad de Osaka algo relacionado a Turismo, razón por la cual dominaba de maravilla el español, y tocaba el saxofón en una banda de jazz. Durante la cena no podía dejar de verla, comíamos tempura y ella me sonreía como queriéndome hacer cómplice de un crimen. Me llevó a conocer las luciérnagas del bosque y quedamos de vernos en Osaka en cuatro días.  

Mi cita con ella consistió en ver las sakuras nocturnas en el castillo de Osaka-Jo, algo simple y sin ninguna mala intención: una local siendo guía de un turista. Mis intenciones de ligarla fueron remplazadas por el conocer de una nueva amiga que podía nombrar a diestra y siniestra jazzistas asiáticos. Nos tomamos unas fotos para Instagram donde compartíamos un helado de matcha. La cosa más adolecente que se puede hacer en Japón pues como plus hacíamos con los dedos la señal de victoria.

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín

Al día siguiente tenía múltiples mensajes de mi amigo quien expresaba estar realmente decepcionado de mí, él había abierto las puertas de su casa y yo cretinamente lo ofendía abusando de su hermana. Le respondí explicándole toda la situación pero en su lugar me llegaron mensajes de Riko: que no me lo tomara tan enserio, que su familia eran muy protectores con ella y con su madre, que el enojo solo le iba a durar poco. Me vi otras veces con ella y antes de darme cuenta su hermano ya me estaba escribiendo, pidiendo disculpas de su actuar y demandando que si volvía a salir con su hermana le tenía que pedir permiso a él.    

Lo que pasó en Japón sucede en otras partes del mundo (México por mencionar un ejemplo), por tanto no resta ningún valor a las tres semanas que pasé recorriendo el país nipón, la verdadera sorpresa fue la situación inesperada, el no saber qué hacer ni cómo reaccionar ante ese choque inmediato. Mi amigo y su familia son excelentes personas, el mantener una costumbre diferente para mí no afecta el valor a nuestra amistad. Nunca hay que olvidar que estamos en el rol del invitado y no debemos cuestionar el actuar de los otros.      

6) Hay que perder el miedo a extraviarse. Cuando uno se pierde en una ciudad extranjera (calles de París; el casco viejo de Viena; las playas de San Blas; a lo largo de Paseo de Reforma) hay que conservar la calma y disfrutar el paisaje y su vida urbana. Las grandes historias empiezan de esa forma. En el momento nos puede parecer algo terrorífico pero siempre se recuerda con una sonrisa y se narra a los amigos como una gran hazaña por nuestra parte, una épica que va aumentando conforme repetimos esa historia.

Shanghái es una ciudad moderna y con una vida muy cosmopolita, llena de bares de lujo y antros de una exclusividad que baja la autoestima. Podemos pasar horas enteras caminando por el malecón y entrando a sus tiendas, cuidando de no marearnos entre sus rascacielos que inducen al vértigo y chocando con la torrente de turistas que vienen del todo el mundo y que nos hacen dudar si estamos en una ciudad asiática. Al desviarnos un poco de ese aglomerado comercial podemos encontrar otra cara de la ciudad: sus callejones. Aquí la modernidad citadina es remplazada por un concepto más místico, es donde se esconden los viejos de largas barbas que recurren a la adivinación y a las ancianas chinas que te pueden curar cualquier padecimiento haciendo tronar todos tus huesos o llenándote de agujas la cara o brazos.

Fastidiado de la monótona ruta que me marcaba Google Maps para llegar a mi hotel decidí cortar camino por uno de los callejones, uno que tenía la imagen de tres arquetipos de Confucio comiendo una especie de pan verde. Mi plan era usar ese trayecto improvisado de forma recta hasta que me llevará al otro lado de la manzana, evitándome dar una vuelta entera por un parque bastante concurrido. El problema se dio cuando el camino se bifurcó y siguió haciéndolo, llevándome por unos corredores cada vez más espaciosos que en cuyas lateralidades brotaban vendedores ambulantes que ofrecían medicinas en frascos de mayonesa, masajes al momento sobre una camilla manchada de polvo, adivinación por medio de unas cartas que no eran de tarot y demás servicios que poca cabida tenían en el exterior de ese submundo.

