Aunque en su nombre ya indica que es un rapero, pregunta a la audiencia si está lista con ademanes de predicador, como si a la vuelta de la esquina estuviera un salmo y no una rola; más que dar un concierto, Chance The Rapper oficia una misa. La canción se llama “Blessings” y es la joya final de Coloring Book, el primer álbum que ganó un grammy sin editarse en forma física.

El punto más llamativo de su presentación ocurre cuando mira de frente hacia el público y afirma, orgulloso, que él “habla con Dios en público”. No destila el tufo moralino de la típica lírica cristiana, tampoco es cursi; muy por el contrario, si un elogio se puede decir sobre Chance The Rapper es que él cree en sus propias palabras pero no busca convencerte, no busca que tú también las creas. 

Su música es profundamente espiritual, pero ignoro si es religiosa.  ¿En qué momento la espiritualidad se volvió protagonista de la música contemporánea? El caso de Chance The Rapper puede ser el más evidente, pero dista de ser aislado.

No pocos pensadores del siglo pasado pronosticaron que el siglo XXI sería un tiempo aún más secularizado que el XX para Occidente, como si los espíritus no pudieran habitar chips y engranajes; para todos esos filósofos un mundo mecanizado era necesariamente ateo. Sin embargo, si alguien resolvió esa falsa dicotomía fue Phillip K. Dick, quien vislumbró casi todas nuestras pesadillas actuales antes de que ocurrieran bajo una óptica inequívocamente metafísica que atraviesa y explica toda su obra.

Acaso sólo el autor de Ubik, que apelaba en sus textos por igual a la cibernética y al evangelio, era capaz de predecir que estos tiempos serían profundamente espirituales y, aun así, desentendidos de la religión. ¿De qué otra forma se puede explicar que, mientras George Harrison no tenía reparos en ser místico en sus letras, McCartney aun titubea al aclarar que la Mother Mary de “Let It Be” no es la Virgen? Desde los Beatles los músicos presumen mucho de su espiritualidad, pero no tanto de su religiosidad. 

Por ser el más jovial y optimista, Chance The Rapper es el ejemplo más evidente de una espiritualidad atípica en la música, pero no está solo. Kanye West, su  padrino musical, hizo de la relación conflictiva con Dios el tema central de “Ultralight Beam”, la mejor pieza del dispar The Life of Pablo: mientras en el XIX muchos veían en el avance de la tecnología un necesario retraimiento del espíritu, Kanye construye un discurso tecno-gospel a partir del video viral de una niña que bendice un coche con entusiasmo desmedido.

¿Cómo un video de Instagram puede servir de pretexto para abordar los dilemas de la fe, si para colmo el autor de la canción tiene, modestia aparte, un disco entero llamado Yeezus? Por supuesto, es difícil elogiar a un tipo que, como las multitudes de Whitman, es capaz de conciliar bajo un mismo nombre la mezquindad excesiva y el genio absoluto. No muy lejos de esos terrenos se encuentra Damn, el más reciente trabajo de Kendrick Lamar.

Si su anterior álbum, To Pimp a Butterfly, estuvo completamente volcado hacia lo público, en su cuarto trabajo Lamar opta por la introspección: “siempre fui yo contra el mundo, hasta que descubrí que era yo contra mí mismo”, se explica Lamar en “Duckworth”, último tema de Damn, mientras hace una referencia al disco de su ídolo Tupac.

La debacle que narra Damn está directamente ligada, como la caída de Saúl en el viejo testamento, a la soberbia.

“El amor hará que te maten, pero la soberbia será tu muerte”, dice Lamar en “Pride”, en un arrebato que hubiera aprobado Saúl, quien se suicidó antes de ser capturado; no en balde, el track que sigue se llama “Humble”: “Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; pero con los humildes está la sabiduría.” Ese es el proverbio (11:2) al que muchos han acudido para explicar el devenir de un disco, en el que cuando Lamar dice “Bitch, be humble”, no se refiere a sus nulos competidores, sino a sí mismo.

Sin embargo, es llamativo que, para no pocos críticos, las preocupaciones espirituales de Lamar parecen tan admirables como incomprensibles. Todos los reseñistas que se rascan la sien con extrañeza ante Damn tiene en común un detalle: son blancos, muy blancos; lo suficientemente blancos como para obviar que en el “Sermón de la montaña” fue la primera vez que un profeta prometió a los esclavos que serían idénticos a sus amos.

Nadie nunca había prometido salvación irrestricta, menos aún un profeta había borrado las barreras y las distancias entre un dios y los humanos. Ningún predicador se había atrevido a tanto. ¿Cómo no abandonar la adoración a Zeus?

Esas mismas promesas fueron fundamentales para los esclavos del sur norteamericano; y eso incluye a los mexicanos: vale la pena recordar que el primer pueblo libre de América fue San Lorenzo de los Negros, fundado por el príncipe Yanga, quien apenas descendió de un barco esclavista en Veracruz dirigió una rebelión fructífera.

Ése es el ADN al que hace referencia Kendrick Lamar, uno que amalgama la realeza y la persecución, la tortura emparrillada de San Lorenzo y el fuego de los persecutores, gringos terratenientes o hacendados españoles: a los blancos gringos les cuesta trabajo entender que para Lamar y muchos otros, la espiritualidad no se puede separar de la política. 

Eso no significa que los músicos blancos se queden atrás: si Arcade Fire hizo de las preocupaciones metafísicas el eje central de Neon Bible, Father John Misty llenó su Pure Comedy de dudas, a veces morales, a veces existenciales, tan personales como públicas. Ambos discos se acercan a lo espiritual con críticas pero no con reticencias;  tutean a Dios sin negarlo. Su gesto crítico es semejante al de César Vallejo en “Los dados eternos”, quien provee muchos reclamos a Dios, pero en ningún momento duda ni de su existencia ni de su poder: “no sientes nada de tu creación”.

“Intervention” y “”Pure Comedy” sobresalen en este sentido por el pesimismo ilustrado de los que saben que el devenir del ser humano no puede nombrarse como tragedia, porque la tragedia exige personajes virtuosos. Por eso, en ambos casos, participamos de una comedia colectiva: nuestros dolores provienen de nuestros defectos. En ambos discos, Dios es guionista y público, mientras que el escenario es nuestro mundo. 

En un momento central de la serie Mr. Robot, el evangelio hacker que reúne en un mismo guión al Club de la pelea con los terrores de K. Dick, se lanza una cita del Apocalipsis (21:5) capaz de englobar las pesadillas y sueños de los personajes: “Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas”. Ese mandato bien puede describir la gesta de músicos que “hablan con Dios en público”, sin ser cursis pero también sin temor a ser fieles con el mínimo común denominador de la divinidad: consigo mismos.

Eduardo de Gortari