El día de hoy, por medio de una encuesta postal, los australianos decidieron darle el sí a el matrimonio igualitario. Aunque el valor de esta encuesta es fundamental para la discusión política, no es determinante para la discusión legal, pues aún se tiene que presentar un proyecto de ley que valide el matrimonio entre parejas del mismo sexo en Australia.

Sin embargo, no sería válido menospreciar la lucha por los derechos de la comunidad LGBT en Australia; sus batallas han sido particularmente espinosas en el país adonde no pueden volver los Simpsons. Por ejemplo, en 2004 se había aprobado una ley que se definía el matrimonio como una unión exclusiva entre un hombre y una mujer. (Vía: Perú21)

Desde que se consideró llevar a votación pública la posible legalización del matrimonio igualitario, la derecha australiana empezó una campaña de desprestigio basada sobre todo en horrorizar a las multitudes: para muestra está el comercial donde dos menesterosas madres afirman que prácticamente, de aprobarse el matrimonio igualitario, sus hijos serán adoctrinados en la escuela.

Igualmente una detractora del matrimonio igualitario propuso con mucha firmeza que, mejor, se inventara meramente otra palabra; y, sí, propuso que al matrimonio se le llamara “gaymonio”. ¿Les molestaba la semántica o les molestaba que adoctrinaran a sus hijos?

Al final de las votaciones, y pasadas las campañas panfletarias que tenían pocos argumentos, el Sí se impuso por un arrollador 61.6 % de los votos, mientras que el no se quedó con 38.4%. (Vía: The Guardian)

Aunque la lucha por los derechos civiles no debe ser menospreciada, nosotros nos preguntamos por qué la mayoría tendría que decidir sobre los derechos inalienables de una minoría. Creer que la mayoría tiene derecho a decidir sobre la vida privada de una minoría es no entender cómo debe funcionar la democracia.

La democracia y las votaciones sirven para que una comunidad se ponga de acuerdo en asuntos que atañen a toda la comunidad; no para ponerse de acuerdo en asuntos que atañen sólo a dos personas que en ningún momento afectan a terceros. Los derechos individuales no son asuntos de multitudes.

Por todo esto, la victoria del matrimonio igualitario en Australia es ante todo una victoria parcial, pues se trata de una votación que simplemente no debió haber sucedido.