Si hubiese estado con prisa hubiera vuelto a prender el navegador, pero ya había terminado mis labores del día así que seguí con esa trayectoria, la espina de la curiosidad me estaba pegando. Conforme caminaba los callejones se hacían más grandes y con mayor número de personas. El nicho comercial crecía, si no fuese por la sombra que producían los rascacielos ya no me sentiría en Shanghái sino en una pequeña aldea de la China interior, una más tranquila y con menos ambiciones.

Patos enteros y pedazos de cerdos colgaban en cadenas oxidadas como si fuese una película de terror categoría “B”. El hambre me llevó a comprar unos trozos de pato dorado bañados en una salsa a base de soya. Pese a su extraña forma y color marrón fue una de las cosas más sabrosas que comí en el oriente. En planchas caliente vertían una masa dulce de color rosada para hacer panecitos de arroz; platos desechables con sopa a base de huevo donde flotaban algunas verduras; las nieves convencionales de vainilla, fresa y chocolate junto al cuarto sabor oriental el té verde;  y la joya de la corona: papas rosadas sazonadas con un chile rojo molido que me recordó mucho al chiltepín.

Mi estancia entre los callejones se prolongó por otras cinco horas, las cuales no sentí por estar entretenido observando la preparación de los platillos y tratando de descifrar el modelo de adivinación, lo cual no me resultaba de todo bien por mi desconocimiento del mandarín y la ausencia del inglés como lengua mediadora. Esa exploración urbana la volví a repetir en otras dos ocasiones, en distintos puntos que de igual forma me impactaron.

7) Si no tienes hijos olvídate de los hoteles y sus incensarios lujos: Cuando se viaja con la intención de conocer nuevos lugares y experiencias el quedarse encerrado en una habitación  nunca es una opción. Un hotel nos proporciona una gran cantidad de servicios que simplemente no utilizaremos, con que exista una buena cama, agua caliente, servicio de internet y un ambiente de convivencia el resto sale sobrando. El ahorrarnos en este aspecto nos permitirá darle mayor peso a otros entretenimientos cómo: boletos para para museos o degustaciones en mercados locales, aquí es donde los hostales y Airbnb se vuelven nuestra mejor opción.

En mi primera estancia en Londres llegué sin reservaciones (uno de los peores errores que he cometido), se me hizo fácil llegar y abusar de mi suerte; afortunadamente, y después de unas dos horas de búsqueda, pude dar con una pensión cerca de London Bridge, con un accesible precio de 16 libras la noche (hablamos del 2014). Una pequeña habitación para cuatro personas aunque solo la ocupamos tres en esos cinco días. Un área común confortable con sillones cómodos, cerveza a un precio razonable de dos libras por un vaso de 600 ml. turistas de todos los continentes menos de la Antártida, y lo más sorprendente para un viajero primerizo: baños mixtos con agua caliente.

Cuando entré a la zona de las duchas estaba vacía, tomé mi espacio y me quite mi apestosa ropa, confiado en que nadie más llegaría. A la mitad del baño entra una chica de pelo zanahoria que me gustaba para que fuese irlandesa, se desnudó y se colocó de lado izquierdo. Lo bajo de la protección que nos separaba me permitía verla entre reojos, siempre cuidándome de no parecer un fisgón. No veía ninguna otra parte de su cuerpo más que su cabeza blanca siendo absorbida por la maraña de talaje rojizo.

A los pocos minutos se une un hombre robusto que saca a relucir una gruesa capa de vellos negros, parecía un oso. Él se coloca a mi lado derecho y rompe el silencio con una canción que parecía ser polka. El canto me recordaba a la serie de Heidi. Cuidaba de no reírme. No sabía hacía donde mirar, estaba rodeado entre el cielo y el infierno así que simplemente miré al frente: a la regadera que tiraba agua caliente y a la canastita del jabón con olor a miel. El hombre terminaba una canción y continuaba con otra a más alto volumen, de la chica zanahoria no se escuchaba nada, solo el agua golpeando con su cuerpo. Me armé de valor y salí, la chica hizo lo mismo, nos pusimos nuestras batas y nos sonreímos como si fuésemos cómplices en una broma, el oso nos alcanzó en el pasillo y nos invitó a tomar algunas cervezas que le habían sobrado de la noche anterior.

Pasamos unas tres horas  quejándonos de lo insípido de la comida inglesa, satanizando el fish and chips y la carne cruda.   

