En el año de 1910 se inauguró el Manicomio General de la Castañeda, el centro psiquiátrico más grande y moderno de México durante el siglo pasado. Creado por orden del presidente Porfirio Díaz, el manicomio fue conocido como uno de las instituciones más aterrorizantes del siglo XX, tanto así que comúnmente se le llamaba “las puertas del infierno.” A 48 años de su cierre, la mayor parte de su historia permanece siendo un misterio.

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Durante los años que permaneció abierto, el manicomio albergó a más de 70 mil pacientes. En un principio los internos estaban diagnosticados con enfermedades como la esquizofrenia, la neurosis o la epilepsia, pero al paso de los años La Castañeda también sirvió de encierro para reos de cárceles, prostitutas, alcohólicos e, incluso, indígenas, al ser considerados como inadaptados sociales.

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Pero hay más. En su libro, Análisis de expedientes clínicos del Manicomio General de “La Castañeda” de 1910 a 1920, la escritora Patricia Chávez descubrió que era muy común que algunas personas fueran internadas por simple petición de una autoridad del gobierno y que, la mayoría de las veces, el certificado médico que los diagnosticaba era fraudulento.

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Cuando los pacientes eran enviados por la policía, jueces o presidentes municipales “podríamos suponer que dichas autoridades asumían como locos a quienes alteraban el orden público” (vía La locura en el México posrevolucionario, UNAM).

Como señala el doctor Andrés Ríos, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, La Castañeda, igual que Lecumberri, “representó la posibilidad de controlar a aquellos sujetos que podían degenerar la raza bajo la lógica de construir una nación moderna” (vía Expansión).

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Aunque el lugar estuvo creado para internar a 1200 pacientes, llegó a tener, al mismo tiempo, a más de 3500. Las condiciones de hacinamiento eran terribles y, por supuesto, la atención médica insuficiente. Los asesinatos, las violaciones y los robos fueron una constante en su interior. Algunos registros permiten vislumbrar la humillación y el dolor que vivieron sus habitantes.

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Los métodos de “rehabilitación” y castigo eran variados y escalofriantes. Iban desde los baños con agua helada, los encierros en lugares sucios y llenos de ratas, la inducción a distintas drogas, los electroshocks y lo que, abiertamente, pueden considerarse métodos de tortura. A propósito de esto, el testimonio de Margarita Torres, una de las enfermeras de La Castañeda, resulta perturbador:

“Eran unos baños de agua casi hirviendo, muy caliente, porque recuerdo que a nosotras nos quemaba, porque se necesitaron a dos o tres de nosotras para sumergir a la enferma. Llevaba bolsas de hielo en la cabeza. Pero hubo casos en los que murieron las enfermas cuando se les aplicó el tratamiento. A mí me tocó realizar uno de esos tratamientos. Habíamos tres sumergiéndola y una más poniéndole el hielo en la cabeza. La enferma comenzó a ponerse negra y a echar espuma con sangre por la boca, entonces llamamos al médico de guardia, pero ya no había remedio” (vía Biblat UNAM).

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Tras su cierre, en julio de 1968, La Castañeda o el Palacio de la locura, fue demolido y su fachada fue llevada, piedra por piedra, a Amecameca, Estado de México. Hoy resguarda un convento. La leyenda negra que rodea este manicomio continúa siendo uno de los capítulos que pretende borrarse de la historia de nuestro país.