En el discurso pronunciado últimamente, en presencia de los delegados de la Convención Nacional Porfirista, donde iban á ofrecer formalmente la candidatura á la Presidencia de la República, el señor General Díaz, al meditar sobre su profundo acatamiento á la voluntad del pueblo, recordó que el pueblo que hoy le llama á la suma Magistratura, que le pide que alargue aún sus energías al bienestar del país, es el mismo que en otras causas le siguió fielmente. Incansable, en todas las etapas de la épica lucha por la libertad y la República.

Este recuerdo, evocado por las vívidas frases del señor General Díaz, van directamente al corazón del pueblo, al que le habla de sus días de angustia, de esas horas en que -según brillante transcripción del referido discurso- iba sin pan, sin erario, sin abrigo: todo le faltaba, excepto la fe y el calor; le habla de sus glorias, de sus conquistas, cada una de las cuales fué un inmenso sacrificio.

Gusta mucho el señor Presidente, en solemnes ocasiones, de hacer memoria de todos los esfuerzos, de todos los episodios de aquellos épicos eventos, y á sus palabras surgen en el oído del que lo escucha, todo el manto del heroísmo y de abnegación. Ahí va la columna guerrera, semidesnuda, hambrienta, empuñando el arma con la mano crispada por la fatiga y el ardor bélico; allá va, escalando la empinada cumbre, atravesando el huerto caldeado por el sol, ó el panal que exhala mortífero aliento; van siguiendo al caudillo, al jefe que ha sabido enseñarle cómo se triunfa, que ha despertado al conjuro de su voz, a la magia de su ejemplo, sentimientos de honor, de gloria, de patriotismo, al jefe que, dentro de la más estricta disciplina, se ha hecho amar, como se hacen amar los hombres justos y buenos, hasta por el más humilde de sus subordinados.

Fué debido á ese don, debido á esa recepción genial, que el caudillo logra duplicar el esfuerzo de los patriotas y á cada vez que la Patria necesita de nuevos sacrificios, de más abnegación, de mayores y más heroicos esfuerzos, el pueblo está dispuesto á pelear, a luchar más y más, á sacar todas las energías, á arrostrar mayores posibilidades, a sufrir más terribles prisiones, a vender más y más cara la vida.

Entonces, el General Díaz hablaba de la patria, cada vez que pedía un último esfuerzo: pedía para ella, y sólo para ella, la sangre de los soldados, la vida de los ciudadanos, la fuerza de todos los brazos, el entusiasmo de todos los corazones.

El tiempo ha pasado: muchos delos que hoy consagran sus servicios á la Patria, no vieron aquellos días tan parcos como gloriosos, y otros han echado en olvido los episodios de la lucha-como pertenecientes ya  á la historia-y, sin embargo, el que entonces fué uno de los más esforzados combatientes y hoy ocupa el primer puesto de la República, ya cimentada y vencedora para siempre, no deja de pasar ninguna oportunidad para dedicar sus frases más sentidas á aquéllos que le acompañaron, que le siguieron jornada por jornada, en toda la campaña.

Es que el General Díaz tiene siempre en la mente la idea de la patria, á la que ha consagrado íntegra su vida: y por eso pone aparte el prestigio de su persona, su ardor mismo, su heroísmo personal, que mucho influyeron para el éxito de la lucha, y sólo piensa en el patriotismo del soldado, como el único móvil que impulsaba á los guerreros.

De labios y de la pluma de algunos de los que tomaron parte en la gloriosa contienda, hemos recogido multitud de hechos que nos muestran cómo la persona misma del jefe tenía grandísima influencia sobre la cónducta de las tropas. Siempre ha de ser así: el soldado, por su disciplina, por su sentimiento del deber, por su comportamiento, por su entusiasmo, no hace sino reflejar directamente la personalidad de su jefe. El miembro de una guerrilla no es igual, militarmente, al de un ejército disciplinado; las chusmas de un jefe improvisado no se parecen á los soldados de un veterano-el soldado ama ó detesta á su jefe, y conforme á estos sentimientos es su comportamiento en el campo de batalla-en el primer caso obedece lleno de fe y de entusiasmo, en el segundo, permanece indiferente ó lucha movido por el temor.

No obstante, el General Díaz, siguiendo uno de los rasgos de su carácter, da poca importancia á la influencia personalísima que ejerció sobre el ejército de la República, y da las gracias al pueblo, siempre en nombre de la patria, á los que le siguieron en la campaña. No por esto deja de expresar su afecto personal, y todo el país sabe en cuánta estima ha tenido siempre á los que fueron sus subordinados en el ejército nacional. Por esto, en ocasiones de las más solemnes, sus más sentidas frases van dirigidas á sus compañeros de fatigas, á los que con su fe y su amor, le ayudaron á cubrir de gloria las armas mexicanas.

Ayer precisamente, la Cámara de Diputados aprobó una iniciativa del Ejército federal, por la cual se facilita á todos los fieles servidores de la República el que alcancen la recompensa de sus servicios. No es, pues, sólo en sus palabras; no sólo con sus expresiones de afecto; sino también con los medios que la ley pone en sus manos, cómo el señor General Díaz honra el patriotismo y mérito militar.

Días Silencio

Nota publicada en El Imparcial, el 2 de mayo de 1903