8) El dormir es un lujo que uno no se debe dar al momento de encontrarse en una ciudad desconocida: Levantarse temprano para conocer lugares históricos y por las noches salir de fiesta a algún bar es un Modus operandi que puede parecernos agotador, pero el poco tiempo que disponemos de vacaciones nos obliga a tomar este recurso: ¡disfrutar todo lo que podamos que ya descansaremos en nuestro hogar! Ser viajero es quitar ese pensamiento holgazán de levantarnos tarde y desaprovechar la vida diurna: dormir es para débiles.

En verano del 2016 por razones que aún no termino de comprender tuve que pasar siete días en un pequeño poblado al sur de Austria, a tan sólo una hora de distancia de Liubliana (capital de los eslovenos). Su nombre es Eisen Kappel y en la actualidad cuenta con menos de dos mil habitantes, la mayor parte de ellos son ancianos; posee algunas tiendas y cafés pero nada en gran escala, todo se limita a un ámbito local. Es de esos pueblos hermosos de contemplar pero que a la vuelta de pocos días terminan aburriendo por las pocas actividades a realizar.

En ese claustro de bellas montañas y aire limpio tomé como principal propósito disfrutar todo lo posible de ese pueblo montañés (muy distinto a la vida urbana de las capitales), pues en qué otra situación podía volver, así que formé una rutina que me permitiera aprovechar todo el tiempo posible,  pero a la vez brindándome la libertad suficiente para variar ciertas situaciones:

Me levantaba a las 6:00 am para ducharme y acomodar en mi mochila las cosas que utilizaría ese día: cargadores, mapas o algún cambio de ropa. 7:10 a 8:00, Iba al bosque cercano, justo detrás de mi hospedaje, acompañado del perro de los dueños, un pastor alemán juguetón que al verme entrar a los pinos me seguía. El cazaba ardillas mientras yo practicaba una especie de senderismo mal logrado.

8:10 a 8:40- Desayunaba en la estancia algunos trozos de carne y queso acompañados por café o diversos jugos. Si el clima no era muy frio comía en unas de las mesas exteriores. Me llegó a cansar la charola con los mismos embutidos al punto de extrañar los huevos rancheros.

9:00 a 11:00- Asistía al café del centro para terminar algunos trabajos pendientes o bien leer alguno de los libros que llevaba en mi maleta. Siempre ordenaba un expreso y alguna de las bebidas locales.

11:30 a 14:00- Visitaba la casa de Cristóbal (un amigo austriaco que en días posteriores me guiaría a los Balcanes) para revisar algunas cosas del futuro viaje o simplemente para tomar algunas cervezas. Su madre me recibía con un fuerte abrazo y un plato de galletas u otro tipo de postre.

14:20 a 22: 00- Viajaba junto a Cristóbal, a veces nos acompañaba su madre, a ciudades cercanas como: Liubliana, Kranj, Klagerfuth e incluso una vez nos fuimos hasta Venecia a cuatro horas de distancia. En esos trayectos visitábamos museos, restaurantes o zonas naturales que se nos iban presentando por el camino. Las autopistas regulares nos permitían llegar a los 160 kilómetros por horas en el Peugeot plateado de Cristóbal.

22:20 a 23:10- Retornaba a la estancia donde Peppo, el dueño del hospedaje, me daba a probar algunos licores elaborados por él mismo. Mi favorito fue uno de menta que era suave con mi garganta y un digestivo bastante eficiente. Aprovechaba el internet del primer piso para revisaba mensajes y correos provenientes de México.

23:15-1:00- En caso de que el bar del pueblo estuviese abierto asistía a tomar algunas cervezas o aguardientes para dormir más cómodo, de lo contrario me iba a la cama.

Una crónica de Jorge Iván Chavarín
Imagen: Jorge Iván Chavarín

9) Aunque la película de hostal sea ficción hay que andar con cuidado: Si ya tomaste unos tragos y ves una chica sola, no la trates de ligar, recuerda lo dicho por Sabina: los besos que te dan las chicas malas salen más caros cuando los regalan y  huelen a fracaso. Hay que ser precavido pero sin rozar los límites de la paranoia.  

