En medio de su gira por Asia y tras la masacre en Sutherland Spring, Texas, donde murieron 26 personas, el presidente Donald Trump insistió en el discurso pro-armas de la Asociación Nacional del Rifle (NRA): la masacre no es una “cuestión de armas”, sino de “un individuo muy alterado”.

“Yo creo que tu problema ahí es la salud mental. Me baso en reportes preliminares: un sujeto muy desequilibrado, muchos problemas por mucho tiempo. Pero esto no es un problema de armas” (Vía: Washington Post)

Cada vez que hay una masacre, miembros del partido republicano y de la NRA repiten hasta el cansancio dos frases: “enviamos nuestras oraciones y pensamientos a las víctimas” y “no hay que politizar el asunto”, lo que significa, en pocas palabras, esas masacres no pueden evitarse (son equiparables a desastres naturales y “cuando te toca, te toca”) y, por “politizar”, generalmente se refieren a que no van a permitir que ninguna ley de control de armas pase ni por el Senado ni por la Cámara de Representantes.

El argumento de la “salud mental” siempre se esgrime pues no sólo individualiza un problema sistémico, sino que, también, lo convierte en una excepción dentro de la mayoría “sana”. Siempre llega antes de que cualquier revisión del perfil del tirador sea liberado por la policía o la fiscalía y, siempre, hace algo que, casi como “daño colateral” afecta a millones de personas: criminaliza a quienes padecen enfermedades mentales. 

Quizá sea el cortísimo vocabulario del presidente, quizá su cortísima inteligencia, pero la insistencia de Trump en que este es “un problema de salud mental” no se refleja en políticas de su gobierno o su partido en pos de ayudar a quienes sufren enfermedades mentales. (Vía: Reuters)

Si se trata de preparar chivos expiatorios para problemas tan complejos como la violencia que vive Estados Unidos gracias, en muy buena medida, a la facilidad con la que sus ciudadanos adquieren armas, las psicopatías son el objetivo ideal: históricamente, las personas que padecen cualquier enfermedad mental han sido estigmatizadas y señaladas, incluso hoy, cuando entendemos mucho mejor cómo funcionan y cómo no se trata de “estar mejor” ni de “pensar positivamente”.

¿Hasta cuándo las enfermedades mentales serán una salida fácil?, ¿hasta cuándo no se verá que indicadores como la violencia doméstica son indicadores precisos?