En La Habana existe una establecimiento que mezcla diversos conceptos como: bar, galería de arte, centro nocturno, restaurante y cine, llamado La Fábrica de Arte Cubana, una antigua refinaría de azúcar que se ha convertido en uno de los establecimientos más visitados por nativos y turistas, gracias a sus precios y al buen trato para todas las personas (muy distinto a los antros de La Habana Vieja). En los pisos superiores se encuentran las galerías y salas de proyecciones, mientras que en la parte inferior tocan los dj o bandas de rock que vienen de distintas partes del Caribe.

Un grupo de cubanos autodenominados como La Raza son mis grandes amigos de La Habana, dedicados al surtimiento de materia prima para salones de belleza y paladares, usando sus ganancias para disfrutar los fines de semana con cigarros y cerveza, como si se trataran de turistas adinerados.

Al llegar a la zona inferior ya estábamos bastante ebrios. Mi egocentrismo como norteño me había hecho tomarme cinco mojitos y dos cervezas sin medir la velocidad. Aún no llegaba a malcopear pero si era evidente mi felicidad etílica. El invitado era un dj de Trinidad y Tobago que buscaba hacer una especie de reggae electrónico. Mis nulas habilidades en ese género me impedían saber si lograba su cometido artístico pero al menos tenía prendida a la gente.

El mundo dio vueltas más rápido y los temblores aumentaban, mi vaso se resbaló haciéndose añicos en el piso. Salí de la zona inferior rumbo a uno de los espacios al aire libre donde había algunos puestos de bebidas. Compré dos botellas de litro y medio de agua para calmar mi malestar. Me puse a descansar en una de las jardineras. Esa área intentaba imitar a un bar playero, tenía decoraciones de madera y los cantineros tenían puestas horrendas camisas con flores. El ruido era muy inferior y la gente se dedicaba a fumar y charlar, apenas algunos sonidos ambientales de fondo.

Leslie estaba sentada al otro extremo, bebía de un vaso con líquido rojo, me gustó su cabello ondulado y su cara ovalada como huevo, le sonreí de lejos. A pesar de que el agua había diluido mi alcoholismo aún quedaba un rastro de valentía. Me acerqué, sus ojos cafés se percataron que me dirigía hacia ella, no realizó ninguna expresión solo se quedó mirando mi trayectoria, juzgando mis imperfectos movimientos. Le pregunté si me podía sentar y respondió con un sí desinteresado. Contestaba mis preguntas de forma cortante sin voltear a verme. Quería que la dejara sola. Solo me siguió el juego cuando mi desesperación me llevó a decirle que su piel me gustaba porque parecía café con leche, se carcajeo y la conversación resultó más orgánica, me quitó una de las botellas de agua y estuvimos hablando algunas horas antes de irnos a mi cuarto.

El mejor adjetivo para describir a Leslie es: segura; ella es consciente de su inteligencia y sabe cómo utilizarla para lograr sus fines.  Estudiaba psicología en la Universidad de la Habana y en pocas semanas se iría a California de intercambio. Hablaba con una voz gruesa sin dejar de ser atractiva, le gustaban las películas de Haneke y su mayor sueño era irse a vivir a Europa. Tenía idealizada a Viena como la ciudad más hermosa del mundo, y vaya que lo es. Detestó  mis preocupaciones así como mi inseguridad en mí mismo, por ello fue Leslie la que me tomó del brazo para irnos, sin darme la oportunidad si quiera de despedirme de La Raza, solo me jalo hasta la salida teniendo un total dominio de mi cuerpo y mente. Tomamos un taxi que aprovechó nuestro apuro para clavarnos la uña cobrándonos diez CUC por un viaje que normalmente era de cuatro, no me importó pagarlos.

A la mañana siguiente Leslie se despidió sin darme su número de celular, solo su nombre completo apuntado en un pedazo de hoja, para que la buscara en Facebook o en Instagram. Nunca la encontré, quiero creer que por lo convencional del nombre y los nulos amigos en común; sin embargo, obviamente fue un nombre falso. La historia pudo haber quedado con esa sensación agridulce de encuentros casuales sin compromiso de no haber sido porque dos días después fui internado por conjuntivitis hemorrágica al Hospital Hermanos Ameijeiras.

10) Si quieres divertirte y disfrutar de la mejor forma posible tienes derecho a romper una sola regla de este decálogo. En mi caso: la #9

 

Por: Redacción